Es­ta­dos de cruel­dad

El Diario de El Paso - - Opinión - Paul Krug­man

Nue­va York – Al­go te­rri­ble les ha pa­sa­do a las te­xa­nas em­ba­ra­za­das: se ha du­pli­ca­do su ta­sa de mor­ta­li­dad en los úl­ti­mos años, y aho­ra se pue­de com­pa­rar con las de si­tios co­mo Ru­sia o Ucra­nia. Aun cuan­do los in­ves­ti­ga­do­res de es­te desas­tre tie­nen cui­da­do de de­cir que no se pue­de atri­buir a una so­la cau­sa, el au­men­to en las muer­tes sí coin­ci­de con el he­cho de que el go­bierno es­ta­tal no fon­dea la Pla­nea­ción Fa­mi­liar, lo cual lle­vó al cie­rre de mu­chas clí­ni­cas. Y to­do es­to de­be­ría ver­se con­tra el te­lón de fon­do ge­ne­ral de la po­lí­ti­ca te­xa­na, la cual es ex­tre­ma­da­men­te hos­til ha­cia cual­quier co­sa que ayu­de a sus ha­bi­tan­tes de ba­jos in­gre­sos.

Hay una im­por­tan­te lec­ción de ci­vis­mo en es­to. Mien­tras que mu­chas per­so­nas es­tán con­cen­tra­das en la po­lí­ti­ca na­cio­nal, y con ra­zón – un so­ció­pa­ta en la Ca­sa Blan­ca pue­de arrui­nar el día en­te­ro –, mu­chas de­ci­sio­nes cru­cia­les se to­man en los ám­bi­tos es­ta­ta­les y lo­ca­les. Si las per­so­nas a las que ele­gi­mos pa­ra es­tos car­gos son irres­pon­sa­bles, crue­les o am­bas co­sas, pue­den ha­cer mu­cho da­ño.

Es­to es es­pe­cial­men­te cier­to cuan­do se tra­ta de la aten­ción de la sa­lud. Aun an­tes de que en­tra­ra en vi­gor la Ley de aten­ción ase­qui­ble, hu­bo una gran va­ria­ción en las po­lí­ti­cas es­ta­ta­les, en es­pe­cial ha­cia los po­bres y ca­si po­bres. Me­di­caid siem­pre ha si­do un pro­gra­ma con­jun­to de la fe­de­ra­ción y los es­ta­dos, en el que los go­bier­nos es­ta­ta­les tie­nen li­ber­tad con­si­de­ra­ble en cuan­to a a quié­nes cu­brir. Por lo ge­ne­ral, los es­ta­dos que han te­ni­do go­bier­nos con­ser­va­do­res, con­sis­ten­te­men­te, ofre­cie­ron pres­ta­cio­nes a tan po­cas per­so­nas co­mo lo per­mi­tió la ley, a ve­ces, so­lo a los adul­tos con hi­jos, en po­bre­za ver­da­de­ra­men­te ex­tre­ma. Los que te­nían go­bier­nos mas li­be­ra­les ex­ten­die­ron los be­ne­fi­cios en for­ma mu­cho más am­plia. Es­tas di­fe­ren­cias po­lí­ti­cas fue­ron una ra­zón prin­ci­pal de la enor­me di­ver­gen­cia en el por­cen­ta­je de la po­bla­ción sin se­gu­ro, en don­de Te­xas apa­re­cía sis­te­má­ti­ca­men­te en pri­mer lu­gar en esa de­plo­ra­ble cla­si­fi­ca­ción.

Y los hue­cos so­lo se han am­plia­do des­de que en­tró en vi­gor el Oba­ma­ca­re, por dos ra­zo­nes. Pri­me­ra, la Cor­te Su­pre­ma hi­zo que la ex­pan­sión de Me­di­caid, fon­dea­da fe­de­ral­men­te y una par­te cru­cial de la re­for­ma, fue­ra op­cio­nal en el ám­bi­to es­ta­tal. Es­to de­be­ría ser pan co­mi­do: si Was­hing­ton es­tá dis­pues­to a pro­por­cio­nar­le se­gu­ro mé­di­co a mu­chos de los ha­bi­tan­tes de sus es­ta­dos – y al ha­cer­lo, bom­bear dó­la­res a la eco­no­mía del es­ta­do –, ¿por qué no se di­ría que sí? Sin em­bar­go, son 19 los es­ta­dos, Te­xas en­tre ellos, que to­da­vía se nie­gan a re­ci­bir el di­ne­ro gra­tui­to, ne­gán­do­les la aten­ción de la sa­lud a mi­llo­nes de per­so­nas.

Más allá de es­to es­tá la cues­tión de si los go­bier­nos de los es­ta­dos tra­tan de que ten­ga éxi­to la re­for­ma sa­ni­ta­ria. Ca­li­for­nia – don­de los de­mó­cra­tas tie­nen fir­me­men­te el con­trol, gra­cias a que el Par­ti­do Re­pu­bli­cano se ale­jó de los vo­tan­tes de las mi­no­rías – mues­tra có­mo se su­po­ne que de­be fun­cio­nar: el go­bierno del es­ta­do es­ta­ble­ció su pro­pio mer­ca­do ase­gu­ra­dor; pro­mo­vió y re­gu­ló cui­da­do­sa­men­te la com­pe­ti­ción, y la par­ti­ci­pó en el acer­ca­mien­to pa­ra in­for­mar a la po­bla­ción y alen­tar­la a ins­cri­bir­se. El re­sul­ta­do ha si­do un éxi­to drás­ti­co en man­te­ner ba­jos los cos­tos y re­du­cir la can­ti­dad de gen­te sin se­gu­ro.

Huel­ga de­cir que na­da de es­to ha su­ce­di­do en los es­ta­dos ro­jos. Y mien­tras que la can­ti­dad de no ase­gu­ra­dos ya ha ba­ja­do aun en ellos, gra­cias a los mer­ca­dos fe­de­ra­les de se­gu­ros, se ha en­san­cha­do la bre­cha en­tre los ro­jos los azu­les.

¿Pe­ro, por qué hay es­ta­dos, co­mo Te­xas, tan re­suel­tos a es­tar en con­tra de ayu­dar a los des­afor­tu­na­dos aun si los fe­de­ra­les es­tán dis­pues­tos a pa­gar la cuen­ta?

To­da­vía se oye de­cir que to­do es cues­tión de eco­no­mía, que el go­bierno re­du­ci­do y el li­bre mer­ca­do son la cla­ve de la pros­pe­ri­dad. Y es cier­to que Te­xas ha en­ca­be­za­do al país en cuan­to al cre­ci­mien­to en el em­pleo des­de ha­ce tiem­po. Sin em­bar­go, exis­ten otras ra­zo­nes de ese cre­ci­mien­to, en es­pe­cial la ener­gía y la vi­vien­da ba­ra­ta.

Y ha­ce po­co que he­mos vis­to evi­den­cia con­tun­den­te en los es­ta­dos que re­fu­ta a es­ta ideo­lo­gía del go­bierno re­du­ci­do. Por una par­te, es­tá el ex­pe­ri­men­to de Kan­sas – el pro­pio tér­mino del go­ber­na­dor –, en el que se su­po­nía que las drás­ti­cas re­duc­cio­nes fis­ca­les cau­sa­rían un cre­ci­mien­to dra­má­ti­co en el em­pleo, pe­ro que, en la prác­ti­ca, han si­do un fra­ca­so com­ple­to. Por otra par­te, es­tá el gi­ro ha­cia la iz­quier­da en Ca­li­for­nia con Jerry Brown, el cual los con­ser­va­do­res pro­nos­ti­ca­ron que arrui­na­ría al es­ta­do, pe­ro que, en reali­dad, ha ido acom­pa­ña­do por un au­ge en el em­pleo.

Así es que el ar­gu­men­to eco­nó­mi­co pa­ra ser cruel con los des­afor­tu­na­dos ha per­di­do cual­quier cre­di­bi­li­dad, por li­ge­ra que fue­ra, que pu­die­ra ha­ber te­ni­do al­gu­na vez. Con to­do, per­sis­te la cruel­dad. ¿Por qué?

Gran par­te de la res­pues­ta, de se­gu­ro, es la usual: se tra­ta de la ra­za. La ex­pan­sión de Me­di­caid be­ne­fi­cia, en for­ma des­pro­por­cio­na­da, a los es­ta­dou­ni­den­ses no blan­cos; al igual que el gas­to en sa­lud pú­bli­ca, por lo ge­ne­ral. Y la opo­si­ción a es­tos pro­gra­mas es­tá con­cen­tra­da en los es­ta­dos en los que a los elec­to­res no les gus­ta la idea de ayu­dar a ve­ci­nos que no se pa­re­cen a ellos, en las elec­cio­nes lo­ca­les,

En el ca­so es­pe­cí­fi­co de la pla­nea­ción fa­mi­liar, la res­pues­ta usual es­tá su­per­pues­ta a otros pro­ble­mas igual­men­te des­agra­da­bles que in­clu­yen – yo lo di­ría así – una in­fu­sión con­si­de­ra­ble de mi­so­gi­nia.

Sin em­bar­go, no tie­ne que ser así. La ma­yo­ría de los es­ta­dou­ni­den­ses son mu­chí­si­mo más ge­ne­ro­sos, yo creo, que los po­lí­ti­cos que di­ri­gen a mu­chos de nues­tros es­ta­dos. El pro­ble­ma es que so­mos de­ma­sia­dos los que no vo­ta­mos en elec­cio­nes es­ta­ta­les y lo­ca­les, ni nos da­mos cuen­ta qué tan­ta cruel­dad se ejer­ce en nues­tro nom­bre. El pun­to es que Es­ta­dos Uni­dos se con­ver­ti­ría en un me­jor lu­gar, si más de no­so­tros em­pe­zá­ra­mos a po­ner aten­ción a la po­lí­ti­ca más allá de la con­tien­da por la pre­si­den­cia.

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