La fu­sión per­fec­ta de tra­di­ción y mo­der­ni­dad

Có­mo la cul­tu­ra orien­tal se mantiene vi­va en ca­da tem­plo y san­tua­rio con ciu­da­des que han sa­bi­do ab­sor­ber par­te del mun­do oc­ci­den­tal. Tips de los re­co­rri­dos, gas­tro­no­mía y alo­ja­mien­tos. Ade­más, el mi­to de que via­jar allí es ca­ro.

Fortuna - - Sumario - CLAU­DIO CELANO GÓ­MEZ, DES­DE JA­PÓN

Có­mo la cul­tu­ra orien­tal se mantiene vi­va en ca­da tem­plo y san­tua­rio con ciu­da­des que han sa­bi­do ab­sor­ber par­te del mun­do oc­ci­den­tal. Tips de los re­co­rri­dos, gas­tro­no­mía y alo­ja­mien­tos. Ade­más, el mi­to de que via­jar allí es ca­ro.

Ja­pón nun­ca ha­bía es­ta­do en mi lis­ta de des­ti­nos pre­fe­ri­dos. Siem­pre me ha­bía lla­ma­do más la aten­ción ir a Chi­na. En par­ti­cu­lar, su Gran Ma­ru­lla. Una bue­na oferta aé­rea me con­ven­ció de cru­zar­me el mun­do en­te­ro pa­ra via­jar hasta Ni­pón. El re­sul­ta­do: el me­jor via­je que hi­ce. Sus pai­sa­jes, su tra­di­ción, su cul­tu­ra, su gen­te, su co­mi­da... una ex­pe­rien­cia in­creí­ble que dis­fru­té des­de que ate­rri­cé en To­kio.

No es sen­ci­llo de­fi­nir un via­je en el que to­do el tiempo pa­sa al­go. To­do es una no­ve­dad. Des­de la can­ti­dad de lí­neas de tre­nes y la pun­tua­li­dad con la que sa­len, hasta pe­dir co­mi­da en un res­tau­ran­te, hacer el check-in en el ho­tel con un ce­lu­lar o sus inodo­ros in­te­li­gen­tes. Son mi­llo­nes de per­so­nas, en to­dos la­dos, pe­ro no hay caos. To­do es­tá or­de­na­do, pro­li­jo y lim­pio. Muy lim­pio. No hay in­se­gu­ri­dad, y en las tres se­ma­nas en las que es­tu­ve vi menos de diez po­li­cías. So­lo un pa­tru­lle­ro. Las bi­ci­cle­tas duer­men en la ca­lle. Mu­chas de ellas, sin can­da­do. En los me­dios de trans­por­te pú­bli­co las mu­je­res van con sus car­te­ras abier­tas y los hom­bres con sus mo­chi­las en la es­pal­da. Na­die es­tá mi­ran­do si al­guien me­te la mano. No se es­cu­cha un so­lo lla­ma­do por te­lé­fono. Ni si­quie­ra el so­ni­do de un what­sapp. La ar­mo­nía se res­pi­ra y se sien­te. Lo sen­tí yo co­mo tu­ris­ta y lo sienten ellos que vi­ven ahí.

RE­CO­RRI­DOS. Es di­fí­cil re­co­men­dar un iti­ne­ra­rio, por­que hay mu­cho pa­ra re­co­rrer. Mi via­je se di­vi­dió en dos par­tes. Du­ran­te dos se­ma­nas re­co­rrí Kio­to, Na­ra, Aras­hi­ya- ma, Osa­ka, Hi­ros­hi­ma, Mi­ya­ji­ma y Ta­ka­ya­ma. Y, los úl­ti­mos siete días, fue­ron de­di­ca­dos ex­clu­si­va­men­te a To­kio (com­par­ti­ré mi ex­pe­rien­cia en el pró­xi­mo nú­me­ro de For­tu­na). To­dos los tra­yec­tos los hi­ce en tren, tan­to en los Shin­kan­zen (que son los rá­pi­dos) co­mo en los lo­ca­les. El bo­le­to, que te per­mi­te uti­li­zar­lo du­ran­te 14 días por ca­si to­da la red fe­rro­via­ria, tie­ne un va­lor de u$s 424. Los mis­mos re­co­rri­dos, sin ese tic­ket, hu­bie­sen sa­li­do más de u$s 800. Hay que com­prar­lo, si o si, an­tes de lle­gar a Ja­pón.

No im­por­ta cuál sea la ciu­dad que se re­co­rra, bas­ta con sa­lir a la ca­lle y ca­mi­nar. Kio­to y Osa­ka son qui­zá los dos lu­ga­res don­de más fu­sión hay en­tre el Ja­pón del ayer, con sus cas­ti­llos, tem­plos y san­tua­rios, y el

de hoy, con car­te­les de led de ba­jo con­su­mo, centros co­mer­cia­les y au­tos hí­bri­dos.

Los cas­ti­llos son un im­per­di­ble. Es­tán muy bien con­ser­va­dos y mu­chos de ellos han si­do res­tau­ra­dos lue­go de su­ce­si­vos in­cen­dios. En sus al­re­de­do­res es­tán, ge­ne­ral­men­te, lo par­ques más gran­des y los jar­di­nes más co­lo­ri­dos.

El res­pe­to por el otro se per­ci­be en la ar­mo­nía en la que con­vi­ven los tem­plos, que son bu­dis­tas, con los san­tua­rios, que son sin­toís­tas. Am­bas re­li­gio­nes for­man par­te de la tra­di­ción ni­po­na. Según datos ofi­cia­les, ca­si el 80% de la po­bla­ción ja­po­ne­sa pro­fe­sa la religión sin­toís­ta, pe­ro ca­si el 67% tam­bién es bu­dis­ta.

CO­MI­DA. La gas­tro­no­mía es otro de los pun­tos fuer­tes en Ja­pón. Se

pue­de co­mer ab­so­lu­ta­men­te de to­do, des­de pla­tos tí­pi­cos de ca­da una de las re­gio­nes, hasta ex­qui­si­tas pas­tas y piz­zas. Su pla­to más po­pu­lar y co­no­ci­do in­ter­na­cio­nal­men­te es el sus­hi. Sin em­bar­go, su sa­bor es muy di­fe­ren­te al que se co­me en Argentina. El arroz tie­ne otra con­sis­ten­cia y otro sa­bor. Y, mien­tras que acá la es­tre­lla es el sal­món, en ni­pón se uti­li­za una gran va­rie­dad de pes­ca­dos, sien­do el atún rojo su es­tre­lla.

Ade­más, va­le la pe­na de­gus­tar un pla­to de to­fu (ali­men­to pre­pa­ra­do a par­tir de la leche de so­ja), tem­pu­ra (que es una com­bi­na­ción de fri­tu­ra de ma­ris­cos y ver­du­ras) y, pa­ra mí los dos im­per­di­bles son el ra­men y el oko­no­mi­ya­ki. El pri­me­ro son fi­deos si­mi­la­res a los chi­nos, que se sir­ven en un bowl, co­mo en una so­pa ca­lien­te y acom­pa­ña­do por pes­ca­do, car­ne o po­llo. Ge­ne­ral­men­te tam­bién tie­ne den­tro un hue­vo se­mi-co­ci­do. En cam­bio, el oko­no­mi­ya­ki, pla­to tí­pi­co de Hi­ros­hi­ma, es una es­pe­cie de to­ri­ti­lla con in­gre­dien­tes de to­do

ti­po. Una ver­da­de­ra ex­qui­si­tez.

ALO­JA­MIEN­TO. La can­ti­dad y va­rie­dad de hos­pe­da­je dis­po­ni­ble en Ja­pón es enor­me y pu­de dis­fru­tar de di­ver­sas ex­pe­rien­cias. A tra­vés de Boo­king.com reali­cé to­das las re­ser­vas a lo lar­go y an­cho de la is­la orien­tal, y así fue co­mo co­no­cí los di­fe­ren­tes alo­ja­mien­tos que hay. En Kio­to es­tu­ve en un ho­tel cua­tro es­tre­llas, ubi­ca­do muy cer­ca del Pa­la­cio del Em­pe­ra­dor, en pleno cen­tro. En Osa­ka, en cam­bio, don­de es­tu­ve dos no­ches, de­ci­dí pro­bar dor­mir en un ho­tel cáp­su­la. En vez de una ha­bi­ta­ción, es co­mo si fue­se una li­te­ra, que es­tá ce­rra­da por to­dos la­dos, y aden­tro te­néz luz, ai­re, mú­si­ca y te­le­vi­sión. Por su­pues­to que los ba­ños son com­par­ti­dos, y hay es­pa­cios co­mu­nes pa­ra co­mer. Es al­go muy di­fe­ren­te a lo que es­ta­mos acos­tum­bra­dos en nues­tro país, pe­ro va­le la pe­na pro­bar­lo. Eso sí, lo re­co­mien­do so­lo un par de no­ches. Y, la otra ex­pe­rien­cia que tu­ve fue la de dor­mir en un ryo­kan, un alo­ja­mien­to tra­di­cio­nal ja­po­nés. Lo hi­ce en Ta­ka­ya­ma, uno de los pue­blos en lo que se co­no­ce co­mo los al­pes ja­po­ne­ses. Sue­len ser de ma­de­ra, y en su in­te­rior las

puer­tas son co­rre­di­zas, en las ha­bi­ta­cio­nes no hay ca­mas sino que el pi­so es­tá cu­bier­to de ta­ta­mi y se duer­me en pe­que­ños col­cho­nes. Son muy có­mo­dos y den­tro de los ryo­kan se sien­te la cul­tu­ra ja­po­ne­sa, ya que sue­len es­tar aten­di­dos por ja­po­ne­ses oriundos de ese lu­gar.

PRE­CIOS. Uno de los mi­tos es que via­jar a Ja­pón es ca­ro. Un pa­sa­je aé­reo, vía EE.UU. se con­si­gue por menos de $ 21.000. Allí se pue­de co­mer des­de u$s 5 un buen pla­to de ra­men En cuan­to a los hos­pe­da­jes, se con­si­guen apart­ho­tel des­de u$s 80 y ho­te­les tres es­tre­llas des­de u$s 115. Las en­tra­das a los tem­plos y san­tua­rios ron­dan los u$s 10 a u$s 20.

AN­TI­GüE­DAD. El cas­ti­llo de Ni­jo, cons­trui­do en ma­de­ra en 1603, si bien fue re­cons­trui­do, mantiene su es­té­ti­ca ori­gi­nal. Los ce­re­zos lo ro­dean dán­do­le un mar­co úni­co.

DOS MUN­DOS. En Osa­ka, co­mo a lar­go y an­cho de to­do Ja­pón, con­vi­ven en ar­mo­nía his­tó­ri­cos cas­ti­llos y es­pec­ta­cu­la­res jar­di­nes con edificios y ras­ca­cie­los.

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