Aven­tu­ra

Notitarde - - Ciudad - Jo­sé Joa­quín Bur­gos Cro­nis­ta de Va­len­cia

Épo­ca de Pé­rez Ji­mé­nez. En el exa­men de Ad­mi­sión (1953) pa­ra el Pe­da­gó­gi­co Na­cio­nal fui­mos 2.600 as­pi­ran­tes, re­par­ti­dos en va­rios sa­lo­nes. Fui­mos acep­ta­dos, exac­ta­men­te, 600. De ellos, 66 en la Es­pe­cia­li­dad de Cas­te­llano, Li­te­ra­tu­ra, La­tín y Raí­ces Grie­gas. Se nos agre­gó uno más en Se­gun­do Año (un her­mano la­sa­llis­ta que ve­nía de un cur­so es­pe­cial de un año en Ro­ma). Pe­ro ya no éra­mos 67, en Se­gun­do, sino 18, por­que más de la mi­tad se que­da­ron. A Ter­ce­ro, lle­ga­mos 14. Y a Cuar­to, fi­nal, 7, de los cua­les en Ju­lio del 1957, nos gra­dua­mos 5, y los dos res­tan­tes, en se­tiem­bre. Una Odi­sea en la cual to­dos (hem­bras y va­ro­nes) éra­mos Uli­ses… por­que de res­to, hasta el pe­rro de Te­lé­ma­co pa­só tra­ba­jo y su­dó el al­ma… Pe­ro lle­ga­mos. Épo­ca du­ra, días ca­rác­ter do­ma­do, dis­ci­pli­na sem­bra­da hasta en la san­gre y amor, mu­cho amor por la pro­fe­sión es­co­gi­da y un res­pe­to ab­so­lu­to por la pro­fe­sión, el estado y sus ins­ti­tu­cio­nes y las hue­llas y dig­ni­dad de quie­nes nos pre­ce­dían en el ejer­ci­cio. En el am­bien­te, en el país, en ge­ne­ral, la ma­yo­ría éra­mos de opo­si­ción, pe­ro ha­bía mie­do, te­rror en to­dos los sec­to­res. En enero del 58 ca­yó la dic­ta­du­ra y las cir­cuns­tan­cias pro­pi­cia­ron que el po­der ca­ye­ra en ma­nos del lla­ma­do “Pac­to Pun­to Fi­jo”. Cua­ren­ta años más de per­se­cu­ción po­lí­ti­ca, cár­cel, des­apa­ri­cio­nes, muer­tes. Un car­na­val cu­yas de­pra­va­cio­nes to­da­vía la his­to­ria no ha juz­ga­do ni la jus­ti­cia con­de­na­do… pe­ro por lo me­nos ve­mos una luz al fi­nal del tú­nel.

En el 59, lue­go del amanecer lu­mi­no­so del 23 de enero del 58 ve­ne­zo­lano, la gue­rri­lla cu­ba­na sa­có al dic­ta­dor de Cu­ba y co­men­zó, en aque­lla is­la, a bri­llar un sol nue­vo. El li­de­raz­go de Fi­del Castro, a los 64 años del triun­fo de la Re­vo­lu­ción Cu­ba­na, si­gue sien­do una re­fe­ren­cia mun­dial de jus­ti­cia y de paz. Su par, el Che Gue­va­ra si­gue cre­cien­do, como un sol, en la con­cien­cia de la ju­ven­tud te­rres­tre. El Che era, en aque­llos le­ja­nos días de la Nue­va Cu­ba, una re­fe­ren­cia in­dis­pen­sa­ble. Un ícono que ve­ne­ra­ban y co­pia­ban los en­ton­ces lla­ma­dos “Ca­be­zas ca­lien­tes”. Con sus boi­nas, sus pei­na­dos, sus cha­que­tas y su ma­ne­ra hasta de mi­rar. Esos mis­mos que un día sin­tie­ron ver­güen­za o mie­do y que­ma­ron la ima­gen pa­ra mi­li­tar en el pa­sa­do ver­gon­zo­so don­de mu­chos de ellos vi­ven des­de en­ton­ces. En ver­dad no da pe­na, sino ver­güen­za ver­los.

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