Es­tar bien con Dios y con el Dia­blo

Pre­ven­ción In­te­gral

Notitarde - - Puerto Cabello - Iván Ro­drí­guez.

“Las per­so­nas au­tén­ti­cas tie­ne una al­ta au­to­es­ti­ma, son cons­cien­tes de sus im­per­fec­cio­nes y vul­ne­ra­bi­li­da­des y no tie­nen mie­do a mos­trar­se tal co­mo son. Com­par­ten sus creen­cias y for­mas de pen­sar sin el mie­do al qué di­rán y sin que­rer con­ven­cer a na­die ni tam­po­co de­jar­se con­ven­cer, es­cu­chan a los de­más sin pro­ble­mas y con to­le­ran­cia y res­pe­to. No tie­nen mie­do al fra­ca­so, asu­men sus pro­pias res­pon­sa­bi­li­da­des sin bus­car cul­pa­bles y no juz­gan a los de­más”

Di­cen que es­ta ex­pre­sión con­de­na, la ac­ti­tud de al­gu­nas per­so­nas que ha­cen un do­ble jue­go, que no evi­den­cian una pos­tu­ra cla­ra, que apues­tan en va­rios la­dos pa­ra ase­gu­rar­se una victoria. Ma­yor­men­te, alu­de a las ve­ces en que al­guien, en una con­tien­da, es­pe­cu­la es­tan­do a fa­vor de los dos opo­nen­tes. La fra­se re­to­ma las fi­gu­ras de Dios y el Dia­blo, tra­di­cio­na­les ri­va­les y em­ble­mas del bien y del mal. Aho­ra bien, en nues­tra so­cie­dad y en nues­tro en­torno es ca­da vez más co­mún, en­con­trar­nos con es­te ti­po de per­so­nas, so­bre to­do si tie­nes un car­go de re­le­van­cia y au­to­ri­dad; la fal­se­dad y la hi­po­cre­sía es­tán a la or­den del día en to­dos los ni­ve­les, des­de las amis­ta­des, el mundo laboral e in­clu­so lle­gan­do al mundo de la po­lí­ti­co (aquí se ob­ser­va con mu­cha fre­cuen­cia y a to­das lu­ces).

Pe­ro, co­mo fun­cio­na es­ta ex­pre­sión en el idea­rio hu­mano, vea­mos: En al­gún mo­men­to de nues­tras vi­das he­mos es­ta­do en el me­dio de dos aguas di­cien­do que so­mos im­par­cia­les pe­ro ¿De ver­dad se pue­de ser im­par­cial? yo creo que no, creo que en el fon­do to­ma­mos par­ti­do de un la­do o del otro y tam­bién creo que mu­chas ve­ces no te­ne­mos el va­lor su­fi­cien­te pa­ra ac­tuar con la sin­ce­ri­dad ne­ce­sa­ria de de­cir lo que se sien­te a esas per­so­nas, qui­zás por con­ve­nien­cia, por res­pe­to o por qué se yo que ex­cu­sa in­ven­ta­da. ¿Al­gu­na vez te has com­por­ta­do así? Es­toy se­gu­ro que sí, to­dos lo he­mos he­cho al­gu­na vez. Es su­ma­men­te des­con­cer­tan­te ver co­mo la ma­yo­ría de las per­so­nas ha­cen lo ne­ce­sa­rio pa­ra que­dar bien con el uno y con el otro; cuan­do pue­den per­ma­ne­cer ca­lla­dos o de­cir la ver­dad de lo que pien­san. Es­tas per­so­nas se ca­rac­te­ri­zan por ha­blar mal de to­do y de to­dos; Del go­bierno, de su ma­má, de su ve­cino, de las deu­das, de su pa­re­ja, en fin... El ti­po de per­so­na que ac­túa de es­ta ma­ne­ra son las que re­pre­sen­ta me­jor la ex­pre­sión “ES­TAR BIEN CON DIOS Y CON EL DIA­BLO”

Así mis­mo, cuan­do sur­ge es­te ti­po de per­so­na, sur­ge un nuevo ele­men­to de es­tu­dio y es so­bre la fal­ta de per­so­na­li­dad que po­see es­te ti­po de personaje, (que por cier­to abun­da en to­dos los me­dios y en to­das las ins­ti­tu­cio­nes) Su ca­rac­te­rís­ti­ca es que so­lo lo hace por que­dar bien ante sus su­pe­rio­res y no su­pe­rio­res; es una en­fer­me­dad emo­cio­nal por la in­se­gu­ri­dad que pre­sen­ta. Es­to es co­mo ser­vir a dos amos a la vez. Es co­mo es­tar en dos lu­ga­res al mis­mo tiem­po. En ese sen­ti­do, de­be­mos adop­tar una con­duc­ta y si te­ne­mos afi­ni­dad por al­go, no po­de­mos adu­lar lo con­tra­rio, a ve­ces pre­ten­de­mos es­tar bien con am­bos, por com­pro­mi­so y lo que ha­ce­mos con ello, es trai­cio­nar nues­tros prin­ci­pios y so­lo se ter­mi­na que­dan­do mal ante los de­más.

Que­ri­dos Her­ma­nos, lo me­jor es es­tar bien con­si­go mis­mo. Es­to siem­pre te lle­va a lo­grar tus pro­pó­si­tos y de pa­so, to­mas las rien­das de tu vi­da y no le an­das acha­can­do tus erro­res a nin­guno, así que te con­vier­tes en el for­ma­dor y crea­dor de tu pro­pio des­tino y de tus pen­sa­mien­tos. Por cier­to por más ami­gos que ten­gas o seas de al­gu­na per­so­na, no pier­dan el tiem­po tra­tan­do de agra­dar­les di­cien­do que siem­pre tie­ne la ra­zón.

¿Te mo­les­tan las per­so­nas que no tie­nen per­so­na­li­dad o no son sin­ce­ras y quie­ren que­dar bien con dios y el dia­blo? Por su­pues­to que es una gran mo­les­tia, ya que da­ñan el en­torno don­de se desen­vuel­ven, crean­do caos y con­fu­sión es­to se pue­de evi­den­ciar co­mo por ejem­plo den­tro del en­torno fa­mi­liar, laboral, co­mu­ni­ta­rio, ins­ti­tu­cio­nal, en­tre otros. Aho­ra bien, ma­ne­jan­do el ter­mino sin­ce­ri­dad y su re­la­ción con el te­ma es muy im­por­tan­te de­fi­nir­lo, ya que, ser sin­ce­ro, es te­ner la vir­tud de de­cir siem­pre lo que se pien­sa, no im­por­tan­do si cae bien o no; es una vir­tud por­que el que es sin­ce­ro es tam­bién ho­nes­to, con­fia­ble y digno de res­pe­to y es tan­to lo que se lo­gra con es­tas cua­li­da­des que mu­chos que no la tie­nen la apa­ren­tan pa­ra go­zar de sus be­ne­fi­cios. El que es sin­ce­ro lo re­fle­ja en ca­da pe­que­ño ac­to de su vi­da y en ca­da una de sus pa­la­bras, aun­que no sea co­sa fá­cil, por­que a ve­ces la ver­dad due­le y en ello de­be­mos te­ner mu­cha pru­den­cia al de­cir las co­sas. Por es­ta ra­zón, ade­más de ser sin­ce­ra, una per­so­na tie­ne que ser com­pa­si­va y dis­cre­ta y no ir­se de las pri­me­ras y de­cir to­do sin nin­gún mi­ra­mien­to, ya que, pue­de ofen­der sin ne­ce­si­dad. Así mis­mo, La au­sen­cia de sin­ce­ri­dad es fal­ta de cohe­ren­cia interna, cuan­do se pien­sa una co­sa, se di­ce otra y se hace otra. La per­so­na que no es sin­ce­ra es im­pre­vi­si­ble, no se com­pro­me­te y cuan­do mien­te pre­ten­de por lo general dos ob­je­ti­vos que se con­tra­po­nen en­tre sí que lo obli­gan a no ser sin­ce­ro. El mentiroso no pue­de ele­gir, por­que no pue­de re­nun­ciar a nin­gu­na de las al­ter­na­ti­vas. La pre­gun­ta es pa­ra ti que me es­tás le­yen­do: ¿Es­ta con Dios y con el Dia­blo? So­lo tú lo sa­bes.

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