LA FURIA DE LA AZAFATA

Es una le­yen­da que cir­cu­la en­tre pi­lo­tos y co­mi­sa­rios de abor­do, na­die sa­be a cien­cia cier­ta si la historia es ve­rí­di­ca

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Es ca­si co­mo un mi­to ur­bano que cir­cu­la en­tre tra­ba­ja­do­res de las ae­ro­lí­neas. Se­gún di­cen, un pi­lo­to ins­ta­ló a su aman­te, una be­lla azafata, en un apar­ta­men­to de Londres. El amo­río fue vien­to en po­pa por un año, has­ta que el pi­lo­to co­no­ció a otra mu­jer y le exi­gió a su pa­re­ja que se mar­cha­ra. Ella le pi­dió unos días pa­ra mu­dar­se y él acep­tó. Le di­jo que le da­ría tres días ya que ha­ría por ese tiem­po un vue­lo has­ta Estados Unidos. Cuan­do re­gre­só a su ca­sa, la mu­jer se ha­bía ido. Le­jos de lo que sos­pe­cha­ba, no fal­ta­ba na­da ni ha­bía cam­bia­do la ce­rra­du­ra del de­par­ta­men­to, sino que en­con­tró to­do en per­fec­to estado, lim­pio y or­de­na­do. Só­lo ha­bía una so­la co­sa fue­ra de lu­gar: el te­lé­fono, que es­ta­ba des­col­ga­do. Fue a aco­mo­dar­lo, pe­ro es­cu­chó que ha­bía una voz del otro la­do del tu­bo. Un hom­bre con acen­to ame­ri­cano re­pe­tía el ho­ra­rio de Was­hing­ton D.C. La ven­gan­za ter­mi­nó en una cuen­ta de 1200 li­bras.

Fuen­te: Gran­des Erro­res, Edi­vi­sión.

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