En­tre­vis­ta II: Ligia Piro /

Break - - Portada - Por Pa­blo Stein­mann. Fo­tos: Jo­sé To­lo­mei.

En Ja­pón se edi­ta­ron va­rios de sus dis­cos, pe­ro ella aún no pu­do pal­par in si­tu la de­vo­ción de sus fans ni­po­nes. Su pá­ni­co a volar, en­tre otras co­sas, la con­vir­tió en una via­je­ra hi­per se­lec­ti­va. “Su­fro mu­chí­si­mo en los avio­nes. Des­de que des­cu­brí las pas­ti­llas tran­qui­li­zan­tes pue­do lle­gar a via­jar me­jor, pe­ro la ver­dad es que si pue­do evi­tar los avio­nes, los evi­to”, con­fie­sa. Nue­va York sí fi­gu­ra en­tre sus des­ti­nos más fre­cuen­tes, por una cuestión ca­si ob­via (¿quién no ama esa ciu­dad?) y tam­bién por­que su ma­ri­do, el mú­si­co, em­pre­sa­rio y “run­ner con­ver­so”, Da­vid Li­be­dinsky, tie­ne al ma­ra­tón de la Gran Man­za­na co­mo una de sus me­cas fa­vo­ri­tas. “Yo lo acom­pa­ño y lo mi­ro de le­jos. De bien le­jos…”, co­men­ta di­ver­ti­da. Due­ña de una gran sim­pa­tía ( y de una ri­sa bas­tan­te con­ta­gio­sa), Ligia se re­ve­la tam­bién co­mo una gran an­fi­trio­na, que mues­tra ca­da rin­cón de su ca­sa sin pro­ble­mas, ex­pli­can­do a su rit­mo la his­to­ria de ca­da mue­ble, cua­dro y ob­je­to dis­tin­ti­vo. La mú­si­ca, cla­ro, tam­bién se ha­ce pre­sen­te a ca­da ra­to, ya sea con la ba­te­ría que des­can­sa en un es­tu­dio “work in pro­gress” co­mo con las múl­ti­ples re­fe­ren­cias a su fa­mi­lia mu­si­cal, com­pues­ta por ma­dre can­tan­te y can­tan­te (Su­sa­na Ri­nal­di), pa­dre ban­do­neo­nis­ta (Os­val­do Piro) y her­mano can­tan­te (Al­fre­do Piro).

-Con ese back­ground fa­mi­liar, ¿creés que po­drías ha­ber se­gui­do otro ca­mino que no tu­vie­ra que ver con la mú­si­ca?

-No lo sé. Cuan­do ter­mi­né el co­le­gió lle­gué a ano­tar­me al CBC de Me­di­ci­na, pe­ro lo hi­ce sin es­tar de­ma­sia­do con­ven­ci­da… Tam­bién fan­ta­seé un tiem­po con cur­sar al­go en la Fa­cul­tad de Fi­lo­so­fía y Le­tras pe­ro en el fon­do sen­tía que cual­quier ca­rre­ra me iba a meter en un mun­do que no me iba a de­jar ha­cer lo que más que­ría en la vi­da, que era can­tar y es­tar arri­ba de un es­ce­na­rio.

-¿Eso lo su­pis­te des­de muy chi­ca?

-Sí, des­de que ten­go uso de mi me­mo­ria. De chi­ca can­ta­ba so­la fren­te al es­pe­jo y tam­bién ro­ba­ba dis­cos de mis pa­dres pa­ra es­cu­char so­la. ¡Y ro­pa! Me pro­ba­ba los ves­ti­dos de mi ma­má y des­pués me es­for­za­ba mu­chí­si­mo en de­jar­los tal cual los ha­bía en­con­tra­do, co­sa que na­die me des­cu­brie­ra.

-¿A tus pa­dres los ibas a ver can­tar?

-Se se­pa­ra­ron cuan­do yo te­nía 4 años así que ca­si no ten­go re­cuer­dos de es­tar to­dos jun­tos. Sal­vo por Ma­go­ya, que era un ca­fé con­cert que mis vie­jos pu­sie­ron en Mar del Pla­ta y que fun­cio­nó muy bien du­ran­te unos cin­co años. Era el lu­gar de mo­da en los años 70, don­de los ar­tis­tas po­dían des­ple­gar to­do lo que que­rían y sin cen­su­ra. Pu­tea­das, mo­nó­lo­gos de po­lí­ti­ca… Era un an­tro, un lu­gar don­de se pre­sen­ta­ron to­dos los gro­sos que ha­cían tem­po­ra­da en Mar­del: Na­cha Gue­va­ra, Ol­me­do, En­ri­que Pin­ti, Les Lut­hiers, los uru­gua­yos Es­pal­ter y Al­ma­da… Gran par­te de mi edu­ca­ción ar­tís­ti­ca in­for­mal sa­lió de ahí. La for­mal vino mu­cho des­pués. -Vos es­tu­dias­te can­to y tam­bién ac­tua­ción, ¿ver­dad? - Sí, can­to en el Con­ser­va­to­rio Na­cio­nal de Mú­si­ca y ac­tua­ción en lo de Agus­tín Alez­zo.

-A la te­le­vi­sión no re­cu­rris­te mu­cho…

-A fi­nes de los 90 tra­ba­jé por úni­ca vez en una ti­ra en­te­ra, Hom­bre de Mar se lla­ma­ba. Se gra­ba­ba en Mar del Pla­ta y fue una muy lin­da ex­pe­rien­cia. Cre­cí y apren­dí mu­cho ahí pe­ro re­cuer­do que cuan­do vol­ví a Bue­nos Ai­res lo hi­ce con una du­da a cues­tas: “¿Ten­go ga­nas de po­ner mi vi­da en la te­le­vi­sión?” Sen­tía que no, que mi per­so­na­li­dad no iba del to­do con esa idea. Y te­nía ra­zón.

-El his­trio­nis­mo lo te­nés a flor de piel y de he­cho en tus shows lo des­ple­gás bas­tan­te. ¿Te sen s ac­triz hoy por hoy?

-Sí, creo que ac­triz se­ré siem­pre, por más que no ac­túe ha­ce ra­to. Es­te año se cum­pli­rán 14 años de la úl­ti­ma obra de tea­tro que hi­ce. Lo re­cuer­do por­que coin­ci­de con la fe­cha de mi ca­sa­mien­to.

-Epa, ¿tu ma­ri­do es el res­pon­sa­ble de que no ac­túes más?

-¡No! (ríe). Da­vid es fa­ná­ti­co del ar­te en to­das sus for­mas. De he­cho, nos co­no­ci­mos en es­te am­bien­te, él era el ba­te­ris­ta de mi ban­da y des­pués fue mi ma­na­ger du­ran­te mu­cho tiem­po, ca­si diez años.

-¿Y lue­go vino el di­vor­cio la­bo­ral?

-Sí, y es­tu­vo bien ha­ber da­do ese pa­so, era ne­ce­sa­rio ya que lle­vá­ba­mos mu­chos pro­ble­mas del tra­ba­jo al ho­gar y eso no nos ha­cía bien. No fue un pa­so sen­ci­llo eh, de he­cho lo di­mos con te­ra­pia de pa­re­ja de por me­dio… No to­dos los ma­tri­mo­nios pue­den lle­var

“NUN­CA ME DESESPERÉ POR LA PO­PU­LA­RI­DAD”

una so­cie­dad la­bo­ral, por lo ge­ne­ral una de las dos es­fe­ras co­mien­za a fla­quear. Por suer­te, no­so­tros es­tu­vi­mos aten­tos de sal­var la más im­por­tan­te, la vi­da de pa­re­ja. En esos mo­men­tos se lle­gó a ha­blar de se­pa­ra­ción, pe­ro creo que re­sis­ti­mos por eso, por­que sa­bía­mos que que­ría­mos man­te­ner­nos jun­tos.

-¿Sos ro­mán ca?

- Sí, muy. Siem­pre fui no­vie­ra, las his­to­rias free me du­ra­ron muy po­co. Y ade­más soy hi­per fa­mi­li­era, pa­ra mí la fa­mi­lia es lo más im­por­tan­te del mun­do. No pue­do es­tar mal con nin­gún pa­rien­te, ya sea hi­jo, ma­ri­do, pa­dre, pri­mo o lo que sea...

-En em­po de grie­tas po­lí cas eso pue­de no ser tan sen­ci­llo…

-Exac­to, de he­cho en nues­tra fa­mi­lia tam­bién su­fri­mos la fa­mo­sa grie­ta. No voy a man­dar a na­die al fren­te, pe­ro hu­bo una épo­ca en que las dis­cu­sio­nes po­lí­ti­cas eran tre­men­das. Fi­nal­men­te, se lle­gó a una es­pe­cie de acuer­do pa­ra fre­nar tan­ta pe­lea sin sen­ti­do.

-Te ima­gino a vos co­mo la com­po­ne­do­ra en esos ca­sos…

-Sí, pue­de ser. Yo soy una con­ven­ci­da de que la ener­gía que uno ema­na es la que en de­fi­ni­ti­va vuel­ve. Si te la pa­sás dis­cu­tien­do, echán­do­les cul­pas a los de­más y al mun­do por tus pro­ble­mas, lo más se­gu­ro es que só­lo re­tro­ali­men­tes esa ne­ga­ti­vi­dad. Los cam­bios siem­pre em­pie­zan por uno, es al­go que tar­dé años en apren­der y asi­mi­lar. La me­di­ta­ción me ayu­dó mu­cho en eso.

-¿Des­de cuán­do me­di­tás?

-Uf, des­de ha­ce mu­cho. Fue par­te de un lar­go pro­ce­so que co­men­zó du­ran­te mi pri­mer em­ba­ra­zo, ha­ce más de 12 años ya. Ahí em­pe­cé a ha­cer yo­ga y co­nec­té mu­chí­si­mo con te­mas que has­ta en­ton­ces no ha­bía co­nec­ta­do nun­ca. Re­cuer­do que sa­lía a co­mer con mis ami­gos y no so­por­ta­ba la mú­si­ca fuer­te, los gri­tos, el es­tí­mu­lo cons­tan­te… Em­pe­za­ba a po­ner­se de mo­da el reg­gae­ton y tam­po­co en­ten­día ha­cia dón­de iba la mú­si­ca. Ni el mun­do... Mi maes­tra de yo­ga, que pa­ra mí es una sa­bia to­tal, me re­co­men­dó la me­di­ta­ción y ahí arran­qué. De ese pro­ce­so de in­tros­pec­ción sa­lió mi dis­co Tre­ce can­cio­nes de amor, que tie­ne que ver mu­chí­si­mo con la ma­ter­ni­dad y con mi ne­ce­si­dad de ba­jar un cam­bio. En­tre tan­to rui­do, qui­se ha­cer un ál­bum que tu­vie­ra bá­si­ca­men­te una gui­ta­rra y mi voz. Y así fue.

- ¿Có­mo te re­la­cio­nás con la tan men­ta­da po­pu­la­ri­dad?, ¿te in­tere­sa?

-( Pien­sa) La ver­dad es que nun­ca me desesperé por ser po­pu­lar, más bien to­do lo con­tra­rio. Por al­go me me­tí en un mun­do co­mo el del jazz, que de po­pu­lar tie­ne muy po­co... Es bas­tan­te más de ni­cho, aun­que tam­po­co me gus­ta cuan­do lo quie­ren con­ver­tir en mú­si­ca de eli­te, pa­ra pú­bli­co se­lec­to.

-Ha­bla­bas re­cién de la ma­ter­ni­dad y lo cier­to es que hoy sos ma­dre por tres (Ro­mán, de 12, Alex, de 8, y Eli­sa, de 5). ¿Có­mo te lle­vás con eso?

-Bien. Ele­gí ser una ma­dre muy pre­sen­te, pri­me­ro por­que no lo fue­ron con­mi­go (mi ma­má via­jó mu­cho du­ran­te mi in­fan­cia) y se­gun­do por­que real­men­te lo dis­fru­to mu­cho. Los chi­cos de hoy, eso sí, son muy de­man­dan­tes e in­ten­sos. Yo re­cuer­do a mi her­mano y a mí de chi­cos y veo una ima­gen ca­si opues­ta a la de hoy, éra­mos muy tran­qui­los y apo­ca­dos los dos, siem­pre cui­dán­do­nos de no ge­ne­rar un re­to o la apa­ri­ción del de­do acu­sa­dor…

-Su­pon­go que eso es jus­ta­men­te lo que no qui­sis­te re­pli­car con tus hi­jos…

-Exac­to, por eso les di y les doy to­da la li­ber­tad que pue­do. Y así es que me la pa­so gri­tan­do: “¿La vas a ter­mi­nar de una bue­na vez?” (ri­sas). Vi­vo así. Con el que más dis­cu­to es con el ma­yor, que es­tá en­tran­do a full en la ado­les­cen­cia.

-¿Tu ado­les­cen­cia co­mo fue?

-Bas­tan­te es­pan­to­sa pa­ra ser­te sin­ce­ra. Muy po­co fe­liz. Fue una épo­ca di­fí­cil, en la que no me lle­va­ba bien con mis pa­dres ni con na­da del mun­do que me ro­dea­ba. El pri­ma­rio lo hi­ce en un co­le­gio de mon­jas, don­de me sen­tí muy re­pri­mi­da. Y so­la. Y ahí la mú­si­ca co­men­zó a ser de a po­co mi sal­va­ción, mi re­fu­gio. Des­pués me cam­bié a otro co­le­gio y em­pe­cé a co­no­cer otra gen­te y la co­sa em­pe­zó a cam­biar. Ha­ce po­co ce­le­bra­mos los 30 años de egre­sa­dos de mi ca­ma­da y yo fui fe­liz a esa ci­ta, hi­ce mu­chí­si­mos ami­gos ahí.

-¿Te­nés mu­chos sue­ños pen­dien­tes?

-So­ñar siem­pre es lin­do. Me gus­ta­ría lle­gar con mi mú­si­ca a don­de más pue­da. Y tam­bién me en­can­ta­ría te­ner mu­cha vi­da por de­lan­te. La muer­te siem­pre me ge­ne­ró un mie­do im­por­tan­te. No sé por qué, su­pon­go que es par­te de lo que soy.

-¿Dón­de en­con­trás el pla­cer ab­so­lu­to?

-En la pla­ya. Y la ver­dad es que no acu­do tan­to a ella co­mo de­be­ría. El mar ar­gen­tino es di­fí­cil… De Mar del Pla­ta, por ejem­plo, me que­do mu­cho más con la ciu­dad que con su pla­ya. Pe­ro sí, amo la are­na y el amor, qui­zá es al­go que me vie­ne de mi abue­lo, que era de Amal­fi, Ita­lia, lu­gar al que to­da­vía no fui. ¿Ves? Esa sí es una de mis gran­des cuen­tas pen­dien­tes. ❖

No to­dos los ma­tri­mo­nios pue­den lle­var una so­cie­dad la­bo­ral, por lo ge­ne­ral una de las dos es­fe­ras co­mien­za a fla­quear

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