INÉS BER­TON

Break - - Tastevin - Por Fer­nan­do Go­mez Dos­se­na. Fotos: Agus­tín Ci­ga­ra.

El té es to­do en su vi­da. Y no es una exa­ge­ra­ción. Es pla­cer, es tra­ba­jo, es com­pa­ñía y has­ta se con­vier­te en me­di­ci­na cuan­do se sien­te mal. Esa pasión que sien­te por la be­bi­da mi­le­na­ria, Inés su­po con­ver­tir­la en éxi­to a tra­vés de Tea­lo­sophy. La his­to­ria de su re­la­ción tan par­ti­cu­lar con el té co­men­zó a sus 22 años. Por ese en­ton­ces Inés tra­ba­ja­ba en Nue­va York en el MOMA co­mo una “che pi­ba”, le apa­sio­na­ba el ar­te y no se veía desem­pe­ñán­do­se en otro ám­bi­to. “Me fui de via­je por una se­ma­na, pe­ro yo que­ría que­dar­me allá a cual­quier pre­cio. En­con­tré ese tra­ba­jo en el mu­seo. De­ba­jo del edi­fi­cio ha­bía un local de té al que iba co­mo clien­ta y ar­ma­ba mis pro­pios blends pa­ra lle­var­me a casa. Lo lo­co era que to­dos los que es­ta­ban en la fi­la pe­dían los mis­mos que yo, ¡y les au­men­té mu­chí­si­mo la fac­tu­ra­ción!”, re­cuer­da. Un día la due­ña le pro­pu­so su­mar­se al ne­go­cio, sin du­dar­lo cam­bió de ofi­cio y em­pe­zó a po­ner ma­nos a la obra en ese uni­ver­so ol­fa­ti­vo.

-¿Exis­te to­da­vía el local?

-Sí, pe­ro se mu­dó. Re­cuer­do que cuan­do lo co­no­cí me di cuen­ta de que ese era mi lu­gar en el mun­do. Yo soy muy tran­qui­la y en Nue­va York to­do el mun­do siem­pre an­da co­rrien­do, sen­tía que no per­te­ne­cía has­ta que co­no­cí esa casa de té. Es un es­pa­cio que tie­ne que ver con mi for­ma de ser: cul­ti­va esa fu­sión de Orien­te y Oc­ci­den­te que me iden­ti­fi­ca. Ese día lla­mé a mi pa­dre y le di­je: “Lar­gué el mu­seo, aho­ra voy a ha­cer té” y el po­bre me con­tes­tó: “¿Un test vo­ca­cio­nal?”. “No, no. Té pa­ra to­mar”. Se que­dó pas­ma­do. Yo só­lo lla­mé pa­ra co­mu­ni­car, no pa­ra pe­dir per­mi­so. Es­ta­ba con­ven­ci­da de lo que que­ría.

-¿Re­cién ahí to­mas­te con­cien­cia de que eso po­día ser un tra­ba­jo?

-No. Mu­chas co­sas no fue­ron tan pre­me­di­ta­das ni con tan­to glam. Al prin­ci­pio me lla­ma­ron pa­ra ir a tra­ba­jar atrás del mos­tra­dor, pe­ro pa­ra mí el agre­gar va­lor es una con­di­ción en to­do lo que ha­go. Así que co­mo te­nía 22 años y que­ría ir a to­das las fies­tas de los Ham­ptons desa­rro­llé unos al­mí­ba­res de té que iban per­fec­tos co­mo ingredientes pa­ra tra­gos. Se pu­sie­ron de mo­da y de gol­pe era la invitada a to­das las me­jo­res ba­rras neo­yor­ki­nas. Mi em­pre­sa no na­ció co­mo un ne­go­cio, na­ció mo­to­ri­za­da por­que que­ría ir a fies­tas (ri­sas).

-¿Ya te­nías la na­riz en­tre­na­da?

-Em­pe­cé a es­tu­diar pa­ra per­fu­mis­ta en el sur de Fran­cia. A mí gus­ta­ba el ar­te, siem­pre pin­té, di­bu­jé, es­cri­bí, ar­mé sketch­boo­king, es­tu­dia­ba tam­bién es­cul­tu­ra y de re­pen­te en el té vi to­do. Fue mi ma­ne­ra de ex­pre­sar mi ar­te a tra­vés de al­go que no sea un lien­zo o un pa­pel.

-¿To­más té des­de siem­pre?

-No, yo de chi­ca to­ma­ba Nes­quik en va­so de vi­drio, con gru­mos y cu­cha­ri­ta. Me en­can­ta el té y siem­pre tu­ve mu­cha his­to­ria con los per­fu­mes. O sea, me acuer­do que mi tía abue­la aga­rra­ba un re­pa­sa­dor y po­nía en el me­dio ho­jas de eu­ca­lip­tus y al­gu­na cas­ca­ri­ta, lo ce­rra­ba y apo­ya­ba la pa­va. Y a mí, ese per­fu­me y el de las tos­ta­das me re­mi­te al ho­gar. Siem­pre es­tu­ve co­nec­ta­da con los sen­ti­dos y la per­cep­ción.

-¿Có­mo lo­gras­te que el té se trans­for­me en al­go co­ol?

-To­do lo que te ha­ga bien es lo más co­ol del mun­do. El té es el se­gun­do pro­duc­to más con­su­mi­do des­pués del agua. Pe­ro pa­ra mí el té no es una be­bi­da pa­ra cuan­do me due­le la pan­za o la gar­gan­ta. Una te­te­ra pan­zo­na y humean­te es una gran com­pa­ñía. Com­par­tir una ta­za de té con una ami­ga, con un ami­go, con mi ma­dre es un buen me­dio.

- ¿Có­mo es tu tra­ba­jo? ¿ Exis­te la ru­ti­na?

-Es to­do lo que te ima­gi­nes me­nos ru­ti­na­rio. To­da la vi­da di­je: “Lo úni­co que pue­de lle­gar a deprimirme mu­cho es la ru­ti­na”. Y tra­te de ac­tuar en con­se­cuen­cia. Mu­chas ve­ces me di­cen que en­vi­dian mi tra­ba­jo y que ten­go suer­te, pe­ro yo creé mi vi­da pa­ra que sea lo que a mí me gusta. Por ejem­plo, a mí me en­can­ta tra­ba­jar en lu­ga­res lin­dos y en­tro a mi local y sien­to que es­toy en Dis­ney.

-¿Te can­sás de via­jar?

-Yo amo via­jar. Amo la na­tu­ra­le­za, ne­ce­si­to clo­ro­fi­la pa­ra es­tar fe­liz. Ha­go lo que dis­fru­to e in­vi­to a la gen­te a com­par­tir mi sueño y que lo ha­gan su­yo tam­bién. Yo es­toy con­ven­ci­da de que mi mi­sión en el mun­do es ins­pi-

“LO ÚNI­CO QUE PUE­DE DEPRIMIRME MU­CHO ES LA RU­TI­NA”

rar­me pa­ra ins­pi­rar a otros.

-¿Qué ha­cés du­ran­te los vue­los?

-Du­ran­te años tu­ve pá­ni­co a los avio­nes por­que tu­ve un te­ma muy fuer­te con un avión.

-¿Tu­vis­te un ac­ci­den­te?

-No, fue más heavy to­da­vía. Yo al­qui­la­ba una casa en una pla­ya en Nue­va York en don­de se ca­yó un avión. Me aga­rró un trau­ma es­pan­to­so, ca­si pier­do mi tra­ba­jo. De he­cho, por ejem­plo, subía una se­ño­ra con ta­cos al­tos al avión y yo me vol­vía lo­ca por­que pen­sa­ba que iba a agu­je­rear el pi­so. En­ton­ces, em­pe­cé a en­ten­der que el mie­do es la ilu­sión de al­go que no pa­só. Co­men­cé a tra­tar­lo y se me fue por com­ple­to. Hoy vo­lar es mi spa, veo mu­chas pe­lí­cu­las y es­cri­bo. Es más, me lle­vo mi pro­pio té pa­ra que me acom­pa­ñe.

-¿Lo em­pre­sa­rial te gusta?

-Ce­ro. Me abu­rre enor­me­men­te.

-¿Y có­mo ha­cés?

-Hay una co­sa que ten­go cla­ra: que vos seas buena en al­go no quie­re de­cir que te ten­ga que gus­tar. En­ton­ces, yo creo que soy buena em­pre­sa­ria. De he­cho, es­toy no­mi­na­da aho­ra al Pre­mio Ko­nex co­mo Em­pre­sa­ria de la Dé­ca­da, soy la úni­ca mu­jer en­tre 10 va­ro­nes. Cla­ra­men­te hay mu­cha gen­te que lo ha­ce me­jor que yo, por eso mi sueño es ser la Di­rec­to­ra Crea­ti­va de mi mar­ca y apar­tar­me de las pla­ni­llas de Ex­cel.

-¿Qué co­sas ha­cés, ade­más del tra­ba­jo, que te dan mu­cho pla­cer?

-Ha­go ar­que­ría.

-¿Có­mo lle­gas­te a esa ac vi­dad?

-Me re­co­men­da­ron un li­bro que ex­pli­ca­ba la di­fe­ren­cia en­tre sol­tar y de­jar ir. En un frag­men­to ex­pli­ca­ba el tra­ba­jo de po­ner el fo­co en al­go y men­cio­na­ba las re­glas bá­si­cas de la ar­que­ría que son: no men­te, no mie­do, no ego. Y em­pe­cé a lle­var ese man­tra a la prác­ti­ca. Tam­bién me gusta la mú­si­ca. En mi casa siem­pre hay mú­si­ca, ten­go ami­gos que se de­di­can a eso y ha­ce­mos en ve­rano pic­nics al ai­re li­bre y en in­vierno pren­de­mos la chi­me­nea y comemos fon­due. Via­jar con mis so­bri­nos me apa­sio­na, son la luz de mis ojos.

-¿En tan­tos via­jes que hi­cis­te ya en­con­tras­te tu lu­gar en el mun­do?

-Sí. Es Men­do­za, un si­tio que ado­ro.

-¿Qué te gusta de esa pro­vin­cia?

-En un mo­men­to di­fí­cil de mi vi­da fue un lu­gar en el que en­con­tré mu­cha buena ener­gía. Tam­bién me en­can­ta un ho­te­li­to en Pun­ta del Es­te que se lla­ma L’au­ber­ge, ahí sue­lo es­ca­par­me a ins­pi­rar­me. Es­te año co­no­cí Ibi­za y me fas­ci­nó, así co­mo As­ni en las mon­ta­ñas de Ma­rrue­cos.

-¿Có­mo te ins­pi­rás?

-A ve­ces la gen­te cree que me ins­pi­ro so­lo con los mo­nos en el Hi­ma­la­ya, pe­ro me ins­pi­ro mu­cho más con lo co­ti­diano. Me acuer­do que un día en­tré a mi casa y ha­bía una tar­ta ta­tin de pe­ras y ca­ne­la, y así se me ocu­rre un blend. El más ven­di­do de la mar­ca.

-¿Có­mo te cae el pa­so del em­po?

-Sú­per.

-¿Por qué?

- Creo que me cae muy bien por­que hon­ro la vi­da y ven­go bai­lán­do­le a la Lu­na bien. En los mo­men­tos di­fí­ci­les tam­bién creo que el se­cre­to es ani­mar­se. Uno tie­ne la res­pon­sa­bi­li­dad de ser fe­liz. Si una eli­je, por más que eli­jas mal y te equi­vo­ques un mi­llón de ve­ces, hay que pro­bar­lo por­que es ge­nuino.

-Es­tu­vis­te mu­cho em­po ca­sa­da, ¿te­nés ga­nas de vol­ver a enamo­rar­te?

- Siem­pre ten­go ga­nas de vol­ver a enamo­rar­me. Es­tu­ve mu­chos años ca­sa­da con una muy buena per­so­na, Ro­dri­go ( To­so, chef). Nos tu­vi­mos un ca­ri­ño en­tra­ña­ble y nos se­pa­ra­mos. Fue do­lo­ro­so co­mo to­das las se­pa­ra­cio­nes, pe­ro co­mo di­ce Mu­ra­ka­mi: “El do­lor es inevi­ta­ble, el su­fri­mien­to es op­cio­nal”. Ne­ce­si­té ha­bi­tar ese do­lor pa­ra pa­sar­lo y no lle­nar­lo de rui­do, ni de des­con­trol. Aho­ra es­toy muy bien, en un muy buen mo­men­to.

-¿Qué sue­ños te que­dan aún por cum­plir

-Ufff, sue­ños… creo que siem­pre so­ñé a lo gran­de y, la ver­dad, que si­go so­ñan­do a lo gran­de. Yo creo que hoy va­mos rum­bo a ser una com­pa­ñía glo­bal y te­ne­mos to­do pa­ra ser­lo. Mi sueño es crear una em­pre­sa con épi­ca que va­ya mu­cho más allá del ne­go­cio.

-¿Y en lo per­so­nal?

-Por su­pues­to que sueño con com­par­tir la vi­da. Eso me pa­re­ce vi­tal. Creo mu­cho más y es­toy con­ven­ci­da de que hay que cam­biar el ver­bo com­pe­tir por com­par­tir. Creo que si lo ha­ce­mos to­dos va­mos a lle­gar mu­cho más le­jos y mu­cho me­jor. Es­toy con­ven­ci­da. ❖

Pa­ra mí el té no es una be­bi­da pa­ra cuan­do me due­le la pan­za o la gar­gan­ta. Una te­te­ra pan­zo­na y humean­te es una gran com­pa­ñía.

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