“No voy a dar mi bra­zo a tor­cer, por­que es­te es mi país”

El Nacional - - SIETE DÍAS -

Ha­cer car­te­ras no era la mío. Tam­po­co so­ñé con te­ner una fá­bri­ca. Con el tiem­po me di cuen­ta de que en es­te país sí se po­día. Ha­blo de ha­ce 40 años, cuan­do es­to era una be­lle­za. Lle­gué a Ve­ne­zue­la en un vue­lo Qui­to-Ca­ra­cas. Era 1975 y yo te­nía 20 años de edad. No me vi­ne por emi­grar, sino por amor. Mi no­via, tam­bién ecua­to­ria­na, te­nía ocho me­ses aquí des­de que su pri­ma la tra­jo. A mí me gus­ta­ba mu­cho ella, el país tam­bién me gus­tó. Cuan­do la mu­cha­cha ter­mi­nó con­mi­go, no qui­se re­gre­sar a Ecua­dor.

Yo vi­vía en una ha­bi­ta­ción en El Si­len­cio, no co­no­cía a na­die. Tra­ba­ja­ba en una pa­na­de­ría car­gan­do sa­cos de ha­ri­na. Siem­pre he di­cho que to­do es­tá es­cri­to y mi his­to­ria en Ca­ra­cas tam­bién lo es­ta­ba. Al tiem­po co­no­cí a un ami­go ecua­to­riano que co­sía bol­si­tos y me in­vi­tó a su ta­ller pa­ra en­se­ñar­me.

Un día me in­vi­tó pa­ra ir a co­no­cer a una mu­cha­cha lla­ma­da Ro­sa. Y qué coin­ci­den­cia, ella tam­bién era ecua­to­ria­na. Yo soy de ape­lli­do To­rres y ella tam­bién lo era. Así fue co­mo des­pués de unos seis años de es­tar en Ve­ne­zue­la me vol­ví a enamo­rar.

Jun­tos lo­gra­mos gran­des co­sas. Fue Ro­sa quien me pre­sen­tó a unos ami­gos ju­díos que es­ta­ban in­tere­sa­dos en po­ner una fá­bri­ca de car­te­ras. Me pre­gun­ta­ron que si yo que­ría for­mar una so­cie­dad: ¡Una em­pre­sa! Co­no­cían mi po­si­ción; yo no te­nía el di­ne­ro, y aun así me hi­cie­ron so­cio con 33% de las ac­cio­nes. Ellos, el ad­mi­nis­tra­dor y el ven­de­dor, com­pra­ron la ma­qui­na­ria y to­do lo de­más. Yo era quien pro­du­cía y di­se­ña­ba. Con mi tra­ba­jo pu­de pa­gar las ac­cio­nes en cua­tro años.

Es­tu­ve con ellos du­ran­te 15 años, Así lle­gó el mo­men­to de que yo tu­vie­se mi pro­pia fá­bri­ca. Me fi­jé que la mu­jer ve­ne­zo­la­na es muy crea­ti­va y le gus­ta an­dar bien ves­ti­da.

Fue en 1996 cuan­do con­se­guí un lo­cal en la es­qui­na de Chim­bo­ra­zo, en Can­de­la­ria. Inau­gu­ré mi fá­bri­ca y la lla­mé Emy Di­se­ños. Allí di em­pleo a 17 per­so­nas, quie­nes con 3 má­qui­nas y una tro­que­la­do­ra pro­du­cían 100 bol­sos se­ma­na­les; es de­cir, 400 pro­duc­tos al mes. Las ven­tas que ha­cía­mos eran pa­ra gran­des tien­das por de­par­ta­men­to. Com­prá­ba­mos el se­mi­cue­ro por ro­llos, cien­tos de cie­rres, he­bi­llas y fo­rros. Te­nía­mos to­do.

Pe­ro no to­do era tra­ba­jar. Po­día­mos ir a pa­sear en fa­mi­lia ca­da mes a Mar­ga­ri­ta o La Guai­ra. Ha­blo de ha­ce 40 años; aho­ri­ta es im­po­si­ble mon­tar una fá­bri­ca. Yo mis­mo he de­ja­do de pro­du­cir, tan so­lo ha­go re­pa­ra­cio­nes de bol­sos, mo­rra­les, car­te­ras. La­men­ta­ble­men­te, en la si­tua­ción en que es­ta­mos no se pue­de ha­cer más. Mis clien­tes, a quie­nes les ven­día al ma­yor, han ce­rra­do o que­bra­ron.

De te­ner 17 obre­ros, pa­sé a te­ner so­lo uno. Tam­po­co pro­duz­co ni la dé­ci­ma par­te, ape­nas unos 50 bol­sos al mes. Fa­bri­co siem­pre y cuan­do la per­so­na trai­ga el ma­te­rial.

Ten­go dos años sin di­se­ñar ni fa­bri­car. Ahí es­tá la má­qui­na pa­ra­da, en el lo­cal no hay na­da. Con el tiem­po me di cuen­ta de que ca­da vez que iba a com­prar el ma­te­rial no lo­gra­ba com­ple­tar la lis­ta de lo que ne­ce­si­ta­ba ni ad­qui­rir lo que que­ría. Te­nía que com­prar so­lo lo que los pro­vee­do­res te­nían, por­que ellos tam­po­co po­dían im­por­tar. Del ma­te­rial que com­pra­ba por ro­llos –uno por co­lor– aho­ra com­pro dos me­tros por co­lor: ma­rrón y ne­gro.

Cuan­do vi­vía en Ecua­dor, mi país es­ta­ba atra­sa­do. En cam­bio, Ve­ne­zue­la pin­ta­ba co­mo una na­ción que iba en pro­gre­so. Aquí ha­bía tra­ba­jo, pe­ro hoy to­do ha cam­bia­do. Con es­ta ideo­lo­gía que es­tá plan­tea­da se ha ido per­dien­do mu­cho la in­ver­sión, y un país se le­van­ta con in­ver­sión pri­va­da. Me due­le ver a tan­tas per­so­nas que vie­nen a pe­dir­me em­pleo, pe­ro có­mo las ayu­do si la ma­qui­na­ria es­tá pa­ra­da.

El obre­ro tam­bién cam­bió. Cuan­do co­men­zó a ver los re­ga­los del go­bierno, ya no le po­nía em­pe­ño al tra­ba­jo; to­do lo que­ría fá­cil. Yo no com­par­to esa ideo­lo­gía de iz­quier­da ni de de­re­cha, yo com­par­to que “si us­ted no pro­du­ce, no le va bien”.

Siem­pre lo he di­cho, no voy a dar el bra­zo a tor­cer Pri­me­ro por­que es­te es mi país. Mis tres hi­jos me han di­cho que me va­ya a Ecua­dor, pe­ro qué voy a ha­cer allá. Em­pe­zar a ha­cer qué. Dos de ellos ya se fue­ron, a San­tia­go de Chi­le y a Qui­to.

Yo ten­go fe, des­de ha­ce 20 años, de que es­to va a cam­biar y yo po­dré vol­ver a fa­bri­car. La úni­ca ma­ne­ra de con­tri­buir con Ve­ne­zue­la es tra­ba­jan­do.

Cuan­do vi­vía en Ecua­dor mi país es­ta­ba atra­sa­do. En cam­bio, Ve­ne­zue­la pin­ta­ba co­mo una na­ción que iba en pro­gre­so”

Luis Os­wal­do To­rres

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