La ca­sa de Lau­ra An­ti­llano

Notitarde - - Deportes - Pe­dro Té­llez

E s de Bor­ges la co­no­ci­da fra­se: otros se pue­den enor­gu­lle­cer de los li­bros que han es­cri­to, yo ten­go or­gu­llo de los li­bros que he leí­do. Yo agre­gó: ten­go or­gu­llo de los es­cri­to­res que he co­no­ci­do per­so­nal­men­te, de los que he si­do su ami­go, en­tre ellos Lau­ra An­ti­llano. Pe­ro no voy a tra­tar aquí de la amis­tad, no di­rec­ta­men­te. Des­cri­bi­ré el es­pa­cio de es­ta amis­tad y que co­mo Uds. sa­ben se lla­ma “La Le­tra Vo­la­do­ra”. Que la ca­sa ha­bla de sus in­qui­li­nos lo de­cía Vir­gi­nia Woolf. La de Lau­ra ha­bla de ella y de no­so­tros. Ubi­ca­da en la Cam­pi­ña, en­tre la Uni­ver­si­dad y el ce­rro del Ca­fé, al bor­de de una que­bra­da em­bau­la­da o al fi­nal de una ca­lle cie­ga a la que se lle­ga a tra­vés de un laberinto de cua­dras. Hay otras ca­sas en el tiem­po y el es­pa­cio: En Maracaibo la quin­ta paterna a las ori­llas del la­go y ter­tu­lia obli­ga­da de pin­to­res y poe­tas, la de Caracas, o an­tes la de Ha­ti­cos nú­me­ro 15 ( ca­sa de fic­ción) o su apar­ta­men­to pa­ra­le­lo. Pe­ro quie­ro ha­blar de la que co­noz­co más y tal vez por ha­ber ido una do­ce­na de ve­ces ( no soy vi­si­tan­te asi­duo) y por eso me im­pre­sio­na.

En­tre ex­tra­ña y “si­nies­tra” en el sen­ti­do co­ti­diano de Freud, es una ca­sa ra­ra de de­co­ra­ción ma­xi­mi­ma­lis­ta: Me­si­tas con ce­rá­mi­cas, tex­ti­les y tex­tu­ras, ar­te po­pu­lar; vi­tri­nas con tí­te­res y ma­rio­ne­tas de som­bra; ho­rror al va­cio en las pa­re­des : cua­dros de Lu­nar y de Zer­pa, mu­ra­les de jar­dín, afi­ches de tea­tro, ci­ne y fe­rias, poe­mas en­mar­ca­dos de ami­gos, fo­tos de mon­jas de ne­gro ( Bri­to), y re­tra­tos de los ami­gos en mis­ma le­tra vo­la­do­ra: Fo­to en la ca­sa de la ca­sa: abis­mo aco­ge­dor. La ca­sa en ver­dad pe­que­ña se agran­da por la mul­ti­tud de ob­je­tos y su be­lle­za su­ma­to­ria. Sin te­mor al kitsch po­seen el au­ra que les da el ha­ber si­do un re­ga­lo, el re­cuer­do de un via­je. To­da­vía en la me­sa de re­ci­bo el ob­je­to que ha­ce años de­jé: un pi­sa­pa­pe­les. Mi ma­dre me des­cri­bía los pi­sa­pa­pe­les del es- cri­to­rio del abue­lo que co­no­cí so­lo por dos no­ve­las y un ci­ne de pue­blo. Años des­pués vi con una ami­ga en una tien­da un pi­sa­pa­pe­les ama­ri­llo, pe­ro ella di­jo que por su di­se­ño era pa­ra mu­jer, y lo re­ga­la­mos a Lau­ra. Otro ami­go que ya no es­ta de­cía que Lau­ra tie­ne la voz be­lla. Se re­fe­ría a la voz- voz, ( no la voz li­te­ra­ria que por su­pues­to po­see), y a la in­te­li­gen­cia ( no su in­te­li­gen­cia es­cri­ta), sino a la ca­pa­ci­dad in­tui­ti­va, con­ver­sa­cio­nal, fe­me­ni­na, del co­men­ta­rio agu­do so­bre la si­tua­ción es­pe­cí­fi­ca, sin ci­tas li­bres­cas o al­go así. Es de­cir: voz de for­ma y con­te­ni­do in­di­so­lu­ble, y ese es el so­ni­do de su ca­sa. Va­mos a oír­la ha­blar de cual­quier co­sa, en vi­si­tas bre­ves, y siem­pre trae­mos o le lle­va­mos una pos­tal, el li­bro que de­di­ca a los ni­ños, o el sa­bor de un dul­ce en el pa­la­dar.

Lau­ra co­mo to­do es­cri­tor, es­cri­to­ra, reúne una bi­blio­te­ca, pe­ro la su­ya no es una bi­blio­te­ca per­so­nal. Tie­ne que ver con las puer­tas abier­tas. No sé co­mo ex­pli­car­lo, es una bi­blio­te­ca cir­cu­lan­te, no por­que se pres­ten li­bros, sino por­que siem­pre un dis­cí­pu­lo o ami­go ( o am­bas con­di­cio­nes) es­ta to­man­do no­tas, ho­jean­do. Pues es cir­cu­lan­te por­que en­tra y sa­le gen­te: Allí fun­cio­nan los ta­lle­res que im­par­te: des­de ni­ños, ni­ñas y ado­les­cen­tes has­ta ex rec­to­res uni­ver­si­ta­rios apren­dien­do a leer y es­cri­bir cuen­tos.

No son ter­tu­lias a la ma­ne­ra de esas de mu­je­res del siglo de las lu­ces, de ocio y so­cie­dad. Aquí hay una fi­na­li­dad, un tra­ba­jo sub­ya­cen­te: A ve­ces son alum­nos y ex alum­nos con la se­rie­dad del ca­so: de pre y post gra­do, otras son del ta­ller li­te­ra­rio, do­cen­tes de la UC o de una es­cue­li­ta, poe­tas o cuen­tis­tas, cuen­te­ros: To­dos ami­gos que se reúnen, vuel­ven, vi­si­tan. Al­guien to­ca una gui­ta­rra. Ca­sa lim­pia, es­pa­cio­sa, lu­mi­no­sa, don­de no hay mu­cha di­fe­ren­cia en­tre el aden­tro y el afue­ra ( ar­qui­tec­tó­ni­ca­men­te ha­blan­do), el afue­ra y el aden­tro, es­pi­ri­tual­men­te ha­blan­do. Me sien­to muy bien re­cor­dan­do ami­gos, los que es­tán y los que ya no es­tán, y por eso hoy es­cri­bo es­te tex­to co­mo aque­lla ta­lla, evo­ca­ción de pa­la­bras an­te­rio­res, pa­ra que se in­cor­po­re a los ob­je­tos de la ca­sa.

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