Veo a Trump, oi­go a Chá­vez

El Diario de El Paso - - Opinión - Jor­ge Ra­mos Áva­los Pe­rio­dis­ta

Mia­mi– No lo pue­do evi­tar. Cuan­do veo ha­blar a Do­nald Trump in­me­dia­ta­men­te me acuer­do de Hu­go Chá­vez. No son igua­li­tos pe­ro tie­nen mu­chas co­sas en co­mún.

¿En qué se pa­re­ce el mag­na­te mul­ti­mi­llo­na­rio que quie­re lle­gar a la Ca­sa Blan­ca con el lí­der bo­li­va­riano que ata­có la de­mo­cra­cia en Ve­ne­zue­la y mu­rió en el 2013? Más de lo que pa­re­cie­ra a sim­ple vis­ta. Basta goo­glear los nom­bres de los dos lí­de­res jun­tos pa­ra te­ner una lar­ga lis­ta de ar­tícu­los y blogs so­bre de­ma­go­gia, populismo y au­to­ri­ta­ris­mo a prin­ci­pios del si­glo XXI.

Les cuen­to lo que yo vi de ellos dos. Lo pri­me­ro que sor­pren­de a quie­nes han es­ta­do fren­te a Trump o Chá­vez es que to­do es so­bre ellos. La pa­la­bra "yo" se re­pi­te in­ter­mi­na­ble­men­te en sus dis­cur­sos y ha­blan de sí mis­mos en ter­ce­ra per­so­na. Esa es la pri­me­ra se­ñal de arro­gan­cia y me­ga­lo­ma­nía.

Con­cen­tran el po­der. Esa es otra ca­rac­te­rís­ti­ca esen­cial. No acep­tan crí­ti­cas, son su me­jor con­se­je­ro, son siem­pre el cen­tro de aten­ción, se pre­sen­tan co­mo to­do­po­de­ro­sos, no per­mi­ten que na­die com­pi­ta con­tra ellos y su vo­lun­tad va por en­ci­ma de le­yes y tra­di­cio­nes.

Odian a la pren­sa. Los al­te­ra enor­me­men­te que al­guien los cues­tio­ne. Y si eso ocu­rre, agre­den e in­sul­tan. Cuan­do con­fron­té a Chá­vez du­ran­te una en­tre­vis­ta en Ve­ne­zue­la en 1999 lo pri­me­ro que hi­zo fue in­sul­tar­me: "Es­tás re­pi­tien­do ba­su­ra". Trump hi­zo lo mis­mo en el 2015 en Io­wa; en lu­gar de con­tes­tar mis pre­gun­tas me ex­pul­só con un guar­daes­pal­das de una con­fe­ren­cia de pren­sa.

Trump y Chá­vez apren­die­ron a sal­tar­se a la pren­sa. ¿Pa­ra qué dar en­tre­vis­tas a pe­rio­dis­tas que ha­cen pre­gun­tas in­có­mo­das si pue­den con­se­guir una ma­yor au­dien­cia en dis­cur­sos te­le­vi­si­vos (que han trans­mi­ti­do in­ge­nua­men­te las es­ta­cio­nes de Es­ta­dos Uni­dos y en las obli­ga­to­rias ca­de­nas na­cio­na­les en Ve­ne­zue­la)?

No re­cuer­do nun­ca ha­ber vis­to a Chá­vez usar un te­le­prom­pter. Im­pro­vi­sa­ba por ho­ras y se ali­men­ta­ba del es­ta­do de áni­mo de quie­nes lo oían. Trump ca­si nun­ca lo usa -sal­vo cuan­do quie­re pa­re­cer lo que no es- y tie­ne la mis­ma ca­pa­ci­dad cha­vis­ta de de­cir lo que la gen­te quie­re oír.

Sí, am­bos leen men­tes. Ese es su don po­lí­ti­co. En­tien­den qué es lo que le due­le a la gen­te, es­co­gen a un enemi­go, di­vi­den al país y lue­go se pre­sen­tan co­mo sus sal­va­do­res. Son enojo­nes. Sa­ben que la in­dig­na­ción es un gran ins­tru­men­to po­lí­ti­co y di­ri­gen la ra­bia de los elec­to­res con­tra sus enemi­gos.

Pro­fe­san una es­pe­cie de pen­sa­mien­to má­gi­co; creen que las co­sas van a ocu­rrir só­lo por­que ellos lo di­je­ron y pi­den una con­fian­za cie­ga en sus pro­me­sas. Tie­nen una au­to­es­ti­ma gi­gan­tes­ca. Su his­to­ria per­so­nal -Chá­vez sur­gien­do de la po­bre­za y Trump con­vir­tién­do­se en bi­llo­na­rio- re­fuer­za su na­rra­ti­va elec­to­ral: yo pue­do trans­for­mar al país a mi ima­gen y se­me­jan­za.

Son el cen­tro de cual­quier cam­pa­ña elec­to­ral. Los otros can­di­da­tos sue­len des­apa­re­cer. To­da vo­ta­ción es un re­fe­ren­do so­bre su per­so­na. Trump: ¿sí o no? Chá­vez: ¿sí o no?

Son muy ines­cru­pu­lo­sos. Hu­go Chá­vez era un gran men­ti­ro­so. Min­tió fla­gran­te­men­te pa­ra lle­gar al po­der en 1998; di­jo que en­tre­ga­ría la Pre­si­den­cia en cin­co años o me­nos, y que no to­ma­ría el con­trol de nin­gu­na em­pre­sa pri­va­da o me­dio de co­mu­ni­ca­ción. No cum­plió su pa­la­bra, cam­bió las le­yes y, sin pu­dor, se que­dó 14 años en el po­der has­ta su muer­te. (Aquí mi en­tre­vis­ta con él http://bit.ly/1y5­kV4J).

Trump, tam­bién, mien­te des­ca­ra­da­men­te. El fin de se­ma­na pa­sa­do The New York Ti­mes de­tec­tó 31 men­ti­ras pú­bli­cas de Trump y el si­tio Po­li­ti­co iden­ti­fi­có 87 oca­sio­nes en que el can­di­da­to exa­ge­ró o di­jo al­go fal­so. (Aquí es­tá el con­teo de las mu­chas men­ti­ras de Trump http://cnn­mon. ie/2d2aTht).

Trump y Chá­vez son los tí­pi­cos cau­di­llos. De esos, des­afor­tu­na­da­men­te, he­mos te­ni­do mu­chos en Amé­ri­ca La­ti­na. De­bi­do a la fra­gi­li­dad del sis­te­ma de­mo­crá­ti­co en Ve­ne­zue­la, Chá­vez abu­só de su po­der y se con­vir­tió en un lí­der ca­si dic­ta­to­rial. Eso no pue­de ocu­rrir en Es­ta­dos Uni­dos y es, qui­zás, la di­fe­ren­cia más gran­de en­tre los dos.

Trump no po­dría to­mar con­trol del Ejér­ci­to, la Cor­te Su­pre­ma, el Con­gre­so y los me­dios de co­mu­ni­ca­ción co­mo lo hi­zo Chá­vez en Ve­ne­zue­la. Pe­ro lo que sor­pren­de tan­to es que Trump ha­ya apa­re­ci­do en una de­mo­cra­cia con 240 años de his­to­ria. Por eso, cuan­do veo a Trump me brin­ca el co­ra­zón por­que si­go oyen­do a Chá­vez.

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