EL PO­DER DE LA MEDITACION

Una ma­ne­ra de trans­mu­tar su­fri­mien­to por fe­li­ci­dad.

Buenas Ideas - - Autoayuda -

Pa­ra em­pe­zar a me­di­tar, pri­me­ro de­be­rá apren­der a con­cen­trar­se. Pue­de co­men­zar por rea­li­zar el si­guien­te ejer­ci­cio con una ve­la: sen­ta­do en el pi­so en un cuar­to con luz te­nue o a os­cu­ras co­lo­que una ve­la fren­te a us­ted y mi­re la lla­ma has­ta que ten­ga la im­pre­sión de que se gra­bó en su men­te. Cie­rre los ojos y con­ti­núe vién­do­la. En el mo­men­to en que la lla­ma des­apa­rez­ca de su men­te, abra los ojos y mí­re­la nue­va­men­te.

Aho­ra tra­te de ima­gi­nar que la luz es­tá den­tro de su pro­pio co­ra­zón. Dé­je­la bri­llar in­ten­sa­men­te, en­vian­do sus ra­yos so­bre to­do ser hu­mano po­see­dor de la su­fi­cien­te sen­si­bi­li­dad co­mo pa­ra cap­tar esa luz, ese ca­lor y esa com­pa­sión. Pien­se en sí mis­mo co­mo el por­ta­dor de la luz, el guar­dián del tem­plo y ob­ser­ve que el resplandor en su co­ra­zón es más y más bri­llan­te, lle­nan­do con la luz to­do su ser. Ob­ser­ve có­mo des­apa­re­cen el su­fri­mien­to y el do­lor pa­ra ser re­em­pla­za­dos por la ale­gría, el amor y la fe­li­ci­dad. De­je que la luz ba­ñe to­do su ser. Al lle­gar el día en que com­pren­da que la luz en su co­ra­zón y la di­vi­na luz eter­na son lo mis­mo, ha­brá lo­gra­do la unión con ella y sa­brá que re­pre­sen­ta la ver­dad, el amor y Dios. Cuan­do al­can­ce es­ta unión, en la que no se pi­de ni se bus­ca na­da, us­ted es­ta­rá en es­ta­do de me­di­ta­ción.

Fuen­te: In­dra De­vi. Men­sa­jes del al­ma, de Da­vid Li­far, Vergara

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