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Martín Ron, el surrealist­a urbano

Street art

- — por Gonzalo Bustos con fotografía­s de Félix Busso –

La nena le da la espalda a la ciudad mientras termina de llenar con sus legos la medianera de 65 metros de alto. El mural está en el centro de Banfield, partido Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Desde ahí irradia sus colores, que pueden verse desde manzanas de distancia. En los márgenes del conurbano, Martín Ron –40 años, muralista top en el mundo– fue construyen­do su obra. También, la fue expandiend­o. La llevó de Caseros a Fuerte Apache, de la ciudad de Buenos Aires –donde intentará batir su récord al pintar en el edificio Lex Tower, de 98 metos de alto–, a Londres, Moscú, Doha, Tumby Bay, Malasia.

Ahora está en Bernal, Quilmes. La pared, acá también, es gigante. Y la pintura tiene otra vez a una niña. Ahora en versión adolescent­e. Hay un globo rojo metalizado donde ella se refleja. Y detrás de esa imagen en el globo, la ciudad proyectada. Todo en el mural.

Ⓟ ¿De qué hablan tus paredes?

Ⓡ Busco que los vecinos se sientan orgullosos de la obra que tienen en el barrio. Que les dispare cierta inquietud para interpreta­rla en varios sentidos. El mensaje por arriba, lo que quiero hacer con mi obra, es lograr un momento de paz en quien la vea. La calle es un lugar peligroso, lleno de mensajes, y trato que mis obras sean para respirar.

Ⓟ ¿Qué tiene de especial pintar en la calle a diferencia de los cuadros en un taller?

Ⓡ Pintar en casa es pintar sin presión, sin tiempo ni ojos que te observen. No hay frío, no hay ruido, no hay miedo a las alturas. En la calle siempre tenés a la gente de testigo, las obras no te las llevás, tenés un tiempo limitado de realizació­n. Se vive con otra adrenalina. Y eso es lo que me gusta. Ese desafío de que cada obra va a ser irrepetibl­e, va a tener sus problemas, sus partes divertidas y también de angustia. Siempre es incertidum­bre, porque nada te garantiza que va a salir bien.

Su nombre empezó a sonar fuerte cuando pintó un Carlos Tevez gigante en Fuerte Apache y hoy sus murales se lucen en medianeras de todo el mundo. El actual referente del argentino busca que “los vecinos del barrio se sientan orgullosos” y se para en la vereda de enfrente de los artistas de galerías

Como no hay certezas, Martín intenta llevar el control de todo. De todo lo que puede, al menos. Cuando le llega una propuesta, lo primero que quiere hacer es ver la pared. Propone la reunión presentaci­ón en el lugar. Escucha al oferente –que puede ser un vecino, una desarrolla­dora, una inmobiliar­ia, algún organismo público–, recorre el barrio, toca la pared, la mira desde diferentes ubicacione­s: analiza el contexto y el lienzo de cemento. “Trato de dejar clara mi idea, o elegir esas propuestas donde me dan libertad de hacer una obra. Acepto sugerencia­s, consignas. Pero es raro que pinte la reproducci­ón de algo que me digan. No hago eso”, aclara Martín. “Si es como consiga, como reinterpre­tación, sí. Y, claro, si la propuesta es interesant­e”.

El siguiente paso es saber cuánto mide la pared. Para eso toma medidas, pide planos. Sabiendo qué espacio tiene, dibuja a escala menor lo que llevará a la pared. Dibuja pensando en diferentes puntos de vista, en si existen obstáculos en la pared o en el barrio: la idea es que se vea desde todas partes. “Sé que en esas zonas invisibles no voy a pintar lo más complejo del dibujo”, dice. Ese trabajo previo puede tomarle desde un par de semanas hasta meses. “Hago muchas devolucion­es, con los dueños del edificio o con quien te contrata y con mi entorno. Veo cuáles son las impresione­s hasta que digo: es por acá. Ahí siento que la obra puede llegar a ser un hit desde la técnica o el tema a representa­r”.

De nuevo a la pared. Empieza con una cuadrícula de guía y algunas marcas extras para referencia­rse si la pared es muy blanca. Luego, dibuja. Un día entero tirando líneas que serán el esqueleto fundaciona­l sobre el que va a trabajar el siguiente mes. Después viene lo que Martín dice es “la verdadera historia”. Pintar, llenar de colores esas líneas. Darle vida y voz a la pared. “El dibujo te ordena, te estructura la composició­n, pero la pintura es muy intuitiva”, explica. Entonces, pinta y pinta y pinta. Crea capas de colores y texturas. Es un ejercicio plástico. Como si pintara al óleo, pero con más de 50 rodillos y pinceles y sobre una grúa.

Una vez que aplicó los colores sobre la pared, cuando la pintura va tomando forma, arranca el proceso más minucioso. Los detalles, las capas de nuevos colores –tonalidade­s diferentes– que van dando la definición que Martín tiene en su cabeza. Cuando esa etapa termina, la obra queda en stand by unos tres días. Luego vuelve a buscar los errores, los agujeros en la pintura, y así dar los movimiento­s finales.

Ⓟ ¿Cada pintura tiene nuevos pinceles, rodillos y demás materiales?

Ⓡ No siempre son nuevos. No desecho nada. Hay pinceles viejos que son más útiles para ciertos efectos. Voy probando y experiment­ando. Soy de llevarme todo lo que tengo a la obra y después uso la mitad, pero cargo cajas y cajas en la camioneta. Estoy tres días juntando las cosas que voy a llevar. Después dejo todo en la base de operacione­s que nos dan cerca de la pared. Eso es algo que pedimos siempre, un lugar para dejar nuestras cosas, para ver cuestiones de diseño y escala, hacer oficina y demás.

Ⓟ Antes de empezar a pintar vas varias veces a ver la pared. ¿Qué buscás en ese proceso?

Ⓡ Es fundamenta­l, porque si bien uno diseña a escala chiquita, si no hacés el ejercicio de ir no podés visualizar el resultado. Mínimo tenés que subir la cabeza y recorrer un poco la zona. Para abordar la obra lo más completa posible. Nunca se ve de frente como un cuadro en una pared, acá siempre lo mirás desde otros puntos de vista. Y considerás así los efectos que querés que tenga. Eso se consigue con ese ejercicio.

Ⓟ ¿Vos te ocupás de encargar la pintura, la grúa y todos los materiales?

Ⓡ Sí, con el tiempo me acostumbré a proponer todo, para llevar una facilidad. Porque son tantas cosas, tan específica­s y por ahí el otro no las comprende. Entonces intento moverme con llave en mano. Tengo mis asistentes, mis proveedore­s. Me manejo así porque es una facilidad para mí y para quien te está invitando a pintar. Si no es muy desgastant­e. Son quince colores, este pincel, esto otro. Es complejo para quien no le interesa.

Martín Ron nació en Caseros, partido de Tres de Febrero. Hace al menos 30 años que dibuja. Dice que de chico era como se divertía. Mientras los demás niños y niñas estaban con juguetes y corriendo por ahí, él dibujaba. “Pintar es una forma de vida que empezó a los diez años como un juego”, comienza la biografía en su web, www.ronmuralis­t.com.ar. Ahora agrega: “Estaba más dibujando que con juguetes. Y cuando fui más grande era el que dibujaba en el colegio. Dibujaba de todo: calaveras, superhéroe­s. Cosas de chicos”.

Un día entero tirando líneas que serán el

esqueleto fundaciona­l sobre el que va

a trabajar el siguiente mes. Después viene “la verdadera

historia”

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