Sue­ños de mar, ma­reos de tie­rra

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Por Dia­na Pa­zos dpa­zos@cla­rin.com

Si­go el con­se­jo de un vie­jo lo­bo de mar y me sien­to en una si­lla de la po­pa, a la ho­ra del oca­so y a la es­pe­ra de que el cru­ce­ro se pon­ga en mo­vi­mien­to. “No es el bar­co el que se va, sino el puer­to. Y con él, se van tam­bién to­dos mis pro­ble­mas”, me di­ce el hom­bre de vi­se­ra azul y de bar­ba blan­ca. Cuan­do sue­na la si­re­na, le ha­go ca­so: fi­jo la mi­ra­da en Bar­ce­lo­na y com­prue­bo có­mo su puer­to se ale­ja, se des­pi­de, se lle­va mis preo­cu­pa­cio­nes co­ti­dia­nas y apa­ren­te­men­te ur­gen­tes.

Ten­go sie­te no­ches por de­lan­te en el Me­di­te­rrá­neo. To­dos mis bie­nes ma­te­ria­les, mi in­ti­mi­dad y mi des­can­so se con­cen­tran en el ca­ma­ro­te 6127, en el sex­to pi­so de una na­ve que se lla­ma Ze­nith. Los pa­sa­je­ros ex­plo­ran ca­da cu­bier­ta a los gri­tos y des­cu­bren ca­fés en rin­co­nes in­ha­bi­ta­dos. La eu­fo­ria flo­tan­te me im­pul­sa a rom­per el arrai­ga­do há­bi­to de no des­ar­mar la va­li­ja: es­ta vez, cuel­go ves­ti­dos y cam­pe­ras en el pla­card, guar­do re­me­ras en los ca­jo­nes y or­deno cre­mas en el ba­ño y la me­sa de luz. Abro la no­te­book en mi nue­vo es­cri­to­rio. Sin wi-fi en el ca­ma­ro­te, los sue­ños me atra­pan en mi ver­sión analó­gi­ca.

Co­mo es un cru­ce­ro tu­rís­ti­co, los anun­cios alu­den con más fre­cuen­cia al po­zo del bin­go, al es­pec­tácu­lo noc­turno del tea­tro o a los des­cuen­tos de las tien­das que a las mi­llas náu­ti­cas re­co­rri­das o a las de­ci­sio­nes que se to­man en el puen­te de man­do. Pa­ra se­guir de cer­ca los ho­ra­rios de sa­li­da y pues­ta del sol, la ve­lo­ci­dad a la que se na­ve­ga y el pro­nós­ti­co, la tri­pu­la­ción de­ja so­bre ca­da ca­ma un “Dia­rio de a bor­do”. Allí se in­for­man tam­bién las lle­ga­das a los puer­tos y las par­ti­das, las op­cio­nes pa­ra co­mer y la agen­da de ac­ti­vi­da­des. Cues­ta creer­lo: al­gu­nos no ba­jan del bar­co.

Ca­da pa­sa­je­ro eli­ge có­mo vi­vi­rá el via­je. Es­tán las pa­re­jas que no con­tra­tan ex­cur­sio­nes y sa­bo­rean a su rit­mo una cer­ve­za o un he­la­do en la playa o pue­blo al que lle­gan. Y hay gru­pos fa­mi­lia­res o dea­mi­gos que se afe­rran a tours apre­ta­dos que ven­den las com­pa­ñías, an­te las ga­nas de co­no­cer mu­cho en po­co tiem­po y la cer­te­za de que el bar­co los es­pe­ra­rá en ca­so de al­gún per­can­ce.

La ce­na es la gran vi­drie­ra: no­che de ga­la, de blan­co (las dos más con­vo­can­tes), ro­jo y negro, tro­pi­cal. Se pue­de ju­gar a con­cu­rrir a una fies­ta te­má­ti­ca o se pue­den ig­no­rar las su­ge­ren­cias de ves­ti­men­ta. Otra op­ción es co­mer en el res­tau­ran­te buf­fet e ir­se a dor­mir más tem­prano.

Me gus­ta es­qui­var el bu­lli­cio, se­gún el áni­mo. Ca­mi­nar por cu­bier­tas ven­to­sas en­tre los fu­ma­do­res, ir a la biblioteca, con­tem­plar las olas des­de una ba­ran­da cual­quie­ra. Que la lu­na lle­ne la ven­ta­na de mi ca­ma­ro­te y el cuer­po des­can­se so­bre una me­ce­do­ra de agua. Di­vi­sar las si­lue­tas de los pue­blos. Y ma­rear­me un par de no­ches (¡có­mo se mue­ve la ca­ma!), ya de vuel­ta, en tie­rra firme.

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