“EL RITZ TIE­NE UN AL­MA QUE OTROS HO­TE­LES NO TIE­NEN”

El in­glés Co­lin Field cum­ple 25 años co­mo head bartender del bar He­ming­way en el ho­tel Ritz de Pa­rís. Fue ele­gi­do el me­jor del mun­do por For­bes US y es el in­ven­tor de tra­gos co­mo Se­ren­di­pity y Pi­cas­so Mar­ti­ni.

Forbes (Argentina) - - LIFE Q & A -

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¿Qué sig­ni­fi­ca tra­ba­jar en uno de los fun­da­do­res de Lea­ding Ho­tels of the World, es de­cir, uno de los ho­te­les más ex­clu­si­vos del mun­do? Sin du­das, hay po­cos ho­te­les que es­tán a la mis­ma al­tu­ra: The Raf­fles en Sin­ga­pur, el Ci­pria­ni en Ve­ne­cia... Pe­ro, ade­más, de­bo de­cir que, a pe­sar de to­da su his­to­ria y le­ga­do, si­gue sien­do una em­pre­sa pri­va­da fa­mi­liar. Y eso ha­ce al Ritz un ho­tel mu­cho más per­so­nal, sus­tan­cial: tie­ne un al­ma que otros no tie­nen. Ho­nes­ta­men­te, creo que ten­go el me­jor em­pleo del mun­do.

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Mu­chos co­le­gas te de­ben en­vi­diar. Qui­se tra­ba­jar en el Ritz des­de siem­pre. En­vié mi CV por pri­me­ra vez a los 24 años. Fi­nal­men­te, en 1994, me lla­ma­ron por­que te­nía un tí­tu­lo en Le­tras y ama­ba leer a He­ming­way, a Fitz­ge­rald… Creo que eso los con­ven­ció más que mi ta­len­to pa­ra la coc­te­le­ría. Em­pe­cé so­lo y de cero. El bar ha­bía es­ta­do ce­rra­do 12 años. Fue mu­cho tra­ba­jo.

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¿La coc­te­le­ría es so­lo gus­to per­so­nal o hay “ver­da­des ab­so­lu­tas”? A los 16, to­dos ama­mos las pi­ñas co­la­das pe­ro, ya a los 35 o 40, pe­di­mos Dry Mar­ti­nis: ya no que­re­mos azú­car. Al­go pa­re­ci­do pa­só con la so­cie­dad. Si mi­rás los cóc­te­les que es­ta­ban de mo­da en 1920 o 1930, eran re­la­ti­va­men­te dul­ces; en cam­bio, hoy, in­clu­so los más jó­ve­nes quie­ren una pre­pa­ra­ción ca­da vez más dry. To­do cam­bia.

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¿Qué pi­de el hués­ped del Ritz? Pa­ra em­pe­zar, no lle­ga al bar por­que tie­ne sed. Siem­pre hay una ra­zón ul­te­rior: tie­ne un en­cuen­tro con al­guien (pa­re­ja, ami­go, co­le­ga) y tie­ne la ex­pec­ta­ti­va de ha­blar de al­go. Es in­creí­ble­men­te fá­cil dar­me cuen­ta cuan­do en­tra por la puer­ta: pue­do leer­lo en la ro­pa, en sus ges­tos, to­do. Y en ba­se a eso pue­do adi­vi­nar qué quie­ren to­mar, aun­que a ve­ces no quie­ran ad­mi­tir­lo por­que, en un bar tan ele­gan­te, sen­tís que te­nés que pe­dir­te un Man­hat­tan... aun­que mue­ras por un Whis­co­la.

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¿Cuál es tu cóc­tel pre­fe­ri­do? A una is­la de­sier­ta me lle­va­ría el Se­ren­di­pity, con Cal­va­dos. Pe­ro, cla­ro, tam­bién de­pen­de de la épo­ca del año y del con­tex­to. El que nun­ca me fa­lla es el French 75, un Gin To­nic que se in­ven­tó en Pa­rís, en 1915, con gin, hie­lo, ju­go de li­món y cham­pag­ne.

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