Amor y des­ape­go

Notitarde - - Tangente -

Na­die quie­re la no­che fue la úl­ti­ma pe­lí­cu­la pre­sen­ta­da al gran pú­bli­co en 2015 por Isa­bel Coixet, mu­jer del mun­do del ci­ne al que hay que re­co­no­cer­le un compromiso dis­tin­to al de mu­chos de sus co­le­gas, de­be­mos agre­gar, hom­bres en su ma­yo­ría, aun­que es­te co­men­ta­rio tan so­lo bus­ca ser real, no in­sul­tan­te.

La historia se con­cen­tra en prin­ci­pios del si­glo pa­sa­do y se ba­sa en per­so­na­jes reales aun­que el re­la­to no es fiel a nin­gu­na de las bio­gra­fías más o me­nos co­no­ci­das del ma­tri­mo­nio con­for­ma­do por Robert y Jo­sep­hi­ne Peary, y unos per­so­na­jes que en­no­ble­cen la trama co­mo el ca­so de Alla­ka, y otros que apor­tan so­li­dez co­mo Bram Tre­vor

On­ce años des­pués de ver La vi­da se­cre­ta de las pa­la­bras (aun­que ella ha rea­li­za­do otros diez pro­yec­tos en­tre pe­lí­cu­las y do­cu­men­ta­les) la es­cri­to­ra y guio­nis­ta apa­re­ce con una cin­ta di­fí­cil de ha­cer, por­que se tra­tó de re­crear el frío ár­ti­co y los lar­gos e im­pe­ne­tra­bles seis me­ses de os­cu­ri­dad, ven­cien­do también, con crí­ti­cas a fa­vor y en con­tra, su con­cep­to crea­ti­vo, co­lo­sal e in­ti­mis­ta; frío y emo­ti­vo, a la vez.

Jo­sep­hi­ne, in­ter­pre­ta­do por Ju­liet­te Bi­no­che, es una mu­jer que va en bus­ca de su es­po­so pa­ra in­ten­tar acom­pa­ñar­lo en su ex­pe­di­ción al Po­lo Nor­te, pe­ro lle- ga tar­de. Su afán ade­más de for­mar par­te de su compromiso co­mo es­po­sa y ma­dre de sus hi­jos también con­tie­ne el de­seo de no ser ol­vi­da­da por la historia, pues­to que las fotos eran las úni­cas tes­ti­gos de las ha­za­ñas, con­ce­dien­do la fi­gu­ra­ción o la in­vi­si­bi­li­dad.

En la cin­ta, Robert Peary, es un per­so­na­je fan­tas­ma. Se ade­lan­ta a la ida y al re­gre­so. En la vi­da real fue re­co­no­ci­do por la So­cie­da­des Reales de Es­ta­dos Uni­dos y Lon­dres por su te­na­ci­dad, la car­to­gra­fía de las nue­vas tie­rras y su des­cu­bri­mien­to, en 1900, de una tie­rra lo­ca­li­za­da al oes­te de la Is­la de Elles­me­re, del ca­bo Mo­rris, al que él de­no­mi­nó Je­sup. Ro­dea­do de controversias le fue­ron re­co­no­ci­das (y ne­ga­das), ha­za­ñas en la que su es­po­sa no apa­re­cía.

En la vi­da real ella tu­vo el rol de él en es­ta pe­lí­cu­la.

Pe­ro más allá de es­ta historia de ex­plo­ra­do­res con­ta­da de for­ma in­cle­men­te, co­mo el frio que ha­ce que el es­pec­ta­dor pier­da to­da no­ción ro­mán­ti­ca (si es que aca­so al­guien la guar­da en su al­ma) del in­vierno; sub­ya­ce el ver­da­de­ro prin­ci­pio y ra­zón del fil­me, el en­cuen­tro de la es­po­sa y una aman­te de él, lla­ma­da Alla­ka (Rin­ko Ki­ku­chi), en una con­fron­ta­ción de sen­ti­mien­tos y cul­tu­ras que cho­can en su for­ma de ver el mun­do.

Mien­tras la es­po­sa reac­cio­na co­mo se su­po­ne lo ha­ría cual­quier mu­jer, la per­so­na­li­dad de la inuit (que al prin­ci­pio ra­ya en una es­pe­cie de en­can­to dis­cor­dan­te has­ta al­can­zar una con­vin­cen­te hu­ma­ni­dad) ge­ne­ra el ver­da­de­ro in­te­rés es­cu­dri­ña­dor del fil­me.

La re­la­ción de es­tas dos mu­je­res, so­las, en una tie­rra in­ca­li­fi­ca­ble, por­que in­hós­pi­ta le que­da pe­que­ña, va cre­cien­do en la me­di­da que van pa­san­do los me­ses de enor­me so­le­dad, va­cío, ham­bre e im­po­ten­cia an­te la na­tu­ra­le­za.

La fuer­za y la ob­ce­ca­da en­tre­ga que mos­tró Jo­sep­hi­ne se va de­bi­li­tan­do al ca­lor, al re­fu­gio y la ne­ce­si­dad de sub­sis­tir. La mu­jer que se re­sis­tía en el Po­lo a co­mer y vi­vir co­mo las etnias que allí so­bre­vi­ven, es sal­va­da por el pa­cien­te amor de la mu­jer a la que no pue­de odiar por­que jun­tas ha­cen po­si­ble el na­ci­mien­to del hi­jo de Robert Peary, quien jun­to a su ayu­dan­te Matt­hew Hen­son, en la vi­da real, em­ba­ra­za­ron a mu­je­res inuit.

In­vier­nos y ve­ra­nos dic­tan con­duc­tas si­mi­la­res. Pe­ro has­ta aho­ra el sol ha­ce que­rer más a la no­che.

La in­co­mo­di­dad, los sue­ños, los des­va­ne­ci­mien­tos, la irrea­li­dad que se va te­jien­do en la ca­ba­lla y pos­te­rior­men­te en el igloo re­la­tan el cre­ci­mien­to de los per­so­na­jes. Dos mu­je­res uni­das por lo que de­be­ría aco­plar por igual a los hom­bres, los hi­jos, sin im­por­tar las que se vol­vie­ron de por si es­té­ri­les cir­cuns­tan­cias de su na­ci­mien­to.

Re­la­to de amor y des­ape­go a la vez. Di­fí­cil de con­tar y de allí el mé­ri­to de Isa­bel Coixet y to­do su equi­po.

Peary es­cri­bió un par de li­bros so­bre sus ex­pe­rien­cias co­mo ex­plo­ra­dor y en el 2000 se reali­zó una pe­lí­cu­la ti­tu­la­da Glo­ria y Ho­nor ba­sa­da en es­tos re­la­tos. Por su par­te Jo­sep­hi­ne es­cri­bió Mi dia­rio Ár­ti­co, El be­bé de la nie­ve (co­mo los es­qui­ma­les lla­ma­ron a su hi­jo al ver­le), y Ni­ños del Nor­te. Es­cri­tos en­tre 1893 y 1993.

La cin­ta no es un ho­me­na­je a nin­guno de ellos. Pe­ro si lo es a la esen­cia hu­ma­na que en con­di­cio­nes in­cle­men­tes sa­ca lo me­jor de sí.

A la di­rec­to­ra ca­ta­la­na también le te­ne­mos que agra­de­cer su sin­ce­ri­dad y que ha­ga las co­sas tal y co­mo ella desea, sin es­pe­rar a cam­bio más que la sa­tis­fac­ción de sen­tir­se ca­da vez más li­bre en el di­fí­cil ofi­cio del ci­ne.

Ma­ri­sol Pra­das

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