Inoxi­da­ble

Clarín - Deportivo - - Deportivo - Lu­cia­na Aran­guiz la­ran­guiz@clarin.com

In­sa­cia­ble, inoxi­da­ble, Ro­ger Fe­de­rer no se can­sa de acu­mu­lar re­cords y de acre­cen­tar ca­da día su le­yen­da. En el Abier­to de Bris­ba­ne, su­mó un nue­vo tí­tu­lo -el 83° de su ca­rre­ra- y vol­vió a es­cri­bir su nom­bre en la his­to­ria gran­de del te­nis. El sui­zo de­rro­tó por 6-4, 6-7 (2-7) y 6-4 al ca­na­dien­se Mi­los Rao­nic y con­si­guió su 1000ª vic­to­ria co­mo pro­fe­sio­nal. “Es­toy or­gu­llo­so y fe­liz, por­que no es un triun­fo co­mo los otros. El 500 o el 800 no fue­ron es­pe­cia­les pa­ra mí. Pe­ro por al­gu­na ra­zón, el nú­me­ro 1000 sig­ni­fi­ca mu­cho. Es un nú­me­ro tan in­men­so...”, re­co­no­ció un Fe­de­rer son­rien­te, con mu­cha ra­zón. Bas­ta re­pa­sar un da­to pa­ra di­men­sio­nar su lo­gro. Só­lo tres ju­ga­do­res en la Era Abier­ta con­si­guie­ron esa mar­ca: él, Jimmy Con­nors (1253) e Ivan Lendl (1071). Así, a los 33 años, cuan­do al­gu­nos ya co­mien­zan a ima­gi­nar un cir­cui­to sin su ex­qui­si­to te­nis, Ro­ger vol­vió a de­mos­trar que su ta­len­to si­gue in­tac­to.

Más de 16 años pa­sa­ron des­de su de­but en el cir­cui­to ATP, con una de­rro­ta en dos sets an­te el ar­gen­tino Lu­cas Ar­nold en Gs­taad 1998. O des­de aque­lla vic­to­ria en la pri­me­ra ron­da de Tou­lou­se, dos me­ses más tar­de, an­te el fran­cés Gui­llau­me Raoux, 45° del mun­do, La pri­me­ra pa­ra un jo­ven Fe­de­rer de fla­man­tes 17 años y 833° del ran­king. La que sig­ni­fi­có el pun­ta­pié ini­cial pa­ra una ca­rre­ra im­pre­sio­nan­te.

Die­ci­séis años en los que el sui­zo, con mu­cho tra­ba­jo y un ta­len­to ex­tra­or­di­na­rio, se trans­for­mó en uno de los me­jo­res te­nis­tas de to­dos los tiem­pos -el me­jor, pa­ra mu­chos- y un re­fe­ren­te del de­por­te a ni­vel mun­dial, den­tro y fue­ra de la can­cha. Ha­blar de Ro­ger Fe­de­rer es ha­blar de his­to­ria vi­va. Re­pa­sar los mo­men­tos más im­por­tan­tes de su vi­da de­por­ti­va sig­ni­fi­ca re­vi­vir par­ti­dos y ri­va­li­da­des inol­vi­da­bles y de­lei­tar­se una vez más con su te­nis, tan ele­gan­te co­mo po­de­ro­so.

Es re­cor­dar sus sie­te fes­te­jos en Wim­ble­don, el Grand Slam que más ve­ces ga­nó, su emo­ción al col­gar­se sus dos me­da­llas olím­pi­cas (el oro en do­bles en Bei­jing 2008 y la pla­ta en sin­gles en Lon­dres 2012), su ale­gría al le­van­tar la Co­pa Da­vis ha­ce só­lo unos me­ses o su do­lor cuan­do le to­có per­der al­gu­na de esas épi­cas fi­na­les an­te su clá­si­co ri­val, el es­pa­ñol Ra­fael Na­dal.

Es im­po­si­ble enu­me­rar en po­cas lí­neas ca­da una de sus mil vic­to­rias, pe­ro es fá­cil ver­las re­fle­ja­das en los nú­me­ros que com­po­nen su pal­ma­rés. In­te­gran­te del Top 10 del ran­king en for­ma inin­te­rrum­pi­da des­de oc­tu­bre de 2002, el sui­zo es el ju­ga­dor que es­tu­vo más se­ma­nas con­se­cu­ti­vas (237) y en to­tal (302) co­mo nú­me­ro uno del mun­do. Ju­gó más fi­na­les de Grand Slam (25) y ga­nó más tí­tu­los en esa ca­te­go­ría (17) que nin­gún otro ju­ga­dor. Es el ter­ce­ro con más tro­feos de la Era Abier­ta, de­trás tam­bién de Con­nors (109) y Lendl (94), y el pri­me­ro en la nó­mi­na de cam­peo­nes del Tor­neo de Maes­tros (6) que ca­da año cie­rra la tem­po­ra­da.

Esas son ci­fras que ejem­pli­fi­can una lis­ta de lo­gros que pa­re­ce in­ter­mi­na­ble, pe­ro que cul­mi­na, al me­nos por aho­ra, con el fes­te­jo en la fi­nal de Bris­ba­ne. Allí, Fe­de­rer, ade­más de se­llar su vic­to­ria nú­me­ro 1000 -so­bre 1227 par­ti­dos dispu­tados-, se trans­for­mó en el úni­co ju­ga­dor en la his­to­ria en ha­ber ga­na­do al me­nos un tí­tu­lo por año du­ran­te 15 años con­se­cu­ti­vos.

Pa­ra lo­grar­lo, tu­vo que tra­ba­jar bas­tan­te en la que fue su 125ª fi­nal. Por­que tras ha­ber do­mi­na­do el pri­mer par­cial, Rao­nic reac­cio­nó, le dio pe­lea en el se­gun­do y lo for­zó a sa­car lo me­jor de su jue­go en el set fi­nal. Pa­ra el sui­zo, eso hi­zo más dul­ce el triun­fo. “Fue más lin­do ha­ber ga­na­do en un par­ti­do du­ro, con ner­vios, con­tra un ri­val di­fí­cil. Sig­ni­fi­ca más ha­ber te­ni­do que co­rrer por el triun­fo que con­se­guir­lo en set co­rri­dos”, re­co­no­ció.

Ca­si dos ho­ras y me­dia des­pués de que el ca­na­dien­se co­nec­ta­ra su pri­mer sa­que de la no­che, la aten­ción del mun­do del te­nis se cen­tra­ba en Ro­ger, de pie en me­dio de la can­cha ce­les­te con los ojos hú­me­dos y ro­dea­do por los aplau­sos de sus fa­ná­ti­cos. O abra­za­do al tro­feo y es­col­ta­do por un “1000” gi­gan­te, mien­tras re­ci­bía una pla­que­ta de ma­nos de otra le­yen­da, Rod La­ver.

“He ju­ga­do mu­cho te­nis en los úl­ti­mos años y es­te es un mo­men­to es­pe­cial, sin du­das. Nun­ca voy a ol­vi­dar es­te par­ti­do”, ad­mi­tió el sui­zo, que le­jos de dar­se por sa­tis­fe­cho, ya tie­ne la men­te pues­ta en su pró­xi­mo ob­je­ti­vo: el Abier­to de Aus­tra­lia. “Creo que ten­go una chan­ce gran­de de ga­nar en Mel­bour­ne. Si no lo pen­sa­ra así, re­gre­sa­ría ma­ña­na a ca­sa”, sen­ten­ció. Y si él lo afir­ma, ¿quién se ani­ma a dis­cu­tír­se­lo? Des­pués de to­do, si al­guien sa­be de te­nis es Ro­ger Fe­de­rer. El hombre re­cord, el ícono mun­dial, el ju­ga­dor in­can­sa­ble. La le­yen­da vi­va.

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His­to­ria vi­va. Fe­de­rer le­van­ta el tro­feo en Bris­ba­ne y re­ci­be el homenaje de los or­ga­ni­za­do­res. El sui­zo si­gue asom­bran­do.

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Cam­peón. Ro­ger aca­ba de ga­nar­le a Mi­los Rao­nic.

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