“NO­SO­TRAS 3 SO­MOS UN MI­LA­GRO GE­NE­RA­CIO­NAL” VICKY, SU MA­MA Y SU “YIAYIA BASI”

Caras - - FOCO - Por Gaby Bal­za­ret­ti

Las tres jun­tas se po­ten­cian. Se mi­ran y se en­tien­den. Tie­nen igual son­ri­sa. Los mis­mos ojos vi­va­ces que an­te la mí­ni­ma emo­ción se cu­bren de lá­gri­mas. E igual per­fil, se­llo dis­tin­ti­vo de la más pu­ra be­lle­za he­lé­ni­ca. Los diá­lo­gos en­tre ellas son a vi­va voz y en su idio­ma na­tal. Ba­si­lia (84) lle­gó de su ama­da Gre­cia ha­ce más de 60 años. Y vino jun­to a su gran amor, el es­cri­tor, poe­ta y pe­rio­dis­ta, Ta­so Da­mia­nos (quien tie­ne 8 li­bros pu­bli­ca­dos). Aquí no tar­dó en con­ver­tir­se en una pres­ti­gio­sa pro­fe­so­ra de idio­mas y mi­to­lo­gía grie­ga. Y el amor se pro­lon­gó en dos hi­jas. Una de ellas, He­le­na (60), se ca­só con Ma­nuel Xi­po­li­ta­kis y se con­vir­tie­ron en pa­dres de Vic­to­ria Je­sús (32). Las tres ge­ne­ra­cio­nes de fuer­tes mu­je­res grie­gas se en­car­ga­ron de de­jar bien mar­ca­das sus hue­llas en la vi­da. Ca­da una en su es­ti­lo par­ti­cu­lar. Pe­ro las tres con el mis­mo mo­tor, el amor. Abue­la, ma­dre y nie­ta man­tie­nen una en­tra­ña­ble re­la­ción que no sa­be de dis­tan­cias ni de se­pa­ra­cio­nes. Las dos pri­me­ras vi­ven, des­de ha­ce mu­chos años, cuan­do lle­ga­ron de Mar del Pla­ta, en la zo­na más co­que­ta y tra­di­cio­nal de La­nús, en el gran Bue­nos Ai­res. Y Vicky, des­de que se con­vir­tió en la es­po­sa de Ja­vier Na­se­lli (52), di­vi­de sus días en­tre Nue­va York y la Ar­gen­ti­na. Pe­ro siem­pre vuel­ve a sus gran­des amo­res: su “yia­yiá Basi” y su “ya­yá He­le­na”. Ellas la pro­te­gen, la mi­man; son su re­fu­gio y su so­sie­go. Jun­to a ellas di­ce que vuel­ve a ser la ni­ña inocen­te que ju­ga­ba con mu­ñe­cas. Pe­ro tam­bién la que pro­ta­go­ni­za­ba las más dis­pa­ra­ta­das tra­ve­su­ras. “Mis abue­los vi­nie­ron de Gre­cia du­ran­te la guerra, ha­ce mu­chí­si­mos años… Y mi ma­má na­ció en la Ar­gen­ti­na”, cuen­ta sin sol­tar ni por un ins­tan­te la mano de su ama­da abue­la. Quien ha­ce unos años su­frió un se­ve­ro ACV que li­mi­tó su mo­vi­li­dad pe­ro no así la co­mu­ni­ca­ción con su nie­ta. Só­lo una mi­ra­da y al­gu­na fra­se en­tre­cor­ta­da bas­ta pa­ra que im­pro­vi­sen un ver­da­de­ro show fa­mi­liar. Sus cris­ta­li­nos ojos se cru­zan y las di­ver­ti­das anéc­do­tas co­mien­zan a re­pe­tir­se con es­truen­do­sas car­ca­ja­das.

–¿Y có­mo fue su re­la­ción de chi­ca con su abue­la?

–Fue y es, aún en el pre­sen­te, una her­mo­sa mu­jer que siem­pre fue una se­gun­da ma­má pa­ra mí y pa­ra mis hermanos. Re­cuer­do que de chi­ca ella me cui­da­ba mu­cho. Y cuan­do me de­ja­ban en su ca­sa me can­ta­ba y siem­pre me con­ta­ba his­to­rias de la mi­to­lo­gía grie­ga, ya que era pro­fe­so­ra en el ins­ti­tu­to grie­go. Era una mu­jer ad­mi­ra­ble y tam­bién me acuerdo que me ayu­da­ba con las ta­reas del co­le­gio que a mí me cos­ta­ban tan­to. No pue­do ol­vi­dar­me de la dul­zu­ra que tie­ne es­ta abue­la y de su in­men­sa sa­bi­du­ría. La fa­mi­lia es co­mo una pi­rá­mi­de con ella en la pun­ta con to­dos sus co­no­ci­mien­tos. Con los que tam­bién edu­có a mi ma­má y mi ma­má lo hi­zo con­mi­go con el mis­mo amor, dul­zu­ra y ale­gría.

–¿Qué sien­te que he­re­dó de ella y de su ma­dre?

–Mi abue­la y mi ma­má son án­ge­les en la tie­rra… Y yo sien­to que he­re­dé de ellas lo más lin­do que tie­nen que es su co­ra­zón.

– ¿Ella fue quien le en­se­ñó grie­go?

–Si, ella me en­se­ñó mu­cho su idio­ma de na­ci­mien­to. Por­que en la ca­sa de mis abue­los, en la que nos cria­mos no­so­tros, es to­do grie­go. Igual­men­te, de chi­ca yo iba a la es­cue­la grie­ga to­dos los sá­ba­dos. Y en la se­ma­na con­cu­rría a la es­cue­la en cas­te­llano co­mo to­dos los chi­cos del ba­rrio. –¿Era su gran sue­ño que co­noz-

ca a su hi­jo?

–Si , no veo la ho­ra de que lo pue­da te­ner en sus bra­zos. Por­que sien­to que no­so­tras tres so­mos un mi­la­gro ge­ne­ra­cio­nal... Y que hoy la bi­sa­bue­la pue­da ben­de­cir al fu­tu­ro he­re­de­ro, su bis­nie­to, es ca­si un mi­la­gro. Me ma­ta de amor có­mo ya me cui­da y lo cui­da a Sal­va­dor. Ape­nas me ve pre­gun­ta si le di de co­mer. Des­pués me besa la pan­za y me ha­ce la ben­di­ción y no deja de aca­ri­ciar­me la pan­za. Ha­cer­la bi­sa­bue­la y que ella pue­da te­ner en sus bra­zos a mi hi­ji­to es mi gran sue­ño; un vie­jo de­seo y va a ser un mo­men­to muy emo­ti­vo pa­ra mi vi­da. – ¿Qué le gus­ta­ría que Sal­va­dor he­re­de de ca­da una de las tres? –Me gus­ta­ría que, so­bre to­do de ellas, he­re­de el ca­rác­ter ma­ra­vi­llo­so que tie­nen. Tam­bién la per­so­na­li­dad que las dis­tin­gue co­mo mu­je­res lle­nas de amor y la ale­gría. To­das co­sas que yo tam­bién su­pe he­re­dar de ellas y que sien­to que son la com­bi­na­ción per­fec­ta pa­ra ma­ne­jar­se por la vi­da con fe­li­ci­dad.

–¿Qué di­je­ron cuan­do se en­te­ra­ron que iban a ser abue­la y bi­sa­bue­la?

–To­dos se emo­cio­na­ron mu­chí­si­mo. Sal­ta­ron de ale­gría. Y hoy es­tán muy an­sio­sas y no pa­ran de com­prar­me de to­do. Pa­ra mí y pa­ra Sal­va­dor. Só­lo hay que ima­gi­nar­se: abue­la mi ma­má y bisa mi abue la… Lle­na de amor a to­da la fa­mi­lia. ¡Se vie­ne el he­re­de­ro..! Y lo más lin­do es que hoy me cui­dan con tan­to amor que me ha­ce sen­tir do­ble­men­te bien, por mi y por mi be­bé.

–¿Qué re­cuer­dos y anéc­do­tas ate­so­ra de su infancia con ellas?

–Es­ta ca­sa, la ca­sa de mis abue­los, era siem­pre una fies­ta. Ya que to­dos can­tá­ba­mos y yo, co­mo tie­ne tan­to lu­gar, me po­nía en la sa­la jun­to al co­me­dor y ju­ga­ba a ha­cer­les una fun­ción de tea­tro mien­tras co­mían. Ha­cía lo que que­ría por­que me mal­cria­ban mu­cho. Y por eso a mí me en­can­ta­ba ir a su ca­sa.

–¿Re­cuer­da al­gu­na can­ción de cu­na que ellas le can­ta­ran y Ud. pue­da can­tár­se­la a Sal­va­dor?

–Con mi abue­la y ma­má le can­ta­mos mu­cho en grie­go a mi be­bé. To­das las can­cio­nes pa­ra ni­ños me en­can­tan. Pe­ro mi pre­fe­ri­da es “Trom­pi­ta” y aho­ra con el pa­pá se la can­ta­mos ca­si to­dos los días y él la to­ca en la ar­mó­ni­ca… Tam­bién me gus­ta esa que di­ce “¡Sa­co una ma­ni­to, la guar­do, la guar­do…!” Quie­ro prac­ti­car to­das las can­cio­nes de cu­na y de ni­ños que co­noz­co. To­das las de mi infancia son en grie­go y aún hoy las can­to con mi ma­má y abue­la. Pe­ro no quie­ro fa­llar­le en na­da a mi hi­jo, por eso en­sa­yo mu­cho.

–Ya fal­ta po­co pa­ra la lle­ga­da de Sal­va­dor, ¿Ya de­ci­die­ron a dón­de va a na­cer?

–Aún lo es­ta­mos con­ver­san­do con el pa­pá. Por­que yo quie­ro que naz­ca en la Ar­gen­ti­na. Aquí es­tá to­da mi fa­mi­lia, mis amo­res, mis afec­tos pa­ra acom­pa­ñar­me, con­te­ner­me y ayu­dar­me. Si na­ce allá no voy a po­der via­jar dos me­ses an­tes del na­ci­mien­to y dos des­pués. Y, por más que ellos va­yan unos días pa­ra co­no­cer­lo, es mu­cho tiem­po pa­ra pa­sar le­jos de mi fa­mi­lia y en el mo­men­to que más los voy a ne­ce­si­tar. Por lo me­nos a mi ma­má. Allá me atien­do con el Dr.Tep­per y acá es­toy vien­do pa­ra, igual, te­ner re­ser­va­da una clí­ni­ca y que ya me em­pie­ce a aten­der un mé­di­co.

–¿Y có­mo es­tá vi­vien­do los me­ses más im­por­tan­te y de más no­to­rios cam­bios de su em­ba­ra­zo? –Me sien­to ple­na, fe­liz… Ya es­toy en el sex­to mes de em­ba­ra­zo y au­men­té 7 ki­los. Es­toy su­peran­do la se­ma­na 21 de em­ba­ra­zo. ¡Aho­ra

mi hi­jo es co­mo una zanahoria y mi­de ca­si 15 cen­tí­me­tros! Co­mo lo ha­go des­de el pri­mer día que me en­te­ré que es­ta­ba em­ba­ra­za­da si­go ca­da pa­so por una apli­ca­ción que se lla­ma “Baby Cen­ter” que cuen­ta día a día có­mo va cre­cien­do el be­bé. ¡Lo ex­tra­ño tan­to que una vez por mes ne­ce­si­to ver­lo y me ha­go una eco­gra­fía! Co­mo ya vi en las an­te­rio­res eco, tie­ne una na­riz bien grie­ga y con Ja­vier le can­ta­mos to­das las no­ches por­que me di­je­ron que ya nos pue­de es­cu­char…! Ten­go un em­ba­ra­zo di­vino. Nun­ca tu­ve que de­jar de ha­cer na­da de lo que siem­pre hi­ce. No me prohi­bie­ron na­da. Só­lo sien­to co­mo que ten­go un ti­bu­rón o un pes­ca­di­to más chico na­dán­do­me en la pan­za. Y es­cu­char su co­ra­zón me pa­ra­li­za.

–¿En qué es­ta­do de emo­ción es­tá su co­ra­zón?

–¡Pleno! ¡Es pu­ra emo­ción! A pun­to de es­ta­llar de tan­ta fe­li­ci­dad. Ha­ber he­cho es­ta fo­to con mis dos gran­des amo­res no tie­ne pre­cio y con mi hi­jo en la pan­za… Es al­go que nun­ca voy a re­pe­tir y por eso se­rá el re­cuer­do más im­por­tan­te de mi vi­da. Es­toy ex­pe­ri­men­tan­do mu­chas emo­cio­nes jun­tas y to­das van di­rec­to al co­ra­zón. To­do és­to hi­zo que el co­ra­zón se me sal­ga de la emo­ción y la fe­li­ci­dad que ten­go. Vi­vo emo­cio­nes y re­cuer­dos que se­rán inol­vi­da­bles. Ellas son mis rei­nas y se las pre­sen­té a mi prin­ci­pi­to que aún es­tá en mi pan­za. Es­tas son fo­tos eter­nas que guar­da­ré en mi co­ra­zón. Mi abue­li­ta ya es­tá gran­de y le cues­ta mu­cho ha­cer cual­quier co­sa por eso que me be­se la pan­za y me la aca­ri­cie, me ha­ce es­ta­llar el co­ra­zón de emo­ción y fe­li­ci­dad. Son mu­chas her­mo­sas emo­cio­nes to­das jun­tas.

“Yia­yiá Basi”, “Ya­yá He­le­na” y ma­má Vicky se fun­den en un tierno e in­ter­mi­na­ble abra­zo. Al oí­do se mur­mu­ran fra­ses en grie­go im­po­si­bles de des­ci­frar. Pe­ro el de­no­mi­na­dor co­mún no pre­ci­sa de tra­duc­cio­nes. El amor es el que une a las tres ge­ne­ra­cio­nes que, fe­li­ces, aguar­dan la lle­ga­da del prín­ci­pe grie­go que lle­ga­rá en di­ciem­bre pa­ra unir­las aún más.

Con gran emo­ción, “yia­yiá Basi” (con su mo­vi­li­dad li­mi­ta­da por un ACV) re­ci­be el amor de su hi­ja y de su nie­ta y, en su idio­ma na­tal, di­ce que es­pe­ra an­sio­sa la pron­ta lle­ga­da de su bis­nie­to.

“Con mi abue­la y ma­má le can­ta­mos mu­cho en grie­go a Sal­va­dor, mi be­bé”. A los 84, la abue­la de Vicky po­só pa­ra CA­RAS en su ca­sa de La­nús. Allí ca­da pa­red y rin­cón ate­so­ra re­cuer­dos de su Gre­cia na­tal.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.