To­do cam­bia

Notitarde - - Opinión - Gon­za­lo Ló­pez Me­nén­dez Periodista / ccs. org. es

Co­mo ca­da día en el jar­dín mu­chas plan­tas cre­cen al­tas, fuer­tes, vo­lu­mi­no­sas.

En el la­do opues­to to­da­vía que­dan unos se­mi­lle­ros, no cre­cen, ni dan bro­tes y los po­cos que lo hacen van a un bo­tá­ni­co, don­de se­gu­ro, ten­drán un me­jor tra­to.

Si ca­da vez na­cen me­nos ni­ños, nues­tra es­pe­ran­za de vi­da au­men­ta y los jó­ve­nes se van fue­ra, ca­da día de la so­cie­dad tie­ne 48 ho­ras.

Nos ha­ce­mos ma­yo­res por par­ti­da do­ble. Tie­ne lu­gar un es­ta­do del bie­nes­tar in­sos­te­ni­ble. Pe­li­gran una sa­ni­dad, una edu­ca­ción, una vi­vien­da y unas pen­sio­nes de to­dos y para to­dos.

Vi­vir más se ha con­ver­ti­do en un pro­ble­ma para em­pre­sas y go­bier­nos, ade­más de un mie­do para tra­ba­ja­do­res que no sa­ben si po­drán dis­fru­tar de una pen­sión para la que han tra­ba­ja­do to­da su vi­da. El pro­ble­ma es el mie­do, la in­se­gu­ri­dad, la in­cre­du­li­dad an­te una po­lí­ti­ca lle­na de ca­sos ais­la­dos, que ca­da cier­to tiem­po nos mues­tra la te­le­vi­sión. Es obli­ga­ción de los go­bier­nos pre­pa­ra­se, ha­blan de una so­lu­ción para ma­ña­na, se ol­vi­dan del me­dio y largo pla­zo.

La so­lu­ción has­ta aho­ra se li­mi­ta a su­bir la edad de ju­bi­la­ción. Pue­de que para ellos, el úni­co mo­do sea tra­ba­jar has­ta los 75 años, pero la vi­da no se li­mi­ta al me­ro he­cho de tra­ba­jar. A me­nu­do nos pre­gun­ta­mos si nos gusta nues­tro tra­ba­jo o cuán­to di­ne­ro nos re­por­ta, pero no ¿ cuán­ta vi­da nos cues­ta? Nadie quiere pa­sar to­da su vi­da tra­ba­jan­do.

No pien­san en abrir las puer­tas a una in­mi­gra­ción sin esa con­cep­ción eu­ro­peís­ta o de mu­chos paí­ses ri­cos. Ni de­ci­den te­ner hi­jos en fun­ción de cuán­to o tanto di­ne­ro les va a cos­tar. Para al­gu­nos te­ner un hi­jo nun­ca es una ma­la in­ver­sión. Tal vez, equi­pa­rar el de­re­cho de pa­dres y ma­dres a la ho­ra de criar a sus hi­jos sea un co­mien­zo. Co­mo mues­tra de que las so­cie­da­des evo­lu­cio­nan y el per­mi­so de pa­ter­ni­dad de­je de ser al­go testimonial. Tam­bién exis­ten otras me­di­das so­cia­les co­mo be­ne­fi­cios fis­ca­les y apo­yo eco­nó­mi­co en al­gu­nos ca­sos.

Se es­ti­ma que a me­dia­dos de si­glo más de 2100 mi­llo­nes de per­so­nas se­rán ma­yo­res de 60 años. Tal vez sea en­ton­ces y no aho­ra, cuan­do em­pe­ce­mos a es­cu­char la voz de los pen­sio­nis­tas y ju­bi­la­dos. La reali­dad es que ne­ce­si­ta­mos un sím­bo­lo de es­pe­ran­za. Ni­ños que co­rran, rían, bai­len y nos re­nue­ven. To­do cam­bia. Nun­ca se­re­mos más jó­ve­nes de lo que somos hoy, y es cier­to que los ma­yo­res de hoy no son co­mo an­ta­ño. Vi­vi­mos más y me­jor, pero no lo ce­le­bra­mos, sino que mi­ra­mos con re­ce­lo.

Con­ti­nua­mos a la es­pe­ra de otro jar­di­ne­ro, que nos rie­gue ca­da ma­ña­na, que de­je los nue­vos bro­tes en el jar­dín y que nos po­de para vol­ver más y más fuer­tes. Que re­cu­pe­re la ilu­sión. Ten­go nos­tal­gia de es­cu­char los gri­tos y al­bo­ro­tos, la inocen­cia de todas esas plan­tas y la pa­cien­cia de sus ma­yo­res.

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