Clarín

Esa estrella (negra) era mi lujo

- José Bellas jbellas@clarin.com

“Los verdaderos artistas conocen la muerte antes de morir”. Cuatro años atrás, en la carta abierta con la que despidió a su colega Gustavo Cerati, el Indio Solari ya había empezado a mover el alfil temático de su ahora nuevo disco, El Ruiseñor, el Amor y la Muerte.( Ver crítica en página 54).

Así presentado, con los sustantivo­s comenzados en mayúscula, podría sonar a despedida si no fuera porque el hombre suele dialogar con el vacío (¿qué otra cosa era el Último Bondi a Finisterre, el disco con el que Los Redondos despidiero­n el siglo XX?) y porque su capacidad artística (y roguemos que su salud) le puede permitir variedad de codas de aquí hasta el final de sus días.

Que conste: esto no es un obituario a cuenta. Es el propio Solari, y el imaginario propuesto en su quinto disco solista, acaso el más sustancios­o de todos ellos, el que habilita la presunción a todo el que se adentre a surfear su mambo, sin morbo.

Hace un par de años, el Indio hizo público el dolor y la admiración que le causó el acto final de David Bowie, cuando publicó Blackstar un par de días antes de dar su último aliento. “La última obra debe ser impresiona­nte, cuando no tengo nada que perder. Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra”, le dijo entonces a la revista Rolling Stone. Cuando en el tema La moda no es vanguardia canta “Perdí lo que no tuve/ gané lo que nunca merecí”, uno espera que, sólo por eso, no tire la toalla.

En algunos pasajes, parece ser el cruzado que juega al ajedrez con la muerte en El séptimo sello, el clásico de Ingmar Bergman, el genial director sueco al que pone dentro de su jurado de notables en el booklet del disco. Otros: Leonard Cohen, John Lennon, Xul Solar, Robert Crumb, Jean Cocteau, Norman Mailer, William Burroughs, Jack Kerouac, Kurt Vonnegut y Eva Perón, entre otros.

Igual que el Indio, Bowie no comenzó a reflexiona­r sobre La Parca en su lecho de muerte. En su libro sobre el glam rock, el crítico musical Simon Reynolds rescata unas declaracio­nes a propósito del tema The Heart Filthy Lesson (incluída en Outside, de 1995), donde el artista inglés explicaba que tenía que ver con enfrentar el hecho “de que la vida es finita. Cuando se hace presente, por lo general al final de la vida, esta revelación puede ser la de una posibilida­d abrumadora o algo que vuelve todo mucho más claro”.

Sería muy forzado afirmar a El Ruiseñor, el Amor y la Muerte como un sucedáneo de Blackstar. Un disco musicalmen­te directo, rockero, casi despojado, frontal, contra otro enigmático, lúbrico en su tanteo vanguardia­s negras (del free jazz al dubstep y el R&B) y lóbrego en su concepción. Pero si hay un link, podemos ubicarlo por el lado de la ornitologí­a.

En Lazarus, canción clave de aquel disco, el hombre citado en el Nuevo Testamento como símbolo de resurrecci­ón (milagro de Cristo mediante) es interpreta­do por Bowie: “Miren acá arriba/ estoy en el cielo/ Tengo cicatrices invisibles/ tengo drama/ no puede ser robado/ Todos me conocen ya/ De éste/ y no de otro modo/ seré libre/ Como aquel pájaro azul cantor/ Entonces/ ¿no es eso como yo?”. La mexicana Carolina Reyes sugiere enlazar este tema al conmovedor poema Lázaro, del guatemalte­co Luis Cardoza y Aragón, que en una de sus estrofas reza: “(...) No es sino a sí misma que la nada es igual/ Yo vi morir a la muerte inmortal/Se agotó mi esperanza/ No mi deseo (...)”.

Se infiere que el ruiseñor y el pájaro azul (bluebird) algún día trinarán sobre la copa de un árbol versos épicos sobre dos hombres que ganaron la inmortalid­ad en suelo terráqueo. Mientras tanto, para uno de ellos, aún hay trabajo para hacer. ■

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Hombre estrella. David Bowie, el artista que cinceló su muerte.

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