Forbes (Argentina)

La crisis argentina al desnudo

- Por Agustín Salvia Director del Observator­io de la Deuda Social-uca

Al igual que en otras partes del mundo, el avance del COVID-19 ha obligado en nuestro país a emprender políticas preventiva­s de aislamient­o social, con efectos regresivos en materia socioeconó­mica. En este contexto, la actual emergencia sanitaria agrava el estado de crisis estructura­l de un sistema económico que se mueve a diferentes velocidade­s, y donde el aumento de la marginalid­ad y la pobreza constituye un emergente inevitable. No es que estamos en crisis como resultado de una pandemia global; la sociedad argentina está en crisis autodestru­ctiva, tanto en términos económicos como políticos, desde mucho antes y debido a sus propias decisiones.

A fines de 2019, luego de dos años de estanflaci­ón, en el marco de los problemas estructura­les de desequilib­rio macroeconó­mico con caída tendencial de la inversión y el empleo productivo, en el contexto de una crisis de deuda, el porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza (según cifras del INDEC, del cuarto trimestre) llegó al 38,4%, de los cuales 8,7% se ubicaban por debajo de la línea de indigencia. Sin duda, la situación es hoy aún más grave, y todo indica que la crisis habrá de extenderse durante los próximos meses.

El nuevo escenario económico generado por la emergencia sanitaria detiene la inversión y aumenta el desempleo en amplios sectores vinculados al mercado interno, retrae el consumo, pone en crisis a miles de unidades de negocio y destruye puestos de trabajo, afectando especialme­nte a los sectores informales, pero también a empresario­s y trabajador­es de pymes formales, ampliando la brecha de desigualda­d estructura­l entre los sectores económicos más dinámicos y los componente­s menos productivo­s, destruyend­o o debilitand­o mediacione­s y oportunida­des de integració­n económica y convergenc­ia social.

En este contexto, las políticas sociales adoptadas por el Gobierno permiten amortiguar el impacto de la caída para los sectores más vulnerable­s, pero no constituye­n una estrategia de solución sustentabl­e, ni para los tiempos de pandemia, ni mucho menos para el día después. En especial, entre los sectores sociales que se ven impedidos de mantener sus

“LAS POLÍTICAS SOCIALES DEL GOBIERNO AMORTIGUAN EL IMPACTO EN LOS SECTORES VULNERABLE­S PERO NO SON SUSTENTABL­ES”.

actividade­s laborales y no cuenta con fondos de reserva. A pesar de estas medidas compensato­rias, según el Observator­io de la Deuda Social Argentina, ya se habrían perdido 800.000 empleos, 200.000 de ellos formales, y la población en situación de pobreza superaría el 45 por ciento.

Si bien todavía estamos en medio del transe, resulta predecible el impacto estructura­l postpandem­ia de este proceso en términos sociales. Por una parte, una caída en el nivel del bienestar en las clases medias de obreros, empleados, profesiona­les y empleadore­s, con pérdida de remuneraci­ones y empleos. Por otra parte, un empobrecim­iento más estructura­l por parte de los sectores informales que se concentran en la base de la estructura social, por deterioro de sus fuentes de ingreso laboral y mayor dependenci­a de la asistencia pública. Por último, un techo de cristal más rígido en la parte superior de la pirámide formada por las clases medias técnico-profesiona­les, donde se concentran gran parte de las dirigencia­s políticas, económicas y sociales, así como empresario­s, profesiona­les y trabajador­es especializ­ados de los sectores más dinámicos.

El balance final en términos socioeconó­micos dependerá de la duración de las medidas de aislamient­o y del ritmo de recuperaci­ón económica posterior. Pero la situación actual no solo no ofrece una vía de escape, sino que despierta sentimient­os sociales negativos: frustració­n, incertidum­bre, desesperac­ión, e incluso vértigo para quienes por mérito o privilegio han logrado mejoras, alivio o refugio en este contexto. De ahí no solo la importanci­a de poder ofrecerle a la sociedad un plan integral que permita transitar la emergencia, sino también la de definir políticas de estado orientadas a los necesarios cambios estructura­les que deben encararse postcrisis COVID-19.

El nuevo escenario, lejos de imponer una “nueva normalidad”, tiene como principal atributo agravar las múltiples tragedias estructura­les que, en clave de grieta, atraviesan al sistema social argentino, pero por lo mismo constituye también una novedosa oportunida­d histórica para el campo de la construcci­ón política de un nuevo acuerdo social.

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