Car­ta a to­dos los hi­jos del mun­do (Par­te II)

Notitarde - - Ciudad - Do­mé­ni­co Sí­ri­ca

En la ci­ta an­te­rior, ini­cia­mos es­ta car­ta des­ti­na­da a to­dos los hi­jos del mun­do; pe­ro, tam­bién a to­dos los pa­dres y abue­los a quie­nes les lle­gue en el co­ra­zón. Tal co­sa por­que el te­ma to­ca a to­dos por igual, tan­to a unos co­mo a los otros. Siem­pre he di­cho que es­tas úl­ti­mas ge­ne­ra­cio­nes van vien­to en po­pa. Quie­ren cam­biar a su ma­ne­ra lo que no de­bie­ra ser. Y las co­sas van to­man­do el rit­mo que de­ter­mi­nan los más jó­ve­nes. Y el ma­tiz tam­bién.

Sin em­bar­go, sos­ten­go que hay co­sas que no de­ben ser al­te­ra­das. Por ejem­plo: el res­pe­to. Los pa­dres, ma­má y pa­pá, son el res­pe­to. Esas son cues­tio­nes que han si­do así por los si­glos de los si­glos.

O no soy psi­có­lo­go; pe­ro, creo que me sien­to un pro­fe­sio­nal de he­cho pues he le­van­ta­do a pul­so a mi fa­mi­lia, dán­do­les una bue­na edu­ca­ción a mis hi­jos. A sa­ber, hay ar­qui­tec­tos, in­ge­nie­ros, con­ta­do­res, em­pren­de­do­res y re­la­cio­nis­tas in­dus­tria­les. Pu­die­ra ser que no ha­ya si­do per­fec­to, por­que só­lo Dios lo es; pe­ro, tra­té de ser­lo. Y no lo di­go por mí, pe­ro sí en lí­neas ge­ne­ra- les, he vis­to fa­mi­lias (in­clu­so, la de un se­ñor muy ami­go mío) des­mo­ro­nar­se por la fal­ta de ca­ri­ño de los hi­jos ha­cia los pa­dres.

El mo­men­to que se vi­ve es de­li­ca­do. Nun­ca la fa­mi­lia se ha vis­to tan ame­na­za­da. Y sa­be­mos que la fa­mi­lia es el nú­cleo de la so­cie­dad. Ir con­tra ella es ame­na­zar la es­ta­bi­li­dad del or­den so­cial.

Por eso, quie­ro lla­mar a la re­fle­xión a pa­dres e hi­jos, en torno al he­cho de que la fa­mi­lia no se aca­ba cuan­do el hi­jo se se­pa­ra pa­ra ha­cer su vi­da. De­be ha­ber un cor­dón um­bi­li­cal a tra­vés del cual se unan to­dos los miem­bros de la fa­mi­lia de ma­ne­ra fra­ter­na pa­ra for­ta­le­cer los ne­xos.

Hay que de­jar atrás las am­bi­cio­nes, los egos. Si nos sen­ti­mos apar­ta­dos, siem­pre de­be ha­ber al­guien que le­van­te pri­me­ro la mano, pa­ra re­cor­dar los sen­ti­mien­tos. Se de­be sen­tir el mis­mo amor por el seno fa­mi­liar que en los años pri­mi­ge­nios en los que se le­van­ta­ba el ho­gar. Lo di­go co­mo hi­jo que fui y pa­dre que aho­ra soy.

Por al­go, Andrés Eloy Blan­co di­jo que quien tie­ne un hi­jo tie­ne to­dos los hi­jos del mun­do. En es­tos mo­men­tos, son míos to­dos los hi­jos del mun­do y por eso sien­to licencia pa­ra ha­blar­les co­mo lo he he­cho en es­tos dos ar­tícu­los.

Dios los ben­di­ga a to­das y to­dos. Has­ta el pró­xi­mo lu­nes. Pue­den es­cri­bir­me al co­rreo: to­dos­los­lu­nes34@gmail.com.

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