Clarín

La libertad personal no le importaba a nadie

- Sensacione­s Daniel Ulanovsky Sack dulanovsky@clarin.com

Hay mandatos silencioso­s que tienen fuerza de dogma: el efecto colateral de una niña sin padre no compite con la potencia atávica de la tradición ni del ¿honor?

Suena extraño hoy. Conocemos historias de hijos sin papá o sin mamá porque ellos no quieren cumplir su rol. Pero renunciar a un chico por debates sobre relaciones y tierras familiares rememora otra dimensión. Es cierto que ese padre podría haberse rebelado, que esa mujer le podría haber pedido que pensara solo en ellos. Pero la evidencia parece más fuerte; ninguno de los dos tuvo las agallas, así el costo fuera una hija huérfana de papá. Y ante la imposibili­dad, la vida seguía. El buscó otra mujer; ella no quiso sentirse avergonzad­a.

Este derrotero -casi parece una fábula- nos enfrenta con algo que hoy suponemos natural. Olvidamos que la libertad personal es una novedad entre los humanos. Los padres de Celia, si le contaron toda la verdad, no podían gozar del privilegio de hacer ya no lo que les viniera en gana sino aquello que les iba a dar más felicidad. La familia como institució­n debía salvaguard­ar el pasado y proteger el futuro. De eso parecían estar seguros.

No por azar el poder religioso se ha reducido en el último siglo de la mano del libre albedrío. Hubo épocas en que las creencias no eran optativas; había que ostentar coraje para salirse de cauce. Por algo se dice que las paredes de los guetos, desde el siglo XVI, discrimina­ban a la vez que mantenían la identidad. Separaban a unos de otros pero era claro quiénes vivían de cada lado. Cuando llegó la revolución de la libertad individual, las paredes se derrumbaro­n y con ellas el peso de la religiosid­ad y de las tradicione­s. Estar dentro o fuera empezó a ser optativo: el mundo resultó tan prometedor como vasto y ajeno. Algo que los padres de Celia tardaron demasiado tiempo en darse cuenta.

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