El via­je­ro de los hie­los, es­pí­ri­tu in­quie­to

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Por Pa­blo Bi­zón pbi­zon@cla­rin.com

El 18 de ju­nio de 1928, una ex­pe­di­ción de avio­nes y bar­cos par­tió al res­ca­te de los tri­pu­lan­tes del di­ri­gi­ble Ita­lia, que ha­bía te­ni­do un ac­ci­den­te rum­bo al Po­lo Nor­te. Uno de esos avio­nes, en el que iba Roald Amund­sen, se es­tre­lló en el mar de Ba­rents. Sus res­tos nun­ca fue­ron ha­lla­dos.

Amund­sen era una ce­le­bri­dad en No­rue­ga, y en el mun­do. Par­ti­ci­pó en el pri­mer so­bre­vue­lo del Po­lo Nor­te, fue el pri­me­ro en na­ve­gar el Pa­so del No­roes­te y el pri­me­ro en lle­gar al Po­lo Sur, lo que le ga­nó el apo­do de “el via­je­ro de los hie­los”. Su his­to­ria se cuen­ta en va­rios mu­seos del país, co­mo el Fram, de Os­lo, o el Po­lar, de Trom­sø.

Nieto de un pes­ca­dor e hi­jo de un pe­que­ño ar­ma­dor, de jo­ven Roald se ad­mi­ró con la aven­tu­ra de su com­pa­trio­ta Fridt­jof Nan­sen, quien en 1889 atra­ve­só Groen­lan­dia, y co­men­zó a so­ñar con des­cu­brir nue­vos te­rri­to­rios. Al po­co tiem­po se em­bar­có en un pes­que­ro de fo­cas, lo que mar­có el ini­cio de su de­rro­te­ro de na­ve­gan­te: uno, otro y otro bar­co ba­lle­ne­ro, has­ta lle­gar a ser par­te de la ex­pe­di­ción an­tár­ti­ca del bel­ga Adrien De Ger­la­che al Po­lo Sur Mag­né­ti­co. Allí, en la An­tár­ti­da, pa­sa­ron el in­vierno, y Amund­sen se las arre­gló: ca­zan­do fo­cas ob­tu­vo car­nes, pie­les y acei­te.

De re­gre­so, se pro­pu­so des­cu­brir si de ver­dad exis­tía el­pa­so del No­roes­te, que, de­cían, se­ría la me­jor co­mu­ni­ca­ción en­tre los océa­nos Atlán­ti­co y Pa­cí­fi­co por el nor­te. Par­tió en 1903 en un pe­que­ño pes­que­ro, el Gjöa, con ví­ve­res pa­ra cin­co años. En el es­tre­cho de Ross que­dó va­ra­do por los hie­los y pa­só otro in­vierno he­la­do, con­vi­vien­do con es­qui­ma­les en la is­la King Wi­lliam. Apro­ve­chó pa­ra, en tri­neos ti­ra­dos por pe­rros, lle­gar al Po­lo Nor­te Mag­né­ti­co. En agos­to de 1906 atra­có en el sur de Alas­ka: ha­bía na­ve­ga­do por pri­me­ra vez el Pa­so del No­roes­te.

En­ton­ces qui­so ser el pri­me­ro en lle­gar al po­lo Nor­te. Pe­ro mien­tras ar­ma­ba la ex­pe­di­ción se le ade­lan­tó el es­ta­dou­ni­den­se Ro­bert Peary. Rá­pi­da­men­te pu­so en mar­cha su “plan B”: con­quis­tar el Po­lo Sur. Zar­pó en ju­nio de 1910, y en enero de 1911 lle­gó a la ba­rre­ra de Ross, en la An­tár­ti­da, don­de ar­mó una ba­se. En oc­tu­bre, par­tió de ex­pe­di­ción con cua­tro com­pa­ñe­ros, cua­tro tri­neos y 52 pe­rros, y el 14 de di­ciem­bre izó la ban­de­ra no­rue­ga en el po­lo Sur. Cuan­do re­gre­só a la ba­se, el 21 de enero de 1912, ha­bía re­co­rri­do 2.400 km en 94 días so­bre los hie­los an­tár­ti­cos. En su ho­me­na­je, el Go­bierno no­rue­go de­cla­ró el 14 de di­ciem­bre “Día del Po­lo Sur”.

Pe­ro no se que­dó quie­to. Apren­dió a pi­lo­tear avio­nes y par­ti­ci­pó en ex­pe­di­cio­nes aé­reas, in­clui­do el pri­mer so­bre­vue­lo del po­lo Nor­te en el di­ri­gi­ble Nor­ge, co­man­da­do por Um­ber­to No­bi­le. El mis­mo Um­ber­to No­bi­le a quien iba a res­ca­tar aquel fa­tí­di­co 18 de ju­nio de 1928.

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