AQUELLLOS LO­COS DIAS DE MA­RA­DO­NA EN NAPOLES

Aca­ba de sa­lir en Ita­lia un li­bro con fo­tos iné­di­tas de Ma­ra­do­na en el Na­po­li. Su au­tor:el hi­jo del fo­tó­gra­fo del club, que a los 17 años em­pe­zó a se­guir al crack por to­dos la­dos.

Clarin - Viva - - Sumario - POR LEAN­DRO ZANONI FO­TOS: SERGIO SIANO

SERGIO SIANO TE­NIA 15 AÑOS CUAN­DO DIE­GO LLE­GO AL NA­PO­LI. HI­JO DEL FOTOGRAFO DEL CLUB, SE DE­DI­CO A RE­TRA­TAR AL CRACK EN LA CAN­CHA Y EN LA IN­TI­MI­DAD. ESOS RE­GIS­TROS SA­LEN POR PRI­ME­RA VEZ A LA LUZ EN ITA­LIA.

Die­go al Na­po­li? Na­die lo pue­de creer. Sergio tam­po­co. Tie­ne 15 años, es na­po­li­tano. Su padre Ma­rio es fo­tó­gra­fo ofi­cial del club, al igual que su her­mano ma­yor. Sa­be que tie­ne un des­tino tra­za­do, pe­ro... ¿cuán­to fal­ta to­da­vía? Vi­ve y res­pi­ra fút­bol. Va al es­ta­dio San Pao­lo ca­da vez que jue­ga el Na­po­li, a la fa­mo­sa Cur­va A, con la ba­rra. El equi­po no an­da bien, se sal­va del des­cen­so. De re­pen­te, a mi­tad de 1984, cae un tal Die­go Ar­man­do Ma­ra­do­na con 23 años, dis­pues­to a co­mer­se el mun­do des­pués de dos años com­pli­ca­dos en el Bar­ce­lo­na. En­ton­ces Sergio aga­rra la cá­ma­ra y em­pie­za a sa­car fo­tos. Y no pa­ra más. Es su des­tino.

“El día que lle­gó Die­go, yo es­ta­ba en­tre los 80 mil na­po­li­ta­nos que fui­mos al es­ta­dio a re­ci­bir y a sa­lu­dar al nue­vo rey de Ná­po­les. Fue una emo­ción muy fuer­te, co­mo un her­mo­so sue­ño. No po­día creer que el fut­bo­lis­ta más gran­de del mun­do hu­bie­ra elegido ve­nir a Ná­po­les, una ciu­dad di­fí­cil en aquel en­ton­ces. ¡Y a un equi­po que nun­ca ha­bía ga­na­do el scu­det­to!”, re­cuer­da Sergio, hoy, a 34 años de aquel mo­men­to que mar­ca­ría un an­tes y un des­pués tan­to en la ciu­dad co­mo en su vi­da.

La his­to­ria del fút­bol co­lec­cio­na po­cos ro­man­ces tan in­ten­sos y glo­rio­sos co­mo el de Die­go Ma­ra­do­na con el Na­po­li y los na­po­li­ta­nos. Fue­ron sie­te años úni­cos e irre­pe­ti­bles, des­bor­da­dos por un fre­ne­sí que só­lo pue­de ge­ne­rar esa ur­be, la más ha­bi­ta­da del sur de Ita­lia. To­do lo que pa­só allí du­ran­te aque­llos sie­te años (1984-1991) fue un ex­ce­so: go­les, cam­peo­na­tos, gri­tos, his­te­ria, festejos, lu­jos, dó­la­res, pe­ro tam­bién tris­te­zas, es­cán­da­los, lá­gri­mas, no­ches lar­gas, dro­ga. Se tra­tó de una com­bi­na­ción le­tal: la exa­ge­ra­ción na­po­li­ta­na cho­có de fren­te con la pa­sión ma­ra­do­nia­na. Y el Ve­su­bio ar­dió co­mo nun­ca. Tres dé­ca­das des­pués, las ré­pli­cas de aquel te­rre­mo­to to­da­vía se sien­ten.

Sergio Siano em­pe­zó a sa­car­le fo­tos a Die­go en los en­tre­na­mien­tos, en el ves­tua­rio, en las can­chas. Acu­mu­ló más de mil y es­pe­ró. Es­pe­ró a que el Diez se vol­vie­ra le­yen­da y a que aque­llos tiem­pos de lo­cu­ra y glo­ria se vol­vie­ran his­to­ria le­ja­na. Es­te año, fi­nal­men­te, las me­jo­res imá­ge­nes vie­ron la luz en el li­bro Ma­ra­do­na, pu­bli­ca­do en Ita­lia por la edi­to­rial na­po­li­ta­na In­tra Moe­nia. Son más de 160 fo­tos blan­co y ne­gro, ca­si to­das iné­di­tas, re­par­ti­das con muy po­co tex­to en 220 pá­gi­nas.

“No po­ner fo­tos en co­lo­res fue una elec­ción edi­to­rial, por­que me gus­ta mu­cho el blan­co y ne­gro y ade­más me lle­van a esos pri­me­ros años ‘80, cuan­do sa­ca­ba con una Ni­kon F3s, la me­jor cá­ma­ra que tu­ve en mi vi­da”, ex­pli­ca Sergio des­de Ná­po­les, vía mail.

In­tru­so en la glo­ria. La cá­ma­ra, la dis­cre­ción y la im­pu­ni­dad de su edad le sir­vie­ron a Sergio pa­ra ha­cer­se in­vi­si­ble en­tre las pa­re­des del club y del pre­dio don­de el Na­po­li en­tre­na­ba. Pu­do co­lar­se en la in­ti­mi­dad del as­tro pa­ra re­tra- tar­lo co­mo na­die an­tes: en slip en la ca­mi­lla de ma­sa­jes del ves­tua­rio, col­ga­do co­mo un po­llo ca­be­za aba­jo pa­ra es­ti­rar la co­lum­na ( jun­to a Fer­nan­do Sig­no­ri­ni, su his­tó­ri­co pre­pa­ra­dor fí­si­co per­so­nal), en­tre­nan­do con la ca­ra pin­ta­da con ba­rro a lo Ram­bo o pen­sa­ti­vo ti­ra­do en el pas­to.

“Yo era el más chi­co de los fo­tó­gra­fos que se­guían a Die­go. Por eso, él, que se da­ba cuen­ta de to­do, me de­ja­ba fo­to­gra­fiar­lo en cual­quier mo­men­to. Era un gran per­so­na­je”, afir­ma Sergio.

¿Cuál fue el cri­te­rio que usas­te pa­ra ele­gir las imá­ge­nes? Ten­go mi­les de fo­tos de Ma­ra­do­na, pe­ro no me so­bra­ba tiem­po pa­ra in­ves­ti­gar. Era im­po­si­ble pu­bli­car­las to­das, así que bus­qué aqué­llas en las que se pu­die­ran ver tam­bién a otros gran­des ju­ga­do­res que ju­ga­ban en la li­ga ita­lia­na de esa épo­ca, co­mo Pla­ti­ni, Ca­re­ca, Brie­gel. Era el me­jor cam­peo­na­to del mun­do. ¿Hay al­gu­na fo­to que ten­ga un sig­ni­fi­ca­do es­pe­cial? Pa­ra mí, la fo­to más em­ble­má­ti­ca del li­bro es la del fi­nal de su ca­rre­ra en Na­po­li, una en que Die­go es­tá sin ca­mi­se­ta, con el pe­cho desnudo, pe­ro con el bra­za­le­te de ca­pi­tán pues­to, pe­ga­do al brazo. El lo mi­ra. Me gus­ta y me emo­cio­na por­que Die­go no só­lo era el ca­pi­tán del equi­po, sino tam­bién el ca­pi­tán de la ciu­dad, de to­do el pue­blo na­po­li­tano. De to­dos los go­les que le vis­te ha­cer a Die­go, ¿cuál te gus­tó más? To­dos sim­bo­li­za­ban la be­lle­za y la ale­gría, por lo que es muy di­fí­cil ele­gir un so­lo gol. Hi­zo co­sas im­pre­sio­nan­tes que nun­ca más vi en otro ju­ga­dor. Pe­ro si es­toy obli­ga­do a ele­gir uno, re­cuer­do el go­la­zo que le ha­ce al Ve­ro­na des­de la mi­tad de la can­cha, el 20 de oc­tu­bre de 1985. Ve­ro­na era un equi­po fuer­tí­si­mo, el úl­ti­mo cam­peón de Ita­lia aquel año. Pe­ro le ga­na­mos 5 a 0. ¡Fue in­creí­ble! Una co­sa ex­tra­or­di­na­ria.

El li­bro tie­ne más de vein­te fo­tos de los festejos del pri­mer scu­det­to que ga­nó el Ná­po­li en su his­to­ria. Fue el do­min­go 10 de ma­yo de 1987 tras el em­pa­te 1 a 1 con la Fio­ren­ti­na. El de­li­rio co­lec­ti­vo du­ró va­rios días. El club chi­co y po­bre del sur, que nun­ca ha­bía ga­na­do na­da, aho­ra le mo­ja­ba la ore­ja a los ri­cos y po­de­ro­sos del nor­te: Mi­lan, In­ter, Ju­ven-

“DIE­GO NO SO­LO ERA EL CAPITAN DEL EQUI­PO SINO TAM­BIEN EL DE TO­DO EL PUE­BLO NA­PO­LI­TANO .” ...

tus, Ro­ma. Y to­do gra­cias a Ma­ra­do­na, que a par­tir de aquel día pa­só a ser san­to y pa­trono de Ná­po­les, ca­si a la al­tu­ra de San Gen­na­ro.

Un día an­tes de la con­sa­gra­ción, Sergio Siano se subió a su mo­to­ci­cle­ta Ciao de­lla Piag­gio pa­ra re­co­rrer los ba­rrios de la ciu­dad sin rum­bo fi­jo y sa­car fo­tos. Ná­po­les se pre­pa­ra­ba pa­ra su fies­ta his­tó­ri­ca. Las ven­ta­nas de­co­ra­das de azul, la gen­te bai­lan­do ta­ran­te­las in­ter­mi­na­bles has­ta aden­tro de las fuen­tes, las me­sas en la ca­lle con car­ne y pas­tas y be­bi­das. Los pi­sos pin­ta­dos, las ban­de­ras, los au­tos con diez per­so­nas aden­tro, las pla­zas des­bor­da­das. Por to­dos la­dos, ataú­des con los co­lo­res ro­jo y ne­gro del Mi­lan. Fue un jú­bi­lo.

Sergio te­nía 18 años y sa­bía que ca­da fo­to que sa­ca­ba po­día ser his­tó­ri­ca. Co­mo la que hi­zo de un ne­ni­to fes­te­jan­do un gol al es­ti­lo Ma­ra­do­na, que ter­mi­nó en la ta­pa del li­bro La do­me­ni­ca del vi­llag­gio ( Un do­min­go en la ciu­dad), de Lu­ciano de Cres­cen­zo.

Al día si­guien­te, cam­peo­nes. “Du­ran­te los úl­ti­mos mi­nu­tos del par­ti­do me des­ma­yé. ¡No ha­bía dor­mi­do en dos días! Tal vez me que­dé dor­mi­do por unos se­gun­dos, con la cá­ma­ra apun­tan­do pe­ro con los ojos ce­rra­dos. Me des­per­té por el so­ni­do de las trom­pe­tas, to­das sin­cro­ni­za­das, abrí los ojos y vi el cie­lo y la tie­rra to­do azul, ver­de y ro­jo. El hu­mo in­clu­so ta­pa­ba a los ju­ga­do­res, pe­ro de la nu­be azul sa­lió la ca­mi­se­ta ne­gra de Pier­lui­gi Pai­ret­to, y el ár­bi­tro dio los tres pi­ta­zos que nun­ca ol­vi­da­ré: el Na­po­li cam­peón ita­liano. No fue un sue­ño”, es­cri­bió Sergio Siano en su li­bro.

“Creo que fue el día más her­mo­so, y más emo­cio­nan­te de to­dos los festejos de cual­quie­ra que ha­ya ha­bi­do en la his­to­ria de la ciu­dad. Nun­ca vol­ví a ver a Ná­po­les tan fe­liz, tan uni­da. Me pa­re­ce irrepetible”, re­cuer­da aho­ra.

En el li­bro hay una fo­to de la puer­ta del ce­men­te­rio de Ná­po­les con una ban­de­ra que de­cía: “No sa­ben lo que se per­die­ron”.

En el ojo del tor­na­do. Lle­ga­ron los triun­fos, los go­les y la fa­ma, pe­ro tam­bién los pro­ble­mas. Die­go no po­día sa­lir de su ca­sa. Ya ha­bía si­do cam­peón del mun­do en Mé­xi­co ‘86, le ha­bía da­do un scu­det­to a Ná­po­les (1987) y era el rey del fút­bol. Los me­dios lo ro­dea­ban co­mo mos­cas. “Pa­ra un hom­bre li­bre co­mo Ma­ra­do­na, sen­tir­se as­fi­xia­do por la pren­sa y la gen­te era muy ma­lo. Era per­se­gui­do y con­tro­la­do to­dos los días. Por eso tu­vo que em­pe­zar a vi­vir de no­che y de ahí pro­vie­nen sus erro­res”, di­ce Sergio, tal vez en bus­ca de al­gu­na ra­zón pa­ra tan­tos tro­pie­zos.

Des­pués del Mun­dial de Ita­lia ‘90, la vi­da del Diez en Ná­po­les fue un calvario. El 17 mar­zo de 1991, el Na­po­li le ga­nó al Ba­ri 1 a 0 y Die­go sa­lió sor­tea­do en el an­ti­do­ping. A la se­ma­na, la no­ti­cia que na­die en Ná­po­les que­ría pe­ro que en el nor­te ita­liano mu­chos es­pe­ra­ban: po­si­ti­vo por co­caí­na. An­tes de co­no­cer la san­ción de la Fe­de­ra­ción Ita­lia­na, Ma­ra­do­na de­jó Ná­po­les y se vol­vió a Bue­nos Ai­res. Fin de la his­to­ria.

“Fue muy tris­te”, re­cuer­da Sergio. “Un fi­nal que na­die me­re­cía, ni los na­po­li­ta­nos ni Ma­ra­do­na. Pe­ro sa­bía­mos que la re­la­ción con el pre­si­den­te de aquel en­ton­ces, Co­rra­do Fer­laino, es­ta­ba muy mal. Y lo del do­ping... Siem­pre ima­gi­né el par­ti­do de la des­pe­di­da que no pu­do ser, ¿có­mo hu­bie­ra si­do? Es una pie­za que fal­ta en el ma­ra­vi­llo­so mo­sai­co de Die­go y Na­po­li. Quién sa­be, tal vez al­gún día ese par­ti­do su­ce­da, ¿no?”

Me­ses an­tes de ir­se, en un Na­po­li con­tra Ro­ma, Ma­ra­do­na hi­zo un gol y co­rrió a fes­te­jar­lo ha­cia el ban­de­rín del cór­ner, co­mo tan­tas ve­ces lo ha­bía he­cho. Ahí es­ta­ba Sergio, sa­can­do fo­tos. “Die­go me abra­zó co­mo si fue­ra su com­pa­ñe­ro de equi­po. Unos se­gun­dos con el San Pao­lo lleno, la hin­cha­da gri­tan­do el gol. Me sen­tí un ju­ga­dor más. Vol­ví a mi lu­gar a se­guir con mi tra­ba­jo, pe­ro ese mo­men­to lo lle­va­ré pa­ra siem­pre en mi co­ra­zón. La fo­to­gra­fía du­ra un ins­tan­te, pe­ro esa fo­to du­ra to­da la vi­da. Hoy le de­vuel­vo aquel abrazo de­di­cán­do­le es­te li­bro”, evo­ca Sergio. La fo­to de ellos dos fes­te­jan­do cie­rra el li­bro.

¿Al­gu­na vez vol­vis­te a ver o a ha­blar con Die­go? Lo vi de nue­vo en el San Pao­lo pa­ra el par­ti­do de des­pe­di­da de Ci­ro Fe­rra­ra ( 2005), pe­ro ha­bía de­ma­sia­da gen­te a su al­re­de­dor, así que só­lo pu­de fo­to­gra­fiar­lo. Só­lo los gran­des se le­van­tan to­do el tiem­po y Die­go lo hi­zo mu­chas ve­ces. Hoy en­tre­na a un nue­vo equi­po en Mé­xi­co y quie­re vol­ver a ga­nar. Ma­ra­do­na es así.

“PA­RA UN HOM­BRE LI­BRE CO­MO DIE­GO, SEN­TIR­SE AS­FI­XIA­DO ERA MUY MA­LO.” ...

POR­TA­DA El me­jor Ma­ra­do­na, fo­to­gra­fia­do por Sergio Siano.

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