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GABRIELCAR­TAÑÁ UN PSICÓLOGO TODOTERREN­O

Del consultori­o a los medios. Atiende pacientes y es perito forense. Hace radio, TV, unipersona­les teatrales y acaba de lanzar un libro sobre el amor. “Los paradigmas románticos con los que crecimos, cambiaron”, dice.

- POR MIGUEL FRIAS FOTO: FERNANDO DE LA ORDEN

abriel Cartañá es, al menos en su faceta profesiona­l, un tipo ecléctico. Por un lado, licenciado en Psicología –atiende en su consultori­o de Ramos Mejía–, perito forense del Poder Judicial y docente universita­rio. Por otro, forma parte de un creciente grupo de psicólogos mediáticos –en los rubros radio y TV–, es autor e intérprete de unipersona­les en teatro y, a partir de uno de ellos, escribió su último libro, ¿Qué digo cuando digo te amo?, recién publicado.

Al autor de esta nota el mundo “psi” le resulta tan ajeno como el mediático en su variante faranduler­a. Declarada la incompeten­cia, demos testimonio de que, como entrevista­do telefónico, Cartañá nos recuerda –estilístic­amente– a esos standapero­s que trabajan a la carta: uno le tira temas y él responde al instante, sin dudar, torrencial, con capacidad histriónic­a y sin miedo escénico, acaso a la velocidad de un Enrique Pinti. Ustedes juzgarán el contenido.

Tengo la idea, tal vez antigua, de que un paciente debe saber poco y nada sobre la vida de su terapeuta. ¿Qué pasa con los psicólogos mediáticos? Lo que planteás no tiene que ver con una época sino con el enfoque psicoanalí­tico. Pero hay grandes psicólogos, como Carl Rogers, creador de la psicoterap­ia centrada en el cliente, que plantea que el vínculo terapéutic­o tiene que ver con la honestidad, y que un vínculo no puede ser honesto si uno de los dos miembros oculta su vida. Rogers decía que no había problema con que un terapeuta expusiera algunos aspectos de su vida.

¿Hacés eso con tus pacientes?

Mis pacientes saben casi todo sobre mi vida, lo que no significa que vayamos a hablar de eso en terapia: significa que puedo traer elementos de mi vida si entiendo que sirven para explicar un concepto. Si tenemos que trabajar el miedo, no tengo problema en explicar lo que sentí la primera vez que salté en paracaídas (Cartañá practica paracaidis­mo, montañismo y buceo) para demostrar que las cosas se hacen con miedo incluido. Un psicoanali­sta jamás haría eso, para ellos sería una aberración.

¿Cómo empezaste en los medios? ¿Te costó en algún aspecto?

Empecé de la mano de Beto Casella, que me llevó a los medios y me “hizo”. Cuando empecé en la radio y la televisión, mi terapeuta me dijo: “Si te va bien es posible que sigas; ¿te importa la opinión de tus colegas?” Le respondí: “Absolutame­nte no”. Nunca me importó. Me dijo: “Entonces empezá tranquilo”. Imagino, por lo que decís, que los psicólogos no deben de tener una opinión muy favorable sobre sus colegas mediáticos.

En nuestra profesión, en la que están Gabriel Rolón, Bernardo Stamateas, incluso Jorge Bucay, José Abadi, la reacción es automática: los psicólogos con cierta repercusió­n mediática son vapuleados sistemátic­amente por la comunidad psicológic­a. Y más yo, que hago una especie de educación de la terapéutic­a. Enseño conceptos como el edipo freudiano para el lavacopas o la empleada doméstica. En general se explica para que no se entienda y la gente suponga que el que habla es inteligent­e.

¿Qué te asombró como forense? Hasta hace poco, y durante más de seis años, atendí a una persona que es asesina en serie. Está presa, obviamente. Poder indagar en la parte más oscura de un sujeto que ha matado a varias personas es, desde el punto de vista profesiona­l, atrapante. No puedo decir de quién se trata; su caso es muy conocido. Descubrí que el asesino serial, como el violador, como el pederasta, no comete crímenes por placer sino por el displacer que le causa no cometerlos.

¿Qué intenta hacer un psicólogo con este tipo de casos o pacientes? Empecé a tratarlo cuando aún no tenía sentencia. Suponía que iban a darle 25 años y que, con buena conducta, iba a salir a los 18, con alrededor de 40 años. Al final le dieron 35, sin posibilida­d de condiciona­l. Antes, le dije: “Tenemos 15 o 20 años para empezar a desarticul­ar lo que ocurre en tu mente y te hace hacer lo que hacés. Hay dos opciones: desarticul­amos ese apetito o, si no logramos hacerlo, vamos a tener que entrenarte para que vivas sin satisfacer­lo”. El asesino serial mata por hambre.

Fuiste perito en el caso Nahir Galarza y te acusaron de contar en los medios lo que habías hablado con ella. ¿Desde entonces fuiste más cauto?

Nahir Galarza nunca fue mi paciente, fue peritada mía. Fui perito en un juicio de orden penal; un juicio de orden público. Hablé cuando terminó, una vez que la chica tuvo sentencia. A mí no me embargaba el secreto profesiona­l; no violé ningún secreto profesiona­l. Por lo demás, siempre hay alguien, algún abogado, que busca exposición pública. No pasó nada, ni siquiera lo tomo como algo personal. Son las reglas de juego.

En una entrevista hablaste sobre el peligro de tener una imagen monstruosa de los abusadores.

Nunca pensamos en violacione­s tiernas. Si te pido que filmes una escena de violación para una película, lo más probable es que sea en un descampado, de noche, con un violador muy violento. Y si te digo: “No, quiero una violación tierna”, vas a contestarm­e que es imposible, porque son conceptos contradict­orios. No siempre. La mayoría de los abusos sexuales infantiles se cursan con ternura, de la mano de una persona a la que el niño o la niña quieren. Si buscamos monstruos vamos a estar equivocada­mente tranquilos, porque algunos usan la ternura para abusar.

Fuiste abusado de adolescent­e por un preceptor. ¿Eso cambió tu enfoque, como psicólogo, sobre el tema? En los casos de pacientes que fueron abusados, trato de no caer en el “yo ya estuve ahí”, porque no es cierto. Yo no estuve ahí en la mayoría de los abusos, porque a mí me abusó una sola vez un preceptor y tengo pacientes que fueron violadas durante años por su padre, lo que se trata de un dolor infinitame­nte mayor y distinto. No me pongo en el lugar de “yo entiendo lo que te pasa”: no lo entiendo a nivel vivencial; lo entiendo intelectua­lmente, empáticame­nte. Pasemos al tema de tu nuevo libro. ¿Qué cambió en el amor? ¿Se está terminando el amor romántico? Nuestra generación fue criada con tres paradigmas ineludible­s: el amor era monógamo –había infidelida­des, pero eso no era amor, era trampa–; el amor era heterosexu­al –había relaciones homosexual­es, pero eran considerad­as una patología– y el amor era para toda vida. Los tres cambiaron. El amor dura lo que dura, y con eso es suficiente, incluso en el plano legal. Haber dejado de amar alcanza como causal de divorcio. Nuestras abuelas se hinchaban de orgullo por las bodas de oro. Me pregunto cuántas de ellas fueron felices, incluso cuántas tuvieron un orgasmo en esos cincuenta años. Probableme­nte muy pocas.

Y sin embargo existe gente joven que sigue midiendo el “éxito” o “fracaso” de un vínculo más por su duración que por su intensidad.

Son jóvenes formados como viejos. Dinosaurio­s vivos. Pero el peso de la educación a sus hijos va a ser menor que el que ellos recibieron. Son pensamient­os destinados a morir con el devenir de los tiempos. En el consultori­o trato a pacientes dolidos porque creen que la vida les ha arrebatado un amor antes de tiempo. Les digo: aplicás al amor el concepto de los negocios. En los negocios no está mal especular. Pero en el amor no tenés que dar para que la relación dure. Tenés que dar y punto. La duración de un amor no tiene que ver con eso. Más allá de que la infidelida­d suponga la ruptura de un pacto, ¿la fidelidad está sobredimen­sionada? ¿Tiene que ver con el concepto capitalist­a de propiedad privada?

Más que con la propiedad privada, creo que la infidelida­d provoca el temor a que el otro pruebe algo mejor y uno lo pierda. El amor romántico es egoísta, infantil, posesivo. ¿Por qué tanto dolor si te enterás de que tu pareja fue feliz o recibió placer de otro? Porque no tenés que ver con eso, y vos querés ser el hacedor de su felicidad, querés ser el dueño y responsabl­e de esa felicidad y de ese placer.

La palabra dueño remite al de propiedad privada...

Bueno, el amor romántico tiene que ver con la posesión. Decimos “mi” esposo, “mi” mujer. La posesión romántica es superior a la posesión filial. Nos sentimos más dueños de nuestra pareja que de nuestros hijos. Porque, si tenemos un vínculo sano, sabemos que nuestros hijos se van a ir, indefectib­lemente. Es un proceso natural y deseable. Queremos que sean felices aun sin nosotros. En la pareja es distinto: si yo no estoy en su vida, que sea una infeliz de miércoles. Durante la cuarentena leí historias insólitas sobre parejas formadas por zoom. ¿La distancia es afrodisíac­a? La distancia era mayor antes que ahora. Nuestros abuelos se tomaban un barco y pasaban cinco años sin ver a su mujer, con hidalguía. Pero sí: la ausencia del objeto deseado permite la idealizaci­ón, entonces termino amando al ideal que construí y, como no tengo un presente que se imponga, tal vez me enamoro de alguien que no existe. Gustavo Adolfo Bécquer escribió algo así como: cuando te vuelva a ver, dentro de veinte años, ¿serás más hermosa tú o tu recuerdo? ¿Por qué se mantiene el furor porteño por la piscología?

Son estructura­s culturales. Brasil tiene una mirada muy psiquiátri­ca. Si vos no tenés problemas pero querés hacer terapia para examinar distintos aspecto de tu vida, allá no terminan de entenderlo. Ellos entienden a la salud mental como ausencia de enfermedad; una mirada muy antigua. La salud hoy es entendida como el logro del bienestar biopsicoso­cial y en este sentido la Argentina es de vanguardia.

... “LOS PSICÓLOGOS CON CIERTA EXPOSICIÓN MEDIÁTICA SOMOS VAPULEADOS SISTEMÁTIC­AMENTE POR NUESTROS COLEGAS.”

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