“NO SOY NOS­TÁL­GI­CO. AL PA­SA­DO SIEM­PRE LO CONVIERTO EN CO­ME­DIA”

Se for­mó y tra­ba­jó con va­rias gu­ras del me­dio. Ha­ce po­co, su­peró un du­ro tran­ce: un cán­cer de gar­gan­ta que ca­si lo de­ja sin voz. Ins­ta­la­dí­si­mo en ra­dio y con amante li­bro pro­pio, ha­bla de sus pa­sio­nes, sus vi­cios y fo­bias y de por qué aban­do­nó ha­ce rato

Break - - Ronnie Arias - Por Pa­blo Stein­mann. Fotos: Jo­sé To­lo­mei.

Le gus­ta de­cir que su ca­sa de Vi­lla del Par­que fue “co­mo la de Ber­nar­da Al­ba”, re­ple­ta de mu­je­res: su ma­dre, su tía, su abue­la y sus cua­tro her­ma­nas. Su pa­dre bio­ló­gi­co fa­lle­ció cuan­do él te­nía 4 años y cuan­do iba a cum­plir 8 lle­gó su “pa­pá del co­ra­zón, el que nos eli­gió cuan­do éra­mos una fa­mi­lia com­pues­ta por cin­co críos y una ma­dre viu­da”, re­la­ta. De ese ho­gar par­tió a sus jo­ven­cí­si­mos 16, pa­ra em­pe­zar co­no­cer el mun­do por las su­yas. Via­jó, hi­zo el Ser­vi­cio Mi­li­tar, vi­vió en Nue­va York, en Ma­drid y a su re­gre­só co­men­zó a cons­truir una irre­fre­na­ble ca­rre­ra en los me­dios que ya lle­va ca­si cua­tro dé­ca­das. Y con­tan­do. Tra­ba­jó con gran­des fi­gu­ras (des­de Su­sa­na Gi­mé­nez has­ta Cris Mo­re­na, pa­san­do por Fernando Pe­ña y Juan Cas­tro) y hoy es líder en ra­dio con su pro­gra­ma Sa­ra­sa, en La 100. Au­sen­te (por el mo­men­to) de la te­le­vi­sión, Ronnie ter­mi­nó de edi­tar su pri­mer li­bro, “Fa­ma” (Pla­ne­ta), al que de­fi­ne co­mo una suer­te de “cof­fee ta­ble book con fan­zi­ne punk” y en el que re­pa­sa su his­to­ria y tam­bién los te­mas que más lo ob­se­sio­nan de la cul­tu­ra pop: la música, el ar­te, el ci­ne, la te­le y to­do el un­der por­te­ño de los ‘80 que co­no­ció de pri­me­ra mano. “En tiem­pos don­de to­do se vol­vió un fil­tro de Ins­ta­gram que­ría reivin­di­car los for­ma­tos de aque­llos años. Si te fi­jás, to­dos los co­lla­ges que tie­ne el li­bro fue­ron he­chos a mano, re­cor­tan­do y pe­gan­do fo­to por fo­to. Así lo ha­bía so­ña­do y así lo hi­ce, con un ‘look and feel’ bien de esa épo­ca. Hay in­clu­so re­fe­ren­cias a las re­vis­tas porno de los años ‘70, una lo­cu­ra”, co­men­ta.

-¿Tu ca­rre­ra no em­pe­zó ahí, en una re­vis­ta por­no­grá ca?

-No, era una re­vis­ta de ar­te, lo que pa­sa es que se lla­ma­ba Ve­nus y por eso mu­chos creen que era porno. Ahí hi­ce una en­tre­vis­ta a Luis Alberto Spi­net­ta que tiem­po des­pués él me di­jo que ha­bía si­do la más lin­da de to­da su ca­rre­ra. Tam­bién ahí co­men­cé a sa­car fotos, so­bre to­do cuan­do me fui a Nue­va York y ne­ce­si­ta­ba el so­por­te fo­to­grá­fi­co de las no­tas que man­da­ba. Me acuer­do que mi seu­dó­ni­mo allá era Iván Tram­pa, un ho­me­na­je a la en­ton­ces es­can­da­lo­sa se­pa­ra­ción, cuernos me­dian­te, de Iva­na y Do­nald Trump. Co­mo ve­rás, to­do vuel­ve en es­ta vi­da… (ríe). La idea en ese mo­men­to era ha­cer las cró­ni­cas de un ma­ri­cón en Nue­va York, era muy di­ver­ti­do pa­ra la épo­ca.

-¿Y trans­gre­sor?

-Nooo, esa pa­la­bra por fa­vor no, que en­se­gui­da me re­mi­te a Ma­rio Per­go­li­ni, que a es­ta al­tu­ra es co­mo una se­ño­ra vie­ja… (ríe).

-¿Por qué de­ci­dis­te vol­ver de Nue­va York en aquel mo­men­to?

-Por­que me ha­bía gas­ta­do to­da la pla­ta y, so­bre to­do, por­que

te­nía que re­cu­pe­rar­me de la dro­ga. Me vengo a Bue­nos Ai­res a lim­piar­me y a em­pe­zar de nue­vo. Ape­nas lle­gué co­no­cí a Be­be San­zo, que leía mis no­tas en esa re­vis­ta y me lle­vó a la­bu­rar a ra­dio Energy. Ahí arran­có to­do.

-¿Sos nos­tál­gi­co? ¿Te gus­ta re­vi­sar el pa­sa­do?

-No, siem­pre pre­fie­ro mi­rar ha­cia de­lan­te. Por su­pues­to que pue­do re­cor­dar anéc­do­tas y de­más pe­ro en ge­ne­ral no le en­cuen­tro sen­ti­do a la nos­tal­gia. Lo vi­vi­do ya es­tá. Tra­to de con­ver­tir el pa­sa­do en co­me­dia, siem­pre. Me sucedió in­clu­so con el cán­cer ( N de la R: se re­fie­re al cán­cer de gar­gan­ta que le des­cu­brie­ron en 2013 y que tar­dó, tra­ta­mien­to de ra­yos me­dian­te, más de tres años en su­pe­rar): al po­co tiem­po de que me lo diag­nos­ti­ca­ron em­pe­cé a bus­car­le el cos­ta­do gra­cio­so. Me pa­re­ce que esa la úni­ca for­ma de so­bre­vi­vir en es­te mun­do.

-¿No tu­vis­te en nin­gún mo­men­to mie­do a la muer­te?

-No, en un mo­men­to me asus­té mu­cho pe­ro por­que creía que me iba a que­dar mu­do. Lo pri­me­ro que pen­sé fue: “co­mo mimo soy fa­tal, así que ten­go que in­ven­tar otra sa­li­da…” (ríe). La gé­ne­sis del li­bro tam­bién tie­ne que ver con ese pro­ce­so.

-Y res­pec­to al pre­sen­te, ¿có­mo te re­la­cio­nás con es­te mun­do tan rá­pi­do, vir­tual y re­ple­to de cam­bios cons­tan­tes?

-Mi­rá, des­de que na­cí, en los años ’60, el mun­do no pa­ra de cam­biar com­pul­si­va­men­te. Yo sien­to que soy un bi­cho de adap­ta­ción. Y de su­per­vi­ven­cia. Apren­do to­do el tiem­po. Hoy, por ejem­plo, las re­des so­cia­les me ha­cen su­frir co­mo lo­co, me de­ses­pe­ro tra­tan­do de des­cu­lar su fa­mo­so algoritmo y no lo lo­gro. Pe­ro me gus­ta ser así, soy co­mo una sú­per es­pon­ja, un Bob Es­pon­ja a la po­ten­cia. Y lo que ab­sor­bo lo vo­mi­to, no me que­do con las co­sas, las li­be­ro.

-¿Tie­ne cos­tos eso?

-Sí, cla­ro. Por eso tra­to de apren­der a ca­llar­me en cier­tos mo­men­tos. En al­gún pun­to, creo que lo que me pa­só con la voz y la gar­gan­ta fue por ha­blar de más. No por ca­llar. Sue­lo bo­quear de­ma­sia­do, en to­dos mis tra­ba­jos me re­ta­ron por eso. Hoy en la ra­dio me lo di­cen to­do el tiem­po: “¡no te pe­lees con los oyen­tes!”. Soy muy ca­brón.

La pa­ter­ni­dad fue un de­seo mío por mu­cho tiem­po pe­ro Pa­blo nun­ca qui­so. Y aho­ra ya es­ta­mos gran­des… A mis 56 años ya se­ría más abue­lo que otra co­sa.

-En ra­dio tra­ba­jas­te bas­tan­te con Fernando Pe­ña, ¿có­mo te lle­va­bas con él?

-Con Fernando éra­mos co­mo her­ma­nos así que ahí es­tá la res­pues­ta. ¿Có­mo es la re­la­ción en­tre her­ma­nos? Her­mo­sa pe­ro tam­bién a las pa­ta­das. Fer era un ti­po sú­per com­pe­ti­ti­vo, una vez di­jo que me odia­ba, pe­ro por­que ya no tra­ba­ja­ba con él. Nos que­ría­mos mu­cho. Y tam­bién era un ti­po bas­tan­te jo­di­do. Yo era un adic­to re­cu­pe­ra­do y él me lle­va­ba dea­lers a ca­sa, ima­gi­na­te… Le gus­ta­ba eso, ca­mi­nar por la cornisa más fi­ni­ta del mun­do.

-¿Juan Cas­tro tam­bién era así?

-No, Juan era una po­bre al­mi­ta, un ti­po muy so­lo, ca­si des­pro­te­gi­do. Era real­men­te un adic­to, lo de Fernando era más bien una adic­ción social, en cam­bio Juan ta­pa­ba con la dro­ga un su­fri­mien­to mu­cho más pro­fun­do.

-¿Te ge­ne­ró cul­pa no po­der re­ver r esa si­tua­ción co­mo ami­go?

-No, por­que hi­ce to­do lo po­si­ble pa­ra res­ca­tar­lo. Yo fui uno de los pri­me­ros en de­cir­le: “Juan, cor­ta­la, ya pa­sa­mos los 30”. Pe­ro él era muy au­to­des­truc­ti­vo, bus­ca­ba en­ce­rrar­se to­do el tiem­po. Era un cor­de­ro so­li­ta­rio.

-¿Vos tu­vis­te mie­do a la so­le­dad al­gu­na vez?

-No, ja­más. Hoy en día mi vi­da es­tá le­jos de ser so­li­ta­ria. Ten­go a Pa­blo, a mis ami­gos, mi fa­mi­lia, mis pe­rros… Ten­go un lin­do baile en ca­sa.

-¿Ami­gos del me­dio te­nés?

-No. Me lle­vo bien con mu­cha gen­te pe­ro mis ami­gos son to­dos de la vi­da. ¿Enemi­gos? Al­guno que otro de­bo te­ner. Pe­ro no creo que de­ma­sia­dos.

-¿Con Pa­blo ha­ce cuan­to es­tán jun­tos?

-Se van a cum­plir 25 años ya, con un par de paréntesis en el me­dio, cla­ro. Pe­ro nos he­mos acom­pa­ña­do en to­do. En es­ta úl­ti­ma eta­pa de cán­cer él fue fun­da­men­tal.

-¿Por qué no se ca­sa­ron?

-No se dio. Es­ta­mos com­pro­me­ti­dos y to­do pe­ro aún no lle­gó el mo­men­to in­di­ca­do. A mí me da me­dio ver­güen­za dar el sí sa­bien­do que afue­ra es­pe­ran las cá­ma­ras de Crónica. Qui­zá lo ha­ga­mos en se­cre­to en Uru­guay al­gu­na vez.

-¿Pen­sa­ron en te­ner hi­jos?

-Fue un de­seo mío por mu­cho tiem­po, pe­ro Pa­blo nun­ca qui­so. Y aho­ra ya es­ta­mos gran­des… A mis 56 años ya se­ría más abue­lo que otra co­sa. Ya es­tá. En to­do ca­so me hu­bie­se gus­ta­do ver cre­cer a mis hi­jos, aho­ra eso no se­ría po­si­ble. Lo que pa­sa es que en el mo­men­to que em­pe­za­mos a sa­lir con Pa­blo no exis­tía el ni­vel de aper­tu­ra men­tal que hay hoy con es­tos te­mas.

-Hoy po­drías ape­lar a la su­bro­ga­ción de vien­tre co­mo Fla­vio Men­do­za o Mar­ley…

-¡Yo no ten­go esa pla­ta! Soy un hu­mil­de tra­ba­ja­dor… Fue­ra de bro­ma, ¿sa­bés lo que cues­ta la su­bro­ga­ción de vien­tre? Mi­les y mi­les de dó­la­res. A mí me hu­bie­se gus­ta­do adop­tar, pe­ro eso si­gue sien­do muy di­fí­cil acá.

-¿Te mo­les­ta no es­tar tra­ba­jan­do hoy en la te­le­vi­sión?

-Me en­can­ta­ría es­tar, pe­ro en un pro­gra­ma di­ver­ti­do, in­te­li­gen­te… Hoy la te­le es­tá muy be­rre­ta. El pa­ne­lis­mo se con­vir­tió en ley…. Lo úni­co po­si­ti­vo que veo en los me­dios tra­di­cio­na­les de hoy es que la cri­sis es ab­so­lu­ta. Y esas si­tua­cio­nes siem­pre te obli­gan a pen­sar, a ser crea­ti­vo. Pe­ro pa­ra eso fal­ta. De la te­le ac­tual veo muy po­cas co­sas. Me gus­ta el pro­gra­ma de Be­to Ca­se­lla, y veo ca­si to­dos los no­ti­cie­ros que hay. Soy co­mo Per­fil, me gus­ta “ca­mi­nar por el me­dio”. In­tra­ta­bles lo veo ca­da tan­to pe­ro siem­pre ter­mino sin­tien­do que es co­mo el de­ba­te de Gran Her­mano, in­con­du­cen­te por don­de lo mi­res. Tam­po­co hay fic­cio­nes que me en­gan­chen de­ma­sia­do, la úl­ti­ma fue Graduados.

-¿Sos de dar­te to­dos los gus­tos que que­rés?

-Sí. Des­de la he­ca­tom­be del dó­lar via­jo mu­cho me­nos, pe­ro me en­can­ta via­jar, com­prar ro­pa, li­bros… ¡Y vi­ni­los! A los 16 años lo úni­co que me lle­vé de ca­sa, ade­más de dos tra­pos lo­cos, fue mi co­lec­ción de vi­ni­los. Hoy ten­go de to­do en ese for­ma­to, des­de los Beatles a Ra­fae­lla Ca­rrá, pa­san­do por Kraft­werk, Li­za Minelli y Va­le­ria Lynch. Tam­bién ten­go va­rios dis­cos de la épo­ca en que mi vie­jo te­nía una boi­te en San Isidro. ¡Eran los años 70 y la gen­te bai­la­ba co­sas muy bi­za­rras! Ha­bía una ban­da es­pa­ño­la, Ba­rra­bás, que ha­cía funk en in­glés. Muy ge­nial.

-¿Sos me­di­do con el di­ne­ro?

-Sí, muy me­di­do. Es­tu­ve en pa­re­ja va­rios años con un tur­co se­fa­ra­dí que me en­se­ñó to­do so­bre el aho­rro. Mis pri­me­ras va­ca­cio­nes, ya co­mo una “joven es­tre­lla de la ra­dio­fo­nía”, me las to­mé des­pués de ha­ber aho­rra­do en bo­te­llas de ga­seo­sas que se­lla­ba y guar­da­ba. Te lo ju­ro. Hoy eso se­ría im­po­si­ble, ter­mi­na­ría usan­do esas bo­te­llas só­lo co­mo pe­sas pa­ra ti­rar­me al río…

-¿Por qué te fuis­te a la cos­ta uru­gua­ya a com­prar­te tu cam­pi­to?

-Por­que era más ba­ra­to. ¡Ves que soy muy me­di­do! Bus­qué bas­tan­te por to­da la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res pe­ro la di­fe­ren­cia con Uru­guay era abis­mal.

-Es ra­ro ima­gi­nar­te ahí, en el me­dio del cam­po y sin ciu­dad gran­de a la vis­ta…

-No tan­to eh… Yo te­nía dos an­he­los de chi­co: ser una sú­per es­tre­lla de los me­dios o un maes­tro de escuela ru­ral. En esa con­tra­dic­ción es­tá con­den­sa­da to­da mi vi­da ❖

Creo que lo que me pa­só con la voz y la gar­gan­ta fue por ha­blar de más. No por ca­llar. Sue­lo bo­quear de­ma­sia­do, en to­dos mis tra­ba­jos me re­ta­ron por eso.

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