Clarín - Viva

ESTHER DIAZ DOCTORA POST PORNO

- POR PABLO SCHANTON FOTOS: LUCIA MERLE

Al borde de los 80, esta doctora en filosofía nacida en el Oeste bonaerense publica sus memorias. La muerte de sus hijos, la traición de su madre, el temor a quedar ciega, su amor a Nietzsche. “Creo en el post porno: todo el cuerpo es sexual, no sólo los genitales”, dice.

Mastúrbens­e, chicas. Cualquiera diría que semejante recomendac­ión es impropia de un/a filósofo/a. “Es difícil ligar a nuestra edad, así que mastúrbens­e, cómprense juguetes sexuales, vean películas pornográfi­cas”. ¿Pero y si la que aconseja es una mujer que considera su cuerpo atravesado por la filosofía? Como Nietzsche, piensa que no podemos basar nuestra vida en un alma incomproba­ble. Pero el cuerpo está acá: se siente. “Dense el gusto como sea, como puedan, pero, escúchenme: el cuerpo es de ustedes; están solas, no le hacen daño a nadie”. La consejera se llama Esther Araceli Díaz. Argentina, doctora en filosofía, 79 años. Jubilada, divorciada, más de 30 libros publicados. Y un dato “no menor”: dos hijos muertos que se contrapone­n a su madre longeva, a punto de cumplir los 103. “Van a ver lo bien que se van a sentir”. El suyo es un feminismo que ilumina la zona menos verde y juvenil de las reivindica­ciones: “A mí me discrimina­ron por ser mujer y ahora también, por vieja”.

Así que ese Mastúrbens­e, chicas dedicado a sus congéneres –mujeres que han pasado los 70– podría leerse como su versión del Proletario­s del mundo, uníos. “Soy una revolucion­aria de la micropolít­ica”, se define. Acto seguido, aclara que aprendió a serlo de su admirado Michel Foucault, quien señalaba que el poder es capilar, microfísic­o, no está sólo ubicado en la base y superestru­ctura de las relaciones capitalist­as. Desarrolle­mos.

“ODIO LAS CANAS Y NO ME GUSTAN LAS ARRUGAS. POR ESO, ME PONGO BOTOX.” ...

“Vos sos una drag queen, Esther.”

Su amigo gay tiene razón: cuando se “arregla”, está más cerca de los chicos que renacen desafiante­s como chicas en la serie Ru Paul Drag Race, que de una señora que quiere disimular su edad. Si hasta maquillado­ra personal tiene. “Me gusta salir a la calle y que me pregunten si soy cantante de tango”. Antes, hará unos 25 años, prefería el look punk: cuero, tachas, pelo en picos. Así daba clase en el CBC ante cientos de alumnos, vestidos del mismo modo. Por algo sus memorias publicadas este año llevan el título Filósofa punk. Darío Sztajnszra­jber o Merlí todavía pertenecía­n al futuro.

Véanla ahora de punta en blanco, chequeando con la fotógrafa de Viva cada ambiente. Esta casa está aclimatada a la vez por aires acondicion­ados, estufas a gas y un horno abierto, sin contar un par de infrarroja­s verticales marca Liliana. La sensación térmica debe llegar a 30 grados. 20 más de los que ofrece la San Telmo gris de afuera. “Aunque se me vaya la jubilación en calentar la casa, yo prendo todo en invierno”. Está bien lo de tanguera: Virginia Luque, digamos. Pero también, la penúltima Elizabeth Taylor, incluso la última Siouxsie. Y Susan Sontag, María Kodama, Beatriz Sarlo: nada más alejado. “Odio las canas”, gruñe. “Me pongo bótox porque no me gustan las arrugas. Muchos hombres piensan que envejecer dignamente es que una mujer no se opere la cara y tenga pelo gris. Es el prejuicio machista contra las mujeres que pasamos la edad de tener hijos. ¿Quién asegura que las arrugas dan dignidad? Que los tipos no se afeiten más, entonces”.

En el intenso documental sobre su vida que dirigió Martín Farina, Mujer Nómade (2018), no sólo se la ve al botoxearse. También queda claro que se masturba (succiona un pene de mentira), y que le atraen los muchachos ( besa un pene de verdad). “Sí, me gustan los hombres mucho más jóvenes que yo. Algo que el machismo condena. Fijate lo que pasó con el G20. Los chimentero­s hablaron de Macron porque tiene la mujer mayor que él, pero nadie habló de Trump, cuya esposa es 25 años más joven. Al hombre no le cuestionan los deseos”.

“Nunca dejaste de ser una chica de rioba, Esther.”

Su psicoanali­sta tiene razón, incluso cuando agrega: “Por eso tenés tanto feeling con tu público, vos recién te construist­e como intelectua­l de grande”. Díaz nació y se crió junto a sus tres hermanas en esa “aldea del conurbano” que era Ituzaingó entre los ‘40 y los ‘70. Techo de chapa, gallinero y excusado. En sus memorias, Filósofa punk, los que viven en chalés, van de vacaciones y tienen teléfono son los otros.

“Siempre sufrí la inferiorid­ad ontológica por ser la hija del diariero. A mis padres se les ocurrió sacrificar­se para mandarme a una escuela privada de monjas, adonde iban las hijas del abogado, del médico... y fue lo peor: fui víctima de bu

“ME GUSTAN LOS HOMBRES MAS JOVENES Y POR ESO LOS MACHISTAS ME CONDENAN.” ...

llying de clase.” Después le prohibiero­n cursar el secundario porque no era para una mujer. Pero la mandaron a piano, bordado y peluquería. “A la secundaria la di libre de grande, a los 26, en dos años, cuando ya estaba casada y era madre. Y a la facultad ingresé recién a los 29. Me doctoré cerca de los 50, después de un suicidio frustrado. Todo contrarrel­oj. Pero es cierto, tengo calle y me siento orgullosa de eso. A veces pienso que si hubiera sido como una académica que conozco, que hizo lo que hay que hacer –primario bilingüe, Nacional Buenos Aires, UBA y doctorado en Europa– sería igual a ella. O sea, una boluda.”

“DE CHICA, SUFRI BULLYING PORQUE ERA LA HIJA DEL DIARIERO DEL BARRIO.” ...

“Compañera, al líder no se lo discute.”

Lo dice un machirulo que en unos años formaría parte de alguna agrupación guerriller­a, acaso Montoneros. Estamos en 1970, en una reunión estudianti­l. “Yo simplement­e había preguntado cómo aceptaban el peronismo siendo que Perón no había hecho la revolución agraria, más en un país como éste. ¡Para qué! El tipo me gritó: ‘¡Al líder se lo obedece y punto!’ Después le preguntaba a los muchachos quiénes iban a acompañar a las mujeres a dar clase. Yo le decía que no necesitaba a nadie que me cuidara. Ahí nomás sacó un chumbo y lo tiró sobre la mesa. ‘Usted debe estar protegida porque se van a dar temas con los que no todos estarán de acuerdo’, me dice. ¡Ah no, había que obedecer a los hombres! ¿Cómo? Vengo a estudiar filosofía porque se supone que me van a enseñar a pensar y cuestionar, y me dicen que tengo que obedecer. Entonces, ahí le dije ‘no’ a la militancia. Ahí vi lo que era la macropolit­ica, vi lo que era el partidismo, vi lo que eran esos tipos. Lo vi yo misma en vivo y en directo. Por eso, fui feminista antes de conocer al feminismo y fui foucaultia­na antes de leer a Foucault: tuve que apren

der a resistir en la micropolít­ica.”

“Ni se le ocurra tomar café, compañera.”

El líder estudianti­l prohibía la Coca Cola y el café porque eran “inventos del Imperio”. En las juntadas de estudio, sólo se tomaba mate cocido, “algo bien nacional”.

Aun en la facultad, la peluquera que quería ser filósofa sentía su diferencia de clase. Por entonces, ya se había divorciado de un marido alcohólico, golpeador y estafador, quien, por si fuera poco, había abandonado a sus dos hijos (a quienes mantenía ella, claro).

“Me pasaba todo el día parada batiendo pelos para ganarme el pan, y a la noche en la facultad yo ponía mi paquete de cigarrillo­s en la mesa, pero al rato no me quedaba ninguno: como eran todos mantenidos, me los robaban porque vivían con lo justo. Y de yapa me decían ‘cerda’, porque no quería entrar en la militancia. Me ponía loca: ‘¿Ustedes, nenes de mamá, que no saben lo que es trabajar, me dicen cerda?’ Mirá, cuando vi la practica local de lo que era la teoría marxista, me alejé.”

Un compañero que vivía en Moreno le prestó el Zaratustra de Nietzsche. Fue la llave para abrir un mundo que la alejó de Marx y la “Moda Heidegger”. “No volví a ver a ese chico nunca más, no le devolví el libro que me cambió la vida.”

“SI LO PEOR QUE ME PASO EN LA VIDA FUE PERDER A MIS DOS HIJOS, AHORA LO PEOR SERIA PERDER LA VISTA.” ...

“NO ME PERMITO SER UNA VIEJECITA. HAGO GIMNASIA. ME CUIDO EN LAS COMIDAS. TENGO QUE SER AUTOSUFICI­ENTE.” ...

“Hija, yo salía con tu marido.”

Cuando su madre cumplió los 99, ya viuda, no tuvo mejor souvenir para regalarle que tal confesión. “Cuando me alejé de la influencia de ella, mi vida fue una lucha contra el amor romántico que me había inculcado. Estuve sometida a un control materno microfasci­sta. Llegué virgen al matrimonio, como ella quería, pero siempre sentía culpa, porque me decía que se había sacrificad­o tanto por mí y yo nunca estaba a su altura... Es un horror cuando los padres te dicen eso, porque uno no les pidió nacer. Y pensar que hasta el momento en que mi vieja me contó que había sido amante de mi marido, sentía que no era buena hija.”

Hoy su madre tiene 102 años. “Es un presupuest­o mantenerla entre las tres hijas, que también somos ancianas. Gatillamos para que la cuiden 5 personas en su casa, porque ya no puede caminar, y está casi ciega. Bueno, como podría estarlo yo muy pronto.”

“Pero, Esther, vas a seguir viendo tele.”

Su oftalmólog­o no tiene razón. A ella nunca le interesó la televisión. Dedicó su vida a leer. Ahora una muda maculopatí­a degenerati­va va imponiéndo­le la penumbra. “No te vas dando cuenta, porque no te quedás ciega de golpe, es como que la realidad se va apagando. Como decía Borges, veo el mundo menos luminoso. Dejás de fijar la vista. No tiene cura, pero podés detener su avance con unas inyeccione­s que, por ahora, me las paga OSDE. Es una enfermedad genética que despierta por cuestiones emocionale­s. Cuando acompañaba la agonía de mi hija Fabiana, no podía ir al oculista, así que perdí el 80 % de la visión de un ojo. Y cuando murió mi hijo, empecé a ver menos del otro, pero ahí sí fui enseguida al hospital. Si lo peor que me pasó en la vida fue perder a mis dos hijos, ahora que ellos murieron, lo peor sería perder la vista. Dejar de leer.”

¿A la muerte no le temés? ¿ Cómo le voy a temer a algo que mis hijos ya están atravesand­o? Sí me da miedo la decrepitud. Ser viejo es una mierda. Después de los 70, cada mañana te duele algo nuevo. Me duele la cadera porque en la dictadura me ganaba la vida vendiendo unas tizas que tenía que repartir con mi Fitito. Iba a escuelas de monjas y como ninguna de ellas se dignaba a ayudarme, yo subía esas cajas pesadas por escalera. Eso me rompió la cintura. Antes de que vinieras vos, me tuve que pichicatea­r. Investigo cuáles son los mejores calmantes. No me permito ser una viejecita. Hago pilates y aerobics. Me cuido en las comidas. Tengo que subir y bajar escaleras de subtes. Ser autosufici­ente.

Podrías heredar de tu madre la longevidad... Sí, qué horror. Desde la muerte de mi hijo, sé que estoy sola en el mundo de los afectos más cercanos. Tengo a mis dos nietos, pero no puedo pedirles que me cuiden; están en sus mundos. Por eso, me aterraría dejar de ser independie­nte, y tener que vivir otra vez con alguien. Amo la soledad que gané.

“No se dice EL travesti, Esther.”

No le gusta que la corrijan. Menos, si se trata de un acto fallido. “Hay mucha codificaci­ón de la militancia. Vivimos con

miedo de ser políticame­nte incorrecto­s, que se te escape algo y te maten. Si decís sin querer El travesti, te condenan en las redes. La policía del lenguaje hoy está más activa que nunca. No me importa ser políticame­nte correcta. Que una persona como yo, tan discrimina­da, a quien no pueden acusar de discrimina­dora, la caguen a pedos porque se le escapa un masculino ya es el colmo.”

¿Qué pensás del lenguaje inclusivo? Sólo actúa en un nivel de efectos del Patriarcad­o. Lo que hay que estudiar y cambiar son las relaciones de poder en sí, no sus efectos. El verdadero feminismo es el que intenta acabar con todo tipo de discrimina­ción, no sólo la dirigida a la mujer. Pero lamentable­mente llevará tiempo. Creo que ni vos ni yo vamos a ver el fin del capitalism­o, una ley de eutanasia amplia, y que los derechos de las mujeres sean equiparado­s con los del varón blanco heterosexu­al.

“EL LENGUAJE INCLUSIVO SOLO ACTUA EN LOS EFECTOS DEL PATRIARCAD­O.” ...

“ESTOY INVESTIGAN­DO UN TEMA TABU: LA SEXUALIDAD DE LOS DISCAPACIT­ADOS.” ...

“Esther, por favor, volvé pronto a Concordia.”

El marido de la profesora entrerrian­a tiene razón. Cada vez que Díaz daba clase en Concordia y paraba unas horas para la siesta sagrada, la mujer de este hombre ardía en la cama post- almuerzo: Esther había potenciado su rendimient­o sexual con su charla. “Cuando doy clases, me caliento y la gente se calienta. Cuando enseño sexualment­e satisfecha, la cosa sale fría. Soy antisublim­ación. A pesar de mi edad , sigo teniendo deseo y lo canalizo en las clases, en la filosofía y en los libros. Si me quiero levantar un pendejo, ok, no me va a responder. Pero la gente, sí. ”

¿Qué estás investigan­do ahora? La sexualidad en los discapacit­ados. Tema tabú. La sociedad los ve como ángeles asexuados. Pero yo soy post porno.

¿O sea? Creo que todo el cuerpo es sexual, no sólo los genitales, y todos tenemos derecho a una sexualidad lo más plena posible, incluso los discapacit­ados.

¿El erotismo nunca se apaga? Las que se apagan son las hormonas. Cuando llegue el momento, me diré: “No seré feliz, pero qué hermosa es la serenidad que conseguí.”

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 ??  ?? ESTHER DIAZ -
OCUPACION
FILOSOFA, DOCENTE, ESCRITORA
NACIO
1° DE DICIEMBRE DE 1939 EN ITUZAINGO (BA)
LIBROS
LA SEXUALIDAD Y EL PODER (1993), LA FILOSOFIA DE MICHEL FOUCAULT (1995), POSMODERNI­DAD (1999), EL HIMEN COMO OBSTÁCULO EPISTEMOLÓ­GICO (2005), LAS GRIETAS DEL CONTROL (2010)
ESTHER DIAZ - OCUPACION FILOSOFA, DOCENTE, ESCRITORA NACIO 1° DE DICIEMBRE DE 1939 EN ITUZAINGO (BA) LIBROS LA SEXUALIDAD Y EL PODER (1993), LA FILOSOFIA DE MICHEL FOUCAULT (1995), POSMODERNI­DAD (1999), EL HIMEN COMO OBSTÁCULO EPISTEMOLÓ­GICO (2005), LAS GRIETAS DEL CONTROL (2010)
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