EL FU­TU­RO

La Nacion - La Nación revista - - ENTREVISTA L A -

mu­cho. Él se fue ha­ce dos años y esa muer­te me im­pre­sio­nó de una ma­ne­ra te­rri­ble. Pri­me­ro, la tristeza de su par­ti­da, pe­ro ade­más di­je: chin, pum. ¡ Se ha muer­to! Así de ele­men­tal. Ahí me di cuen­ta de que aho­ra me es­toy con­vir­tien­do en mi pa­dre, que ya no soy un cha­val.

Ⓟ Ac­tuar, pin­tar, es­cri­bir y has­ta co­que­tear con el cha­ma­nis­mo. ¿ Qué bus­cás?

Su­pon­go que es el in­ten­to de en­ten­der la vi­da. Bu­cean­do en mi pro­fe­sión de ac­tor me he da­do cuen­ta de que de­trás de las feas his­to­rias de vi­da, siem­pre hay da­ño. Y el da­ño en­ce­rra­do en una ca­ja sale por al­gún si­tio. Lo del cha­ma­nis­mo es al­go que leo des­de ha­ce años y el ha­ber es­ta­do en Mé­xi­co me ca­ló pro­fun­da­men­te. Vi­bré de una ma­ne­ra im­pre­sio­nan­te, el co­ra­zón me bom­bea­ba. Y me pa­só al­go alu­ci­nan­te. La no­che an­te­rior a re­ci­bir los guio­nes de Ber­lín, un ser ab­so­lu­ta­men­te es­pe­cial, me lo hi­zo en­ten­der. Es que te­nía una re­la­ción di­rec­ta con el per­so­na­je. Ahí me di cuen­ta de que de­bía in­ter­pre­tar a un he­chi­ce­ro en la pe­num­bra que no tra­ba­ja­ba la ener­gía pa­ra lim­piar, sino pa­ra per­tur­bar. Así que me ti­ré a vi­vir to­do co­mo una ce­re­mo­nia cha­má­ni­ca. Apli­qué la des­ace­le­ra­ción del tiem­po en una se­rie de ac­ción.

Ⓟ ¿ Te que­dan ami­gos de la al­dea?

Ⓟ ¿ Cuál es el aro­ma de la in­fan­cia, ade­más del co­ci­do? Ⓡ

Me fui muy pe­que­ño y la vi­da va co­mo un ti­ro. Ami­gos son unos po­cos, pe­ro los míos son su­per­lin­dos.

Me to­ca mu­cho el ro­me­ro. Ya sa­bes que lim­pia. Tu­ve un mo­men­ta­zo con él en un cam­po. Me pa­sé un día dán­do­me con ho­ji­tas de ro­me­ro.

Ⓟ ¿ Al­gún ri­tual? Ⓡ

Di­ga­mos que es­ta­ba ha­cien­do una ex­pe­rien­cia de ri­tual, sí ( ri­sas). Se ins­ta­la­rá en Fran­cia unos me­ses, con el plan de es­cri­bir. Aún no es­tá de­fi­ni­do si par­ti­ci­pa­rá de la ter­ce­ra tem­po­ra­da de La Ca­sa de Pa­pel

Ⓟ ¿ So­lo?

Ⓟ ¿ Ves­ti­do?

Ⓟ Te im­por­ta po­co lo que di­ga la gen­te, ¿ no? Ⓡ

Sí. Sí, en ese mo­men­to creo que ya es­ta­ba ves­ti­do ( ri­sas).

Mi­ra, cuan­do sa­lí de la Real Es­cue­la Su­pe­rior de Ar­te Dra­má­ti­co, me pa­só lo que le su­ce­de a tan­tos ac­to­res que bus­can su pri­mer tra­ba­jo. En mi ca­so so­lo con­se­guí ocu­pa­ción en un bar gay, po­nien­do co­pas. A ve­ces me su­ce­de que en el Ins­ta­gram me es­cri­ben, ¿ eres ho­mo­se­xual? Y me pa­re­ce muy bien. Soy to­do lo que la gen­te quie­ra.

Ⓟ ¿ Qué sabías de la Ar­gen­ti­na? Ⓡ

En ca­sa siem­pre se ha­bló bas­tan­te por­que, por par­te de mi ma­dre, hay fa­mi­lia aquí. Son pri­mos de ella que co­no­cí de pe­que­ño y que se­gu­ro ve­ré en mi pró­xi­ma vi­si­ta. Por­que sien­to que vol­ve­ré, se han abier­to mu­chas puer­tas. Pe­ro de la Ar­gen­ti­na siem­pre se ha ha­bla­do en Ga­li­cia. He­mos pa­sa­do mu­cha mi­se­ria y La­ti­noa­mé­ri­ca era la tie­rra pro­me­ti­da. Mi pa­dre ha­bla­ba de Venezuela y se le lle­na­ban los ojos de chi­ri­bi­tas. Bra­sil, Venezuela, Ar­gen­ti­na... Esa era la gran ilu­sión.

Ⓟ ¿ Por qué brin­dás? Ⓡ

Es­toy en una eta­pa que he vuel­to a los 13, no es­toy be­bien­do. Y mi­ra que he si­do muy fies­te­ro. Pe­ro siem­pre se brin­da a mo­do de de­seo. En lo per­so­nal, a mí me gus­ta­ría mu­cho que la gen­te se que­da­ra más ra­to quie­ta.

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