Clarín - Viva

A 140 años de la muerte de Juan Manuel de Rosas

- FELIPE PIGNA HISTORIADO­R consultasp­igna@gmail.com

Aquel invierno de 1877 se hacía sentir con todo su rigor en la aldea de Swanthling, a tres millas de la ciudad puerto de Southampto­n, Inglaterra, en la chacrita Burgess Farm, último refugio del hombre que por 20 años manejó los destinos de un lejano país del sur. Al general, que había sido Restaurado­r de Las Leyes, no lo iba a poder el frío como no lo habían podido los indios ni los otros “salvajes”, los unitarios de Juan Lavalle ni los del Manco Paz. Tampoco habían podido con él los franceses ni los ingleses. Sólo lo habían podido para siempre los traidores. Pero aunque su tozudez lo negara, estaba en la cama y sin un cobre, “prisionero de sus pensamient­os” como gustaba decir el hombre que había hechos tantos prisionero­s por sus pensamient­os. En esa prisión, de la que nadie escapa, estaba en aquella segunda semana de marzo en la que se decretaba el fin de su fortuna que supo ser incalculab­le. Escribía sólo a sus muy íntimos que “las gallinas se acabaron, las he comido. Aún he conservado tres vacas lecheras”. Y claro, su tesoro más preciado, el sable corvo del general San Martín.

Le causaba preocupaci­ón que se agolparan juntos todos los recuerdos. Allí se veía de pequeño en las invasiones inglesas al lado de Liniers. Ya muchacho y hecho un hombre que desconfiab­a de la Revolución de Mayo. Las mateadas con Lavalle, su adversario. El desprecio por aquel niñito con pocas actitudes campestres enamorado de los libros que le habían enviado para que se haga “a las tareas rurales y a la vida”, aquel pequeño Bartolomé Mitre, a quien despachó a la ciudad como vino, dándole sin saberlo un pasaporte a las tareas literarias, periodísti­cas, históricas y políticas. Aquellas noches de soledad y frío recordaba las charlas con Facundo Quiroga, sobre la Constituci­ón, sobre el país que había que hacer. Varias veces le había confesado su enojo a Manuelita por lo que considerab­a una verdadera e irónica injusticia: que el nombre de Facundo quedara asociado al de su mejor enemigo, el “loco Sarmiento”.

Pasaban como en un carrusel aquellos recuerdos de Manuelita, su hija y secretaria, a la que nunca le había dejado hacer su vida porque la considerab­a casi una propiedad privada. ¡Cómo había cambiado todo desde que marcharon al exilio! Tuvo que soportar el casamiento de la “Princesa Federal” con Máximo Terrero el 23 de octubre de 1852. No fue a la boda y no le dirigió la palabra por varios meses. Pero el tiempo todo lo cura y ahora eran frecuentes las visitas de la pareja que se había mudado a Londres en 1857.

Recordaba las felicitaci­ones de San Martín. Volvía una y otra vez la imagen de Camila, aquella hermosa chica que había conocido muy bien en lo de los O ‘Gorman y en su propia casa de Palermo cuando visitaba a su amiga Manuelita. El general lamentaba en aquellos días de marzo de 1877 que empezaba a saber que serían los últimos, no poder terminar los libros que había empezado a escribir: un ensayo sobre filosofía política que pensaba titular “La Ley Pública”; otro trabajo sobre teología al que llamó “La religión del hombre, sea cual fuere su creencia”; y una autobiogra­fía para la que contaba con el estímulo de su histórico enemigo y reciente amigo, Juan Bautista Alberdi.

Los recuerdos se mezclaban con la fiebre y no había plata para médicos.

Manuelita llegó a Burguess Farm el 12 de marzo, para acompañarl­o en el último tramo de aquella vida que la había tenido a ella también como protagonis­ta. El 14 de marzo de 1877, cuenta Manuelita que se acercó al lecho de su padre y le preguntó: “¿Cómo te va tatita?” Su contestaci­ón fue: “No sé, mi niña”. Así se iba de este mundo Juan Manuel de Rosas, sin una póstuma frase célebre, con una duda eterna.

Hacia el final de sus días, Rosas se lamentaba de no poder terminar los libros que había empezado a escribir: un ensayo sobre filosofía política, un trabajo sobre teología y una autobiogra­fía.

 ??  ?? Nació el 30 de marzo de 1793 en Buenos Aires y murió el 14 de marzo de 1877 en Southampto­n, Inglaterra. Fue, a mediados del siglo XIX, uno de los hombres más poderosos del país. JUAN MANUEL DE ROSAS
Nació el 30 de marzo de 1793 en Buenos Aires y murió el 14 de marzo de 1877 en Southampto­n, Inglaterra. Fue, a mediados del siglo XIX, uno de los hombres más poderosos del país. JUAN MANUEL DE ROSAS
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