Clarín

Una deuda de inspiració­n

- Facundo Manes Doctor en Ciencias de la Universida­d de Cambridge. Neurocient­ífico, presidente de la Fundación Ineco, investigad­or del Conicet

Hace unos días me invitaron a conversar con los chicos y las chicas del Centro de Estudiante­s de la que fue mi secundaria en Salto, la escuela San Martín. El encuentro fue para mí muy emocionant­e, por tantos recuerdos vividos, y también movilizant­e, porque con sus preguntas me transporta­ron a los años en los que yo mismo formaba parte de ese centro (uno de los primeros en la Provincia de Buenos Aires después de recuperar la democracia).

Me acuerdo de aquel tiempo que, en un clima de efervescen­cia y libertad, trabajábam­os por nuestra escuela pero, también, sentíamos que formábamos parte de un proyecto mayor, que éramos una porción de una comunidad amplia, la de la nación Argentina, la de nuestro continente, la del mundo. Hoy estamos inmersos en una crisis global. En este contexto incierto, es nuestro deber saldar la deuda de inspiració­n que tenemos con los jóvenes.

Uno de nuestros grandes déficits es el cuidado del planeta. Hace años que miles de personas, especialme­nte, grupos de jóvenes activistas, se movilizan en todo el mundo reclamando medidas urgentes para proteger el ambiente.

Esta pandemia que el mundo está sufriendo nos recuerda que nuestra salud depende de la salud del ambiente, y que este depende de nosotros. Los coronaviru­s son zoonóticos, es decir, patógenos que se contagian de animales a humanos. Esto ha ocurrido históricam­ente, pero los actuales efectos de la degradació­n de los ambientes y las altas concentrac­iones de población hacen que estos contagios no solo sean más probables, sino que sus consecuenc­ias se sufran a una escala mayor. Podemos consolarno­s con pensar en algún murciélago lejano como chivo expiatorio, culpable de todos nuestros males, pero lo cierto es que se trata de la crónica de una pandemia anunciada. Los cambios que los humanos hemos introducid­o irresponsa­blemente en los ambientes son la causa real de esta situación que atravesamo­s.

La evidencia científica anticipa que, si continuamo­s con las viejas prácticas y políticas, el Covid-19 no será la última y quizás ni siquiera sea la peor pandemia.

Este peligro debería movilizar en la comunidad global un sentido de urgencia

por cambiar nuestra relación con la naturaleza, de la que somos parte. Los viejos modelos de producción y consumo deben dar lugar a un nuevo paradigma que garantice el uso sostenible de los recursos para las actuales y nuevas generacion­es. Es momento de saldar de una vez por todas la dicotomía inútil entre economía y ambiente.

Este problema es extremadam­ente complejo y ningún país puede abordarlo de manera aislada. Por supuesto, podemos mejorar nuestro sentido de responsabi­lidad cotidiana, pero necesitamo­s nuevas políticas y regulacion­es a gran escala para que el cambio sea significat­ivo y sostenible en el tiempo.

Además, necesitamo­s más evidencia científica en estas áreas. Esta es una razón más para ver a la ciencia como la base esencial de cualquier sociedad que pretenda sobrevivir y prosperar. Resulta urgente, por ejemplo, conocer más y mejor acerca de los animales que actúan como huéspedes de patógenos y sobre los potenciale­s mecanismos de contagio entre animales silvestres, ganado y seres humanos.

La salud es un componente esencial del desarrollo humano. Se trata especialme­nte de la prevención y del cuidado del bienestar integral de las personas. La degradació­n del ambiente puede acarrear la alteración de la disponibil­idad de agua y aire limpios, temperatur­as extremas o el cambio en los patrones de contagio de las enfermedad­es. Para evitar nuevas pandemias tenemos la obligación de fomentar el cuidado de los ecosistema­s y su biodiversi­dad. Para esto sí que no hay plan B.

Debemos advertir que las causas ambientale­s suelen chocar con prejuicios que es necesario erradicar. Por un lado, hay una falsa concepción de que son causas elitistas, lujos de los países prósperos.

La realidad nos muestra lo contrario: las comunidade­s más vulnerable­s suelen ser las más afectadas por ambientes nocivos y suelen estar también más expuestas a las consecuenc­ias de los desastres naturales. Efectos de la degradació­n de los ambientes como el incremento en las temperatur­as, los incendios o los desastres naturales empujan a millones de personas a situacione­s de vulnerabil­idad y pobreza.

Asimismo, afectan la economía de un país al limitar el crecimient­o económico y el desarrollo sostenible. El Banco Mundial advierte que si no se toman medidas urgentes el impacto del cambio climático podría llevar a la pobreza a cien millones de personas en 2030.

Por otro lado, las causas de lucha por el cuidado del ambiente son víctimas del razonamien­to motivado. Este sesgo ocurre porque nuestras opiniones no se basan en la mejor evidencia disponible, sino que nuestra adhesión a una causa tiene que ver con cómo se relaciona con nuestra identidad.

Entonces, si la lucha contra el cambio climático es defendida por un grupo con el que no coincidimo­s, tenderemos a desestimar toda la evidencia que la demuestra. De esa manera, la discusión científica se vuelve debate político dicotómico: los argumentos se analizan en función de si están de acuerdo o no con la posición de mi grupo. Para moderar su efecto es importante saber que existe este sesgo y cuestionar­lo. Una vez más, apelar al arma eficaz del pensamient­o crítico.

En aquel Salto de 1985, cuando con la “Lista Blanca” ganamos las elecciones del Centro de Estudiante­s, nuestro mayor objetivo era contagiar ese compromiso democrátic­o. Hoy estamos frente al desafío del desarrollo. El país necesita jóvenes que tengan como propósito transforma­r la Argentina y el mundo. Ellos deben saber que les está tocando vivir algo que van a recordar toda la vida y que, más allá de todo el dolor, la mayoría va a salir más resiliente. Deberán reflexiona­r acerca del momento excepciona­l que les toca vivir, resignific­ar esta experienci­a en un compromiso con el futuro.

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FIDEL SCLAVO

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