El via­je de dos que no po­dían es­tar quie­tos

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Por Pa­blo Bi­zón pbi­zon@cla­rin.com

Esos sí que son (eran) via­jes. El de es­tos dos per­so­na­jes na­ció de un en­cuen­tro di­cen que for­tui­to, pe­ro re­sul­ta du­do­so que así fue­ra. Fue en Pe­kín, en 1935, que se cru­za­ron Ella Mai­llart y Pe­ter Fle­ming, dos que no po­dían es­tar­se quie­tos. Mai­llart, sui­za, ya a los 16 fun­dó el pri­mer club de hoc­key de la zo­na fran­có­fo­na de su país; a los 20 hi­zo una tra­ve­sía a ve­la de Can­nes a Cór­ce­ga; en 1924 par­ti­ci­pó en los Jue­gos Olím­pi­cos de Pa­rís; en 1925 se em­bar­có en un cru­ce­ro de Mar­se­lla a Ate­nas; lue­go fue miem­bro del equi­po sui­zo de es­quí y más tar­de via­jó a Mos­cú, atraí­da por el ci­ne ru­so. En 1930 re­co­rrió el Cáu­ca­so, y la zo­na so­vié­ti­ca de Asia cen­tral en 1932. Dos años más tar­de lle­gó a Man­chu­kuo, Es­ta­do fun­da­do por los ja­po­ne­ses en Chi­na, don­de co­no­ció a Fle­ming, en­ton­ces fa­mo­so re­por­te­ro del dia­rio in­glés The Ti­mes y te­nien­te co­ro­nel bri­tá­ni­co. Otro con hor­mi­gas en los pies, que pa­ra en­ton­ces ya ha­bía re­co­rri­do el Ama­zo­nas bra­si­le­ño y atra­ve­sa­do bue­na par­te de la Unión So­vié­ti­ca has­ta Chi­na. De aquel en­cuen­tro en Pe­kín na­ció un via­je de esos in­creí­bles, que hoy pa­re­ce­ría im­po­si­ble: 5.600 km a pie, a caballo, a lo­mo de ca­me­llo, des­de Pe­kín has­ta Sri­na­gar, en Ca­che­mi­ra, a tra­vés de la re­gión de Sin­kiang, los de­sier­tos de Pa­mir y Ka­ra­ko­rum y el te­cho del mun­do: los Hi­ma­la­yas. Un via­je de sie­te me­ses que am­bos, co­mo era de es­pe­rar, re­la­ta­ron con maes­tría: Pe­ter en su li­bro “No­ti­cias de Tar­ta­ria”, y Ella, en “Oa­sis prohi­bi­do”.

Acos­tum­bra­dos a via­jar siem­pre so­los, de­ci­die­ron atra­ve­sar jun­tos la tur­bu­len­ta Chi­na de la épo­ca. “Si lo desea, pue­de ve­nir con­mi­go”, di­cen que le di­jo Fle­ming a Mai­llart. Y que ella le con­tes­tó: “Perdón, soy yo quien va a lle­var­le si me re­sul­ta ven­ta­jo­so”. Cla­ro, Pe­ter era mi­li­tar y an­da­ba es­pian­do pa­ra Gran Bre­ta­ña, di­rá más de uno. Y es pro­ba­ble. Pe­ro ha­bía mu­cho más. ¿Lo mo­vían in­tere­ses po­lí­ti­cos? No lo sé, pe­ro le­yen­do su li­bro sí pue­do ver que lo que con se­gu­ri­dad lo mo­vía era el pla­cer de via­jar y de co­no­cer, so­bre to­do un mun­do que en aquel en­ton­ces era tan mis­te­rio­so pa­ra el hom­bre oc­ci­den­tal (tam­bién hoy, ape­ni­tas un po­co me­nos). Por­que ha­ce fal­ta pa­sión por via­jar -ade­más de ta­len­to, cla­ro- pa­ra des­ple­gar ese re­la­to de­li­cio­so de los pai­sa­jes, del es­fuer­zo, de la ta­rea de los por­tea­do­res, de las cri­sis en pleno re­co­rri­do, de las gen­tes y las cos­tum­bres que fue co­no­cien­do por el ca­mino. Ade­más, hay que ca­mi­nar du­ran­te 7 me­ses en­tre los 50 gra­dos de un in­ter­mi­na­ble mar de are­na y las tem­pe­ra­tu­ras ba­jo ce­ro de las mon­ta­ñas más al­tas del mun­do. Sue­lo acor­dar­me de ellos ca­da vez que al­gún tu­ris­ta hoy se que­ja a los gri­tos si el ca­fé del avión lle­ga a ve­nir un po­qui­to ti­bio o la pe­lí­cu­la que que­ría ver no es­tá en el me­nú. No. Aque­llos, co­mo el de Ella y Pe­ter, sí que son (eran) via­jes.

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