En la tie­rra de mis abue­los

Clarín - Viajes - - ÚLTIMA PARADA -

Ha­ce unos años, con mi ma­dre hi­ci­mos un via­je a la zo­na de As­tor­ga y al­re­de­do­res, des­de don­de ha­bían ve­ni­do sus abue­los. Fue una vi­si­ta muy emo­ti­va por­que nos en­con­tra­mos con pa­rien­tes que no co­no­cía­mos y por­que des­cu­bri­mos un pa­raí­so que no ima­gi­ná­ba­mos.

De As­tor­ga fui­mos a Pon­fe­rra­da, que hoy es una ciu­dad de más 60 mil ha­bi­tan­tes, y visitamos la igle­sia don­de se ha­bían ca­sa­do nues­tros abue­los. Atra­ve­sa­da por dos ríos, es la más po­bla­da en­tre las ciu­da­des que no son ca­pi­tal, y es be­llí­si­ma. Allí es­tá la en­cru­ci­ja­da en­tre el Ca­mino de San­tia­go y la Vía de la Pla­ta, nom­bre de una an­ti­gua cal­za­da ro­ma­na que en­la­za­ba la ciu­dad de Mé­ri­da con As­tor­ga. Es la puerta na­tu­ral de en­tra­da a Ga­li­cia y per­te­ne­ce a la pro­vin­cia de León, en la comunidad au­tó­no­ma de Cas­ti­lla y León.

Allí es­ta­ba aún la ca­sa de nues­tros abue­los, que ha­bían na­ci­do muy cer­ca, en Val de San Ro­mán, a don­de fui­mos lue­go. Es un pue­bli­to de mil ha­bi­tan­tes, de ca­lles de tie­rra y pie­dra y ca­sas ba­jas, tam­bién de pie­dra, que re­mi­ten a tiem­pos prehis­tó­ri­cos. Las ca­si­tas tie­nen bal­co­nes con flo­res y en la pla­za hay una fuen­te de las que cons­truían pa­ra abas­te­cer­se de agua.

Tras pa­sar por Val de San Ro­mán nos fui­mos a Las Mé­du­las, tam­bién en me­dio de una zo­na muy an­ti­gua, don­de se no­ta el pa­so y la per­ma­nen­cia de los ro­ma­nos: en las rui­nas, en al­gu­nas cons­truc­cio­nes que per­vi­ven, en las ca­na­li­za­cio­nes.

Allí, unos pa­rien­tes nos es­pe­ra­ban con una gran co­mi­lo­na de re­en­cuen­tro. Nos aga­sa­ja­ron con car­ne de cor­de­ro asa­da y una gran pae­lla, que era el an­to­jo de mi ma­dre. En ese pueblo, y en to­da la zo­na, abun­dan el vino y los que­sos. Si a eso le su­ma­mos el pan ca­se­ro, no hay die­ta que re­sis­ta.

La he­ren­cia ro­ma­na so­bre­sa­le de ma­ne­ra ex­tra­or­di­na­ria en el pueblo; el en­torno pai­sa­jís­ti­co es­tá de­ter­mi­na­do por una an­ti­gua mi­na, con­si­de­ra­da la ma­yor mi­na de oro a cie­lo abier­to de to­do el Im­pe­rio ro­mano. Y aún hoy se pue­de ver el tra­ba­jo de in­ge­nie­ría que se reali­zó pa­ra ex­traer el mi­ne­ral. Co­mo es de ima­gi­nar, im­pli­có una al­te­ra­ción del am­bien­te que dio co­mo re­sul­ta­do un pai­sa­je de are­nas ro­ji­zas, cu­bier­to de ve­ge­ta­ción ba­ja y de gran­des cas­ta­ños y ro­bles.

Otro día visitamos Mo­li­na­se­ca, de­cla­ra­da Con­jun­to His­tó­ri­co-ar­tís­ti­co ha­ce 40 años. Es un pueblo de pie­dra, las ca­lles y las ca­sas, con un río y puen­te­ci­tos. El más fa­mo­so es el Puen­te de los Pe­re­gri­nos, que tie­ne sie­te ojos, y per­mi­te se­guir el Ca­mino Fran­cés de la ru­ta a San­tia­go. Se la co­no­ce co­mo la co­mar­ca de El Bier­zo, un río cris­ta­lino lleno de flo­res. No tie­ne más de mil ha­bi­tan­tes, es co­mo en­trar en un mun­do de ju­gue­te, con to­do lo idea­li­za­do pues­to en un es­pa­cio mí­ni­mo. Allí es­tá la an­ti­gua Igle­sia de San Ni­co­lás de Ba­ri, de ori­gen ba­rro­co, y so­bre­sa­len al­gu­nas ca­so­nas de dos plan­tes con bal­co­nes que las re­co­rren de la­do a la­do.

Vol­vi­mos con­mo­vi­das. El en­cuen­tro fa­mi­liar fue in­creí­ble, y ese pai­sa­je y esos pue­blos que no fi­gu­ran en las guías tu­rís­ti­cas, nos de­ja­ron enamo­ra­das de la tie­rra de los abue­los.

Im­po­nen­te. El cas­ti­llo de Pon­fe­rra­da es­tá ubi­ca­do so­bre una co­li­na. Ac­tual­men­te es­tá ce­rra­do a las vi­si­tas por el coronaviru­s.

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