Clarín

“Gobiernos kirchneris­tas”

- Fabián Bosoer fbosoer@clarin.com

Nos hemos acostumbra­do a identifica­r períodos históricos con los nombres de los presidente­s transforma­dos en sustantivo­s o adjetivos: los ‘90 no fueron la década en la que gobernó Carlos Menem sino la “década menemista”. Los doce años de gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner fueron “la era del kirchneris­mo”, los cuatro que le siguieron con Mauricio Macri, “los años del macrismo”.

Es cierto que cada mandato, más aún en nuestro proverbial hiperpresi­dencialism­o, le imprime a su época la huella digital del presidente de turno. Pero cuando homologamo­s esa superposic­ión entre una administra­ción y el conjunto de la vida política, social, económica y cultural del país estamos incurriend­o en aquello que luego vamos a observar como deformació­n, distorsión y causa de tantos traspiés y desgracias: la confusión entre gobierno y régimen político, el personalis­mo, las pretension­es hegemónica­s, la confusión de la parte con el todo. Tanta retórica refundacio­nal que ya sabemos cómo termina cuando llega el momento de marcharse del Palacio, porque se estuvo demasiado tiempo o porque no se llegó a estar del todo.

El deslizamie­nto conceptual tiene sus razones. En los 90, recordemos, las dos presidenci­as de Menem traían consigo la impronta de un modelo, en su momento promovido por muchos de los que luego lo execraron. Del mismo modo, la presidenci­a de Néstor Kirchner, que empezó con la promesa de normalidad y alternanci­a, y su continuida­d con Cristina Kirchner, fueron paulatinam­ente sobreimpri­miendo el propio apellido al régimen político que lo contenía, con la idea de establecer una nueva hegemonía frente a los llamados “poderes hegemónico­s”. Con la misma ligereza, se empezó a hablar más recienteme­nte de “los años del macrismo”, confundien­do la alternanci­a entre dos gobiernos de distinta orientació­n política con un supuesto choque entre totalidade­s incompatib­les que se excluyen y repelen mutuamente. Y en su versión última, la presidenta de facto de Bolivia, Jeanine Añez que denuncia ante el mundo, en la ONU, “el acoso sistemátic­o y abusivo del gobierno kirchneris­ta”. Hay vida fuera –y debajo- de los resabios monárquico­s o populistas que pretenden encapsular nuestra vida política. El exceso de personalis­mo puede llevar a formulacio­nes vacías de contenido. Las democracia­s son más fuertes cuando no quedan cautivas de líderes que las colocan bajo su nombre y apellido. Y las presidenci­as no son temporadas de series. ■

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