“A LOS 9 DOR­MIA EN EL MA­LE­TE­RO DEL TREN”

ABEL AYALA: DE VI­VIR EN LA CA­LLE A FI­GU­RA DEL CI­NE Y LA TE­LE­VI­SION

Caras - - CARAS - Por Kary Ló­pez (pro­duc­ción: Ali­cia Blan­co)

El re­cuer­do del frío en el cuer­po; el que ca­la los hue­sos. Eso es lo que no pue­de ol­vi­dar Abel Ayala (29) so­bre los días en los que le to­có vi­vir en la es­ta­ción de tre­nes de Cons­ti­tu­ción, cuan­do te­nía só­lo 9 años y se ha­bía ido de su ca­sa por de­ci­sión pro­pia. Un ca­pí­tu­lo du­ro de una his­to­ria de su­pera­ción que emo­cio­na e ins­pi­ra, pe­ro que fue só­lo el co­mien­zo de un via­je que ter­mi­nó por con­ver­tir­lo en un hom­bre fe­liz con su des­tino: el de ac­tor re­co­no­ci­do, pa­dre de dos ne­nas, Pa­lo­ma (5) y Amanda (3) e in­quie­to em­pren­de­dor. “Éra­mos mu­chos en una ca­sa muy chi­ca. Vi­vía­mos mal, con mu­chas ne­ce­si­da­des y vio­len­cia. Mi ma­má no me da­ba bo­la. Des­de los sie­te que sa­lía a pe­dir a la ca­lle, a jun­tar car­to­nes. Te­nía nue­ve cuan­do me fui y no vol­ví nun­ca más. Vi­ví en la es­ta­ción de tre­nes de Cons­ti­tu­ción has­ta los diez años. Tal vez lo bueno fue ha­ber go­za­do de la li­ber­tad y de ha­cer lo que que­ría. La ca­lle tie­ne mu­chí­si­mas co­sas ho­rri­bles. Hu­bo mu­chas ve­ces que me ca­gué de ham­bre, de frío. Y otras en las que tu­ve mu­cho mie­do, era va­lien­te, pe­ro tam­bién muy chiquito. La ca­lle es la jun­gla y la no­che es lo peor, por­que ha­bía que bus­car lu­ga­res para dor­mir sin que na­die te vie­ra, por el pe­li­gro de las vio­la­cio­nes. Pe­día­mos mo­ne­di­tas y co­mi­da con otros chi­cos. Yo dor­mía en el ma­le­te­ro del tren, don­de guar­das el bol­so, y en es­ta­cio­nes que es­tu­vie­ran va­cías. Me acuer­do que una vez un guar­dia me des­per­tó, me pegó con el pa­lo. Yo es­ta­ba en re­me­ri­ta, era in­vierno, y le di­je, no me sa­ques de acá. Te te­nés que ir, me di­jo. Pe­ro to­do eso me hi­zo fuer­te. Yo sa­bía que en al­gún mo­men­to me iba a ir, por­que no me gus­ta­ba. Tu­ve la suer­te de en­con­trar­me con unos asis­ten­tes so­cia­les y pe­dir­les ayu­da. Así lle­gué al ho­gar El Ar­ca, en Mo­reno. Ahí se pre­sen­tó el di­rec­tor Juan Car­los De­san­zo para ha­cer un cas­ting en­tre los chi­cos del ho­gar. Así fue co­mo me se­lec­cio­nó para su pe­lí­cu­la”, cuen­ta Abel so­bre su de­but en ci­ne con “El Po­la­qui­to”, a los 12 años; un he­cho que cam­bió su vi­da por com­ple­to y fue el ini­cio de una ca­rre­ra co­mo ac­tor que ya su­ma 13 pe­lí­cu­las, en­tre ellas “El Bai­le de la Vic­to­ria”, con Ri­car­do Da­rín y “La Mano de Dios”, in­cur­sio­nes en la TV co­mo “Sos Mi Hom­bre”— con su re­cor­da­do per­so­na­je de “El Gua­chín”—y, re­cien­te­men­te, pa­pe­les des­ta­cos co­mo “César” en la mi­ni­se­rie “El Mar­gi­nal” y co­mo el no­vio de Car­la Que­ve­do en “El Maestro”, el uni­ta­rio de el­tre­ce.

“Mi fa­mi­lia bio­ló­gi­ca des­pués me bus­có. Con ellos tu­ve una re­la­ción de vi­si­tas es­po­rá­di­cas. Ten­go cua­tro her­ma­nos y a mi abue­la, pe­ro mi ma­má y mi pa­pá ya no es­tán. A esas he­ri­das no sé si las cu­ré, pe­ro las ten­go más con­tro­la­das. Yo fui muy fe­liz en el ho­gar, tu­ve una edu­ca­ción muy bue­na y has­ta me man­da­ron a co­le­gios top es­tan­do be­ca­do, pe­ro tam­bién te­nía cier­tos com­ple­jos; me da­ba ver­güen­za de­cir que vi­vía ahí, por­que te mi­ran de otra ma­ne­ra, con pe­na. Cuan­do me pre­gun­ta­ban don­de vi­vía yo in­ven­ta­ba cual­quier co­sa”, se sin­ce­ra Ayala. Las au­to­ri­da­des del ho­gar fue­ron sus tu­to­res y quie­nes le ad­mi­nis­tra­ban el di­ne­ro que ga­na­ba con el ci­ne, para for­jar su in­de­pen­den­cia eco­nó­mi­ca y su sa­li­da de la ins­ti­tu­ción. “A los 17 me plan­tea­ron que ya era mo­men­to de ir­me del ho­gar. Fue tre­men­do para mí por­que esa era mi fa­mi­lia. Des-

Se fue de su ca­sa y vi­vió en la es­ta­ción Cons­ti­tu­ción. Con la ayu­da de unos asis­ten­tes so­cia­les pu­do cre­cer y re­ci­bir edu­ca­ción en un ho­gar de Mo­reno. Su his­to­ria de vi­da.

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