La gran luz

Notitarde - - Opinión - Isa­bel Vidal de Ten­rei­ro ¿Cuál es la Vo­lun­tad de Dios? Ver res­pues­ta en: www.bue­na­nue­va.net

“El pue­blo que ca­mi­na­ba en ti­nie­blas vio una gran luz. So­bre los que vi­vían en tie­rra de som­bras, una luz res­plan­de­ció”

( Is. 8, 2- 9,3). El Evan­ge­lis­ta San Ma­teo, uno de los dis­cí­pu­los es­co­gi­dos por el Se­ñor, se da cuen­ta de que esa pro­fe­cía de Isaías, de unos 700 años an­tes de la lle­ga­da de Cris­to, se es­ta­ba cum­plien­do an­te sus pro­pios ojos. ( Mt. 4, 12- 23) Je­sús es la “gran luz”.

Sa­bien­do, en­ton­ces, que Je­sús es nues­tra luz, a Él de­be­mos se­guir, co­mo lo hi­cie­ron los dis­cí­pu­los es­co­gi­dos por Él. Pe­ro es bueno re­cor­dar que el Se­ñor nos es­co­ge y nos lla­ma a to­dos pa­ra ser sus dis­cí­pu­los y se­gui­do­res. Y el Se­ñor lla­ma de mu­chas ma­ne­ras y en di­fe­ren­tes cir­cuns­tan­cias a lo lar­go de to­da nues­tra vi­da.

Su­ce­de, sin em­bar­go, que la voz del Se­ñor es sua­ve y el lla­ma­do que ha­ce a nues­tra puer­ta es tam­bién sua­ve. No nos obli­ga, no nos gri­ta, ni tam­po­co tum­ba nues­tra puer­ta. El Se­ñor es gen­til. No nos do­ble­ga, ni nos ame- na­za. Pe­ro siem­pre es­tá allí, lla­man­do a nues­tra puer­ta. So­mos li­bres de abrir­le o no. So­mos li­bres de res­pon­der­le o no. El lla­ma­do es pa­ra se­guir­le a Él. Pue­de ser en la vi­da de fa­mi­lia o en la vi­da re­li­gio­sa o has­ta so­la en el ce­li­ba­to.

He­mos si­do es­co­gi­dos por Él pa­ra se­guir­le. “Ven y sí­gue­me”, les di­jo a sus pri­me­ros dis­cí­pu­los. “Ven y sí­gue­me”, nos di­ce a ca­da uno de no­so­tros tam­bién. Y se­guir­le a Él im­pli­ca mu­chas ve­ces ir con­tra la co­rrien­te, ir con­tra lo que el mun­do nos pro­po­ne. Se­guir­le a Él es ser co­mo Él y es ha­cer co­mo Él.

Y ¿qué ha­ce Je­sús? ¿Qué nos mues­tra Je­sús con su vi­da aquí en la tie­rra? Lo sa­be­mos y Él nos lo ha di­cho: “He ba­ja­do del Cie­lo no pa­ra ha­cer mi pro­pia vo­lun­tad, sino la vo­lun­tad del que me ha en­via­do” (Jn. 6, 38). Se­guir­lo a Él es, en­ton­ces, bus­car la Vo­lun­tad de Dios y no la pro­pia vo­lun­tad. Es ha­cer lo que Dios quie­re y no lo que yo quie­ro. Es ser co­mo Dios quie­re que sea y no co­mo yo quie­ro ser.

A ve­ces cree­mos que por ser Ca­tó­li­cos, bau­ti­za­dos, ya te­ne­mos ase­gu­ra­da la sal­va­ción. Cier­ta­men­te nues­tro ca­to­li­cis­mo sig­ni­fi­ca que te­ne­mos a nues­tra dis­po­si­ción to­dos los me­dios de sal­va­ción que nos lle­gan a tra­vés de la Igle­sia por Cris­to fun­da­da. Pe­ro no bas­ta.

No bas­ta de­cir yo ten­go fe, yo creo en Dios. Ya eso es al­go. Pe­ro no su­fi­cien­te. Esa fe tie­ne con­se­cuen­cias. Re­ci­bir el men­sa­je de Je­su­cris­to con fe, hoy, es se­guir­lo en el cum­pli­mien­to de la Vo­lun­tad de Dios.

¡ Cui­da­do, por­que po­dría­mos que­dar fue­ra! ¡ Cui­da­do, si no nos de­ja­mos ilu­mi­nar por esa “gran luz” que es Je­su­cris­to nues­tro Se­ñor! ¡ Cui­da­do si no acep­ta­mos su men­sa­je de sal­va­ción! Por­que “el Se­ñor es mi luz y mi sal­va­ción. Lo úni­co que pi­do, lo úni­co que bus­co es vi­vir en la ca­sa del Se­ñor to­da mi vi­da” ( Sal. 26).

Y, pa­ra vi­vir en la ca­sa del Se­ñor eter­na­men­te, es ne­ce­sa­rio co­men­zar a vi­vir en su ca­sa aquí en la tie­rra. Y eso sig­ni­fi­ca vi­vir en su Vo­lun­tad siem­pre y en to­do mo­men­to. Que así sea.

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