Clarín

George Clooney, solo y no tan solo en el Ártico

Hoy se estrena el filme que dirige y donde encarna a un científico del Polo cuando la Tierra está por sucumbir.

- Pablo O. Scholz pscholz@clarin.com

La devastació­n del medio ambiente es el trasfondo de la nueva película como realizador de George Clooney. Ha madurado con el correr de los filmes que ha dirigido, es evidente, pero eso no quiere decir que haya sido para mejor. En el camino ha perdido el desparpajo que supo tener en sus primeras películas -Cielo de medianoche no es, por suerte, ni por lejos, lo que fue ese mamotreto llamado Operación Monumento.

Pero tampoco está a la altura de la cuasi genialidad que fue Confesione­s de una mente peligrosa o Buenas noches, y buena suerte. -mucho más mainstream-.Cielo de medianoche es una película cuidada, desde lo formal y desde su estética, pero que no le salta a la yugular ni a ninguna parte del cuerpo del espectador ubicada por encima del cuello, sino, y en el mejor de los casos, hacia la emoción y el corazón.

Los últimos minutos sí se aproximan a conmover. Pero se ha desandado un largo camino, en la Tierra y en el espacio exterior. No es el presente, sino febrero de 2049. Augustine es un científico que se ha quedado, por propia decisión -como todo lo que ha hecho en su vida, ya iremos descubrien­do- solo en un observator­io en el Polo Norte. Bueno, solo no está. A los pocos minutos aparece en el lugar una niña, Iris, que no abre la boca más que para respirar. La presencia de este personaje despierta todo tipo de conjeturas ni bien el filme continúa con flashbacks, donde vemos a Augustine de joven (interpreta­do por Ethan Peck, nieto de Gregory Peck). ¿Es real? ¿Representa a la vida? ¿Por qué cuando Augustine afronta momentos cruciales, en los que la pasa realmente mal, la niña desaparece, y cuando todo se calma, reaparece?

A millones de kilómetros de la Tierra, hay una nave espacial con cinco tripulante­s, que está emprendien­do el regreso. Y Augustine se esforzará, por todos los medios, por avisarles que no, que no vuelvan, porque se ha producido una catástrofe y la esperanza de vida, aquí, será prácticame­nte nula en apenas días. Una de las astronauta­s, Sully (Felicity Jones, de Rogue

One) está embarazada -ya contó Clooney que se enteró del embarazo de la actriz en pleno rodaje, e incorporó su estado en la trama-, pero cada uno de los que está en el espacio exterior también tiene su propia historia.

Basada en un reciente best seller (Good Morning, Midnight, de Lily Brooks-Dalton), la bifurcació­n de las historias, aunque se verá que necesarias, al filme no le juega todo lo bien que debiera. Porque la tensión está tanto en el Artico, con Clooney barbudo, avejentado y muriéndose, entre otras cosas, de frío, como también en qué sucederá con quienes, allá arriba, no tienen ni idea de lo que sucede en la Tierra, y menos comprenden por

qué no les responden los mensajes.

Con mucho de Misión rescate, y algo de Gravedad, más que por los cuerpos flotando en trajes increíbles en el espacio, por no saber si seguirán o no con vida, Clooney apunta a lo metafísico, lo filosófico, pero se pregunta, más que por el más allá, por el aquí, candente. También se rodeó de un elenco estupendo -sumar a David Oyelowo, Kyle Chandler, Demián Bichir, Tiffany Boone como los astronauta­s-, así que si Cielo de medianoche no termina de redondear, no es por las actuacione­s que brinda el elenco -el propio Clooney está más ascético y taciturno que nunca-, sino porque algo no ha terminado de acoplar.w

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Apocalipsi­s ahora. La tensión de un hombre de ciencia bajo cero, en un mundo que se apaga.

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