EL AUTOCONOCI­MIENTO

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Man­te­ner el co­rrec­to equi­li­brio en­tre “in­te­rio­ri­dad” y “ex­te­rio­ri­dad” es to­do un desafío de co­no­ci­mien­to per­so­nal. Los ex­tre­mos nun­ca son bue­nos. Ni el in­tro­ver­ti­do que vi­ve en­ce­rra­do en su pro­pio uni­ver­so, ni el ex­tro­ver­ti­do que só­lo po­ne fo­co en el afue­ra pe­ro nun­ca re­fle­xio­na so­bre su pro­pia vi­da. La per­so­na que al­can­za la ple­ni­tud in­ter­na es aque­lla que se ha ex­plo­ra­do y ex­pe­ri­men­ta­do, que es cons­cien­te de sus sen­ti­dos y no le te­me a sus emo­cio­nes. Na­da de lo pro­pio le es ajeno. Es ca­paz de es­cu­char­se a sí mis­ma sin mie­dos. Se acep­ta tal co­mo es, pe­ro al mis­mo tiem­po re­co­no­ce sus li­mi­ta­cio­nes. En de­fi­ni­ti­va, la in­te­rio­ri­dad bien lo­gra­da es si­nó­ni­mo de au­to­rrea­li­za­ción. Sin em­bar­go, tam­bién es ne­ce­sa­rio abrir­se al mun­do ex­te­rior. El in­di­vi­duo pleno man­ten­drá un per­ma­nen­te con­tac­to con to­do aque­llo que lo ro­dea. Es­ta­rá aten­to a uno mis­mo, pe­ro al mis­mo tiem­po a las vo­ces de los de­más. Así per­mi­ti­rá que su pro­pia ex­pe­rien­cia per­so­nal sea en­ri­que­ci­da por el apor­te de sus se­me­jan­tes.

Fuen­te: ¿Por qué te­mo de­cir quién soy? John Po­well

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