ANA ROSENFELD

“NI LO­CA COMPARTIRÍA LA CA­MA CON AL­GUIEN QUE ME FUE IN­FIEL”

Break - - ENTREVISTA - Por Fernando Go­mez Dos­se­na. Fo­tos: Jo­sé To­lo­mei.

Yo na­cí abo­ga­da, ten­go el tí­tu­lo des­de la cu­na”, ex­cla­ma Ana Rosenfeld bien sen­ta­da en su des­pa­cho. El mis­mo que desborda de fo­tos con fa­mo­sos y cua­dros en­mar­ca­dos con no­tas y ta­pas de re­vis­ta. “Me hu­bie­ra gus­ta­do te­ner el don pa­ra ser cantante, pe­ro no cual­quie­ra, sino Va­le­ria Lynch”, aco­ta de­jan­do en­tre­ver tam­bién su gus­to por la fa­ma. An­tes de la char­la eli­ge ha­cer las fo­tos en el “quin­cho” de su es­tu­dio. Con la mis­ma fa­ci­li­dad que una mo­de­lo po­sa en­tre má­qui­nas de es­cri­bir an­ti­guas, una mo­to vin­ta­ge, ador­nos vin­cu­la­dos a la jus­ti­cia y has­ta un tra­ga­mo­ne­das. Así de des­fa­cha­ta­da y se­gu­ra de sí mis­ma es Ana, que se mue­ve con la mis­ma na­tu­ra­li­dad y de­ter­mi­na­ción en la pan­ta­lla chi­ca co­mo en los Tri­bu­na­les. “Exis­to por culpa de los ma­ri­dos, por­que si ellos fue­ran sin­ce­ros y tu­vie­ran la valentía de en­fren­tar una se­pa­ra­ción co­mo co­rres­pon­de, no me ne­ce­si­ta­rían”, sen­ten­cia mien­tras fir­ma es­cri­tos, re­ci­be lla­ma­dos de­ses­pe­ra­dos de Lu­cia­na Sa­la­zar (una de sus clien­tas más po­pu­la­res) y bro­mea con su ma­ri­do que tra­ba­ja justo en el des­pa­cho con­ti­guo.

-¿Qué te apa­sio­na de tu tra­ba­jo?

-La jus­ti­cia y de­fen­der los de­re­chos de las mu­je­res, que con­si­de­ro que son realmente las más dé­bi­les en los trá­mi­tes de fa­mi­lia. Amo tra­ba­jar, mi ma­ri­do me pre­gun­ta cuán­do voy a re­ti­rar­me y yo es­toy se­gu­ra de que voy a lle­gar a mis úl­ti­mos días en ac­ción, ¡hay Ana Rosenfeld pa­ra ra­to!

-¿Có­mo te lle­vás con la fa­ma?

-Más que la fa­ma, que pue­de ser efí­me­ra, me gus­ta la po­pu­la­ri­dad que ad­qui­rí. La no­to en la ca­lle, la gen­te es muy ca­ri­ño­sa, me pi­de fo­tos, me aplau­de... La fa­ma no me la creo, ni ha­go un uso in­de­bi­do de la mis­ma pa­ra lo­grar al­go en la vi­da, no cha­peo. Soy una mu­jer nor­mal y así me mue­vo por la vi­da.

-Pe­ro, ¿có­mo la re­ci­ben sus co­le­gas?

-( Ri­sas). Pa­ra ellos es más di­fí­cil que pa­ra mí. Yo no lo vi­vo co­mo una car­ga, sino con na­tu­ra­li­dad. El abo­ga­do con­tra­rio, en cam­bio, se sien­te un po­co apo­ca­do y te­ner­me en­fren­te lo toma co­mo un desafío per­so­nal. Al­gu­nas abo­ga­das mu­je­res com­pi­ten con­mi­go; en cam­bio, los va­ro­nes me chi­ca­nean y has­ta lle­gan a de­cir­me co­sas co­mo: `Doc­to­ra, es­to no es la te­le­vi­sión´. -¿Y cuál es tu reac­ción? -Los mi­ro y les res­pon­do que manejo el Có­di­go Pro­ce­sal de ade­lan­te pa­ra atrás, así co­mo el nue­vo Có­di­go Ci­vil y Co­mer­cial. Co­sa que muy pocos sa­ben. Ten­go 44 años de abo­ga­da, por es­te es­tu­dio pa­só de to­do y ten­go una gran ex­pe­rien­cia de vi­da. Sen­té pre­ce­den­te. Po­drá ha­ber mejores abo­ga­das que yo, pe­ro nin­gu­na va a ser Ana Rosenfeld, por­que soy un com­bo ex­plo­si­vo.

-No pa­sás inad­ver da...

-No. A Tri­bu­na­les voy to­dos los días co­mo cual­quier abo­ga­da. Mi for­ma de ves­tir lla­ma la aten­ción pe­ro to­da mi vi­da use es­te ti­po de ro­pa; es más, des­de que soy más fa­mo­sa tra­té de apla­car­me un po­co pa­ra que no me in­di­vi­dua­li­cen. Igual­men­te aun­que lo quie­ra ha­cer no me sa­le (ri­sas).

-¿Siem­pre fuis­te co­que­ta?

-Des­de chi­qui­ti­ta, gas­to mu­cho en car­te­ras y za­pa­tos. Es de lo úni­co que no au­men­to de ta­lle, así que lo con­si­de­ro una in­ver­sión, no un gas­to. Y amo los per­fu­mes, si en­trás a mi ba­ño vas a ver que ten­go ca­si 400 fra­gan­cias.

-¿Te cui­dás mu­cho?

-Po­co, no me gus­tan las ci­ru­gías ni el Bo­tox. Me ha­go me­so­te­ra­pia y me ban­co las arru­gas y lí­neas de ex­pre­sión. No ha­go gim­na­sia por­que no me gus­ta y me en­can­ta­ría te­ner un lo­ma­zo de aque­llos pe­ro no na­cí pa­ra eso. En cues­tión de die­tas trato de re­cu­rrir a ré­gi­me­nes nu­tri­ti­vos y aho­ra apren­dí a to­mar al­go de al­cohol.

-¿Eras abs­te­mia?

-Só­lo me mo­ja­ba los la­bios en reunio­nes so­cia­les. Es­te año me ins­ta­lé to­do enero en Miami por­que es la ciu­dad en don­de vi­ve mi hi­ja con mi nie­ta y allá em­pe­cé a al­mor­zar y ce­nar con co­pas de Cham­pag­ne. Aho­ra me en­can­ta y es lo pri­me­ro que pi­do ape­nas me sien­to en un res­tau­ran­te.

-¿Sen s que en tu ca­rre­ra te fue más di cil por ser mu­jer?

-Yo su­pe­ré to­dos los obs­tácu­los que apa­re­cie­ron y abrí to­das las puer­tas que pu­de. No le tu­ve mie­do a en­fren­tar a la so­cie­dad ma­chis­ta, la no­to, la veo, la sien­to, pe­ro no me ame­dren­tó pa­ra na­da, to­do lo con­tra­rio, me po­ten­ció. Yo sé que ten­go una per­so­na­li­dad que im­pac­ta y eso al hom­bre lo aco­bar­da. Mu­chas mu­je­res y hom­bres se vis­ten de abo­ga­dos por­que ne­ce­si­tan ha­cer­lo pa­ra po­der en­fren­tar su pro­fe­sión, yo pue­do es­tar con jean y re­me­ra -no pa­sa nun­ca-

Es la abo­ga­da más me­diá­ti­ca del país, pe­ro de­trás de una pro­fe­sio­nal ava­sa­llan­te, exis­te una mu­jer ro­mán­ti­ca y apa­sio­na­da por su rol de abue­la. Via­jes de pla­cer, per­fu­mes y res­pe­to por el cul­to ju­dío son par­te del la­do B de la doc­to­ra co­no­ci­da co­mo “el te­rror de los ma­ri­dos”.

y ser la más bra­va de Tri­bu­na­les.

-¿Te con­si­de­rás fe­mi­nis­ta?

- Uh, te avi­so que yo no re­sis­to un ar­chi­vo. To­da mi vi­da di­je que yo era fe­me­ni­na y no fe­mi­nis­ta y es­te úl­ti­mo año me hi­cie­ron fi­nal­men­te en­ten­der que la per­so­na que de­fien­de los de­re­chos de la mu­jer por ca­rác­ter tran­si­ti­vo, es fe­mi­nis­ta. Así que lo soy, aun­que me asus­tan mu­cho los ex­tre­mos, no me gus­ta la ra­di­ca­li­dad en na­da. Me su­ble­vo contra lo que me im­pon­gan.

-¿Cuál es tu po­si­ción fren­te al abor­to?

-Es­toy a fa­vor de la des­pe­na­li­za­ción y de la le­ga­li­za­ción. Pa­ra mí son dos co­sas dis­tin­tas: des­pe­na­li­zar sig­ni­fi­ca que el mé­di­co y la clí­ni­ca pue­dan per­fec­ta­men­te prac­ti­car un abor­to; le­ga­li­zar, en cam­bio, es un de­re­cho pa­ra la mu­jer.

-¿Qué ha­cés más allá de tu tra­ba­jo?

-Me gus­ta via­jar o es­ca­par­me al río. La navegación es her­mo­sa y via­jar es lo más lin­do que me pa­só en la vi­da, in­de­pen­dien­te­men­te del gas­to que uno afron­te, co­no­cer el mun­do me lle­na de fe­li­ci­dad. Y mi gran pa­sión es ser abue­la.

-¿Qué lu­ga­res te cau va­ron?

-Mi lu­gar en el mun­do es Ca­pri, el día que no me en­cuen­tren voy a es­tar des­can­sa­do allá. Hay tres si­tios que co­no­cí y me lle­na­ron de ener­gía: Ma­chu Pic­chu, El Mu­ro de los la­men­tos en Is­rael y el Taj Mahal.

-¿Qué ene Ca­pri que te enamo­ra?

-Co­lor y aro­ma. No tie­ne pla­ya de are­nas, sino de pie­dras, pe­ro sor­pren­de con pai­sa­jes di­vi­nos. Lle­go allá y me trans­for­mo.

-¿Cuá­les son tus pla­ce­res más co dia­nos?

-Sa­lir de com­pras no por­que no ten­go tiem­po. Cuan­do lle­go a mi casa lo úni­co que quie­ro es es­tar ti­ra­da en mi ca­ma, pren­der la te­le­vi­sión y mi­rar lo que hay. No ha­go zap­ping.

-¿Qué mi­rás?

-Se­ries ti­po La ley y el or­den, CSI Miami... Amo la tec­no­lo­gía que tie­nen pa­ra la in­ves­ti­ga­ción.

-¿Qué ac vi­da­des pla­neás pa­ra un n de se­ma­na?

-Si el día es­tá lin­do me voy al río. Se ne­ce­si­ta mu­cha agua pa­ra apa­gar tan­to fue­go. Me en­can­ta ir­me los vier­nes y sá­ba­dos, el agua me da paz. No sue­lo sa­lir ni ha­go de­ma­sia­da vi­da so­cial. An­tes veía mu­cho cine, pe­ro aho­ra la te­le lo su­plió.

-Lle­vás 33 años de ca­sa­da con tu se­gun­do ma­ri­do con el que tam­bién com­par­ten tra­ba­jo, ¿por qué creés que fun­cio­na la pa­re­ja?

-Te­ne­mos un amor in­tac­to y res­pe­to mu­tuo, ade­más so­mos re com­pa­ñe­ros, él me ban­ca en to­dos los qui­lom­bos que ha­go y en los que me me­to. Yo ten­go la piel du­ra, pe­ro pa­ra la gen­te de mi al­re­de­dor es di­fí­cil ban­car­se có­mo hablan mal de mí. Mu­chos usan la red so­cial co­mo una red cloa­cal y eso ya lo apren­dí, la mi­tad me quie­re y la otra mi­tad no. Y cual­quier co­sa que me mo­les­te me di­ri­jo a la Jus­ti­cia.

-¿Per­do­na­rías una in de­li­dad?

-No, ni ahí. Ha­ce­te la va­li­ja y an­da­te, ni lo­ca dor­mi­ría en la ca­ma con al­guien que me fue in­fiel. Si me me­te los cuer­nos es por­que no le es­toy dan­do lo que quie­re, así que se las to­me y me de­je en paz. La trai­ción me pa­re­ce un ac­to de ma­la fe en to­dos los ám­bi­tos.

-¿Sos cre­yen­te?

-Sí, soy muy res­pe­tuo­sa de Dios y muy tra­di­cio­na­lis­ta de la re­li­gión ju­día. Par­ti­ci­po de las fies­tas re­li­gio­sas, en mi casa co­me­mos co­mi­da kos­her y no con­su­mo cer­do, y pa­ra las ce­le­bra­cio­nes co­cino siem­pre pla­tos tí­pi­cos.

- En me­dio de tan­ta de­ter­mi­na­ción y es­pí­ri­tu ava­sa­llan­te, ¿exis­te el cos­ta­do ro­mán co de la Dra. Rosenfeld?

-Soy sú­per ro­mán­ti­ca. Me enamoran la mú­si­ca, las can­cio­nes de amor, los pai­sa­jes, la bar­ba de mi ma­ri­do... Soy una mu­jer enamo­ra­di­za.

-Con tan­tos lo­gros... ¿te­nés sueños por cumplir?

-(Pien­sa). Qui­sie­ra ser la Om­buds­man de la Jus­ti­cia por­que hay mu­chí­si­ma in­jus­ti­cia en Tri­bu­na­les. Me en­can­ta­ría re­co­rrer los juz­ga­dos y ha­cer con­trol de ca­li­dad. Ten­go mu­cho más de lo que ima­gi­né, pe­ro no me re­signo a que el mun­do no pue­da ser un po­co más justo pa­ra to­dos. ❖

El agua me ba­ja a tie­rra, me en­can­ta na­ve­gar. Se ne­ce­si­ta mu­cha agua pa­ra apa­gar tan­to fue­go. Me enamoran la mú­si­ca, las can­cio­nes de amor, los pai­sa­jes, la bar­ba de mi­ma­ri­do, cuan­do se la cor­ta co­mo a mí me gus­ta... Soy una mu­jer enamo­ra­di­za.

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