Lon­dres, vi­tal y ma­ra­vi­llo­sa

Clarín - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Ál­va­ro Mor­te Ac­tor y di­rec­tor de tea­tro En­tre­vis­ta de Ariel Ca­ra­vag­gio

Si me ima­gino que­dán­do­me por tiem­po in­de­fi­ni­do en un lu­gar, con el tiem­po sus­pen­di­do y nin­gún apu­ro, hay mu­chos si­tios del mun­do en los que me gus­ta­ría es­tar. Pe­ro hay, sin du­das, uno que me en­tu­sias­ma más que cual­quier otro, que es Lon­dres, la ca­pi­tal de In­gla­te­rra. Pro­cu­ro ir allí al me­nos to­dos los años, una o dos ve­ces, y la ciu­dad nun­ca de­ja de sor­pren­der­me.

Más allá de las múl­ti­ples atrac­cio­nes y ac­ti­vi­da­des que hay pa­ra ha­cer en Lon­dres, lo más her­mo­so es per­der­se en sus ca­lles, cual­quie­ra que fue­ra. Lo más ma­ra­vi­llo­so es, so­bre to­do, el West End, don­de es­tán ubi­ca­dos los tea­tros y el mun­do se trans­for­ma ape­nas cae la no­che.

La pri­me­ra vez que fui me ma­ra­vi­lló el va­lor y la im­por­tan­cia en que se po­ne a la cul­tu­ra. Los lon­di­nen­ses, su mez­cla de mi­gra­ción y la ri­que­za cul­tu­ral que es­to ge­ne­ra le dan a la gen­te una aper­tu­ra de men­te ca­si úni­ca.

En Lon­dres da igual có­mo va­yas ves­ti­do, da igual có­mo pien­ses o de dón­de seas. Siem­pre se­rás bien re­ci­bi­do y pue­des en­con­trar­te un hue­co en los pubs, de­co­ra­dos con sus ca­rac­te­rís­ti­cos mue­bles de ma­de­ra, en el ver­de in­men­so de par­ques -co­mo el Hy­de o el Re­gent’s- o en los ca­lle­jo­nes os­cu­ros que tan­tas ve­ces vi­mos en pe­lí­cu­las y li­te­ra­tu­ra clá­si­ca.

To­das las ve­ces que he ido a Lon­dres lo hi­ce jun­to a la mis­ma per­so­na, al­guien muy es­pe­cial pa­ra mí. En par­te, por esa ra­zón me agra­da tan­to la ciu­dad y, a la vez, pen­sar en Lon­dres me ha­ce pen­sar en ella.

Pe­ro uno de los mo­men­tos más inol­vi­da­bles que me to­có vi­vir fue du­ran­te mi úl­ti­ma vi­si­ta a la ciu­dad, cuan­do pu­de ver en tea­tro al ac­tor Ian Mc­ke­llen (que in­ter­pre­tó el per­so­na­je Gan­dalf en “El Se­ñor de los Ani­llos” y Mag­ne­to en “X-men”) in­ter­pre­tan­do el pa­pel del rey Lear, de Wi­lliam Sha­kes­pea­re. Re­co­mien­do con fer­vor ir al tea­tro cuan­do uno tie­ne la po­si­bi­li­dad de vi­si­tar Lon­dres, so­bre to­do a quie­nes les gus­ta. Esa obra, pa­ra mí, ha si­do una co­sa que me lle­gó di­rec­to al co­ra­zón.

Tam­po­co po­dría ol­vi­dar­me de la gas­tro­no­mía de Lon­dres. Aun­que nun­ca ha lla­ma­do la aten­ción por su ca­li­dad, es­pe­cial­men­te en com­pa­ra­ción con las co­mi­das que ofre­cen otras ciu­da­des eu­ro­peas, úl­ti­ma­men­te se es­tán abrien­do mu­chí­si­mos res­tau­ran­tes, en los que se pue­de co­mer muy bien. Si tu­vie­ra que pen­sar en al­gún pla­to que me re­cor­da­ra Lon­dres, sin du­das me ima­gi­na­ría co­mien­do un fish & chips (pes­ca­do re­bo­za­do con pa­pas fri­tas) en un pub de la ciu­dad, por su­pues­to acom­pa­ña­do por una pin­ta de cer­ve­za al la­do.

Creo que la gen­te que ten­ga la opor­tu­ni­dad de via­jar a Lon­dres tie­ne que bus­car qué es lo que le ape­te­ce. Más allá de dor­mir en un bed&break­fast ale­ja­do o en un ho­tel ubi­ca­do en la lu­jo­sa Re­gent’s Street, ca­da lu­gar tie­ne su pun­to y hay pa­ra to­dos los gus­tos. Lo que nun­ca de­ja­ría de re­co­men­dar es sa­car­se los pla­nes es­truc­tu­ra­dos de en­ci­ma y per­der­se por las ca­lles de una de las ciu­da­des más ma­ra­vi­llo­sas del mun­do.

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Po­lo cul­tu­ral. “En el West End es­tán ubi­ca­dos los tea­tros y el mun­do se trans­for­ma ape­nas cae la no­che”, afir­ma Ál­va­ro Mor­te.

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