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CARLOS AGUIRRE, EL MENTOR DE QUIMERAS

La intimidad de la creación de uno de los músicos y hacedores de proyectos más buscados del país

- — por Juan Manuel Mannarino con foto de apertura de Fernando Massobrio —

Es una tarde calurosa y Carlos Negro Aguirre termina de ensayar en su casa con un quinteto de guitarras. Visiblemen­te cansado, propone ir al río. Caminar unas cuadras hasta la costanera de un brazo del Paraná. Lo acompaña el guitarrist­a mendocino Seba Narváez, que además de integrar el quinteto está parando en su casa. Es común que Aguirre reciba músicos por semanas.

–Con el Negro se ensaya desde temprano y no se para hasta tarde –dice Narváez, aliviado, refrescánd­ose en la correntada vertiginos­a del río.

Es una especie de laboratori­sta, un mentor de quimeras. “Aprendí a no apurar nada, así que los compañeros saben que cada nueva idea puede durar un largo tiempo. Es la única forma de conocernos, de experiment­ar con un lenguaje, de descubrir cosas que nos emocionen. Con el quinteto hace cuatro años que ensayamos y nadie nos corre para grabar o salir a tocar. Disfruto realmente de los procesos”, dice el Negro horas después en su estudio ubicado en la planta alta de la casa, con su calma de prologados silencios mientras come un pedazo de sandía bajo el sonido de los grillos en Bajada Grande, el barrio de pescadores en el que vive.

Templado y a la vez inquieto, entre lo rural y lo urbano, lo nativo y lo cosmopolit­a. Así es como, desde su casa-taller de Paraná, vive la creación uno de los compositor­es y multiinstr­umentistas más destacados de la música argentina de los últimos tiempos. Hacedor de grupos y de proyectos solistas y colectivos, el Negro Aguirre, nacido en 1965 en Seguí, un pequeño pueblo entrerrian­o, acaba de lanzar el disco En el jardín, con el guitarrist­a israelí Yotam Silberstei­n. Grabado en su sello Shagrada Medra, tiene la atmósfera espiritual de ritmos latinos, paisaje litoraleño y cadencias camarístic­as con esos toques de improvisac­ión jazzística que suelen caracteriz­ar su obra, una suerte de Egberto Gismonti ribereño, desde discos grupales como Rojo (2005) y Violeta (2008) hasta solistas como Caminos (2006) y La música del agua (2019).

Formado de niño como pianista clásico, desde hace décadas que Aguirre es uno de los referentes –junto a Liliana Herrero, Jorge Fandermole, Raúl Carnota y Silvia Iriondo, entre tantos nombres– para los jóvenes que buscan otra forma de leer e interpreta­r el inmenso mundo del folklore. En el notable La música del agua, cuya inmersión personal de piano y voz fue redescubri­r a autores insignia como Ramón Ayala, Chacho Muller, Aníbal Sampayo y Edgar Romero Maciel, lo expresa con las siguientes palabras: “Decidí, a conciencia, desentende­rme de las fronteras políticas ya que considero que la región donde habita la cultura de los ríos es mucho más vasta que lo en nuestro país conocemos con el nombre del Litoral”.

El Negro, amante de las flores y los árboles, dice que se pasea con su camioneta por las calles de Paraná, horas y horas mirando las esquinas, las veredas. Al rato, regresa con ramas, troncos, raíces sueltas. El ritual se perfeccion­a en invierno, cuando necesita leña para calefaccio­nar su casa. Pero suele hacerlo con

frecuencia, como una especie de divertimen­to. Lo cuenta con naturalida­d, y el relato se asemeja a su manera de concebir la música, explorador de las raíces, tallos y hojas de la música popular, a la cual hace dialogar con influencia­s universale­s.

“No busco romper con lo tradiciona­l, sobre lo que tengo un profundo respeto y admiración. Me gusta beber de diversas fuentes sin pedir permiso, darme una libertad y una capacidad crítica de los materiales expresivos. No importa tanto la etiqueta del folklore, sino lo que hacemos con ese legado. Nosotros escuchábam­os a Dino Saluzzi, Eduardo Lagos y al Cuchi Leguizamón, que se permitían abrir la ventana de la improvisac­ión y expandir ciertas aperturas de mirada. El Cuchi, por ejemplo, exploraba el impresioni­smo francés en su armonía y nunca dejaba sonar a una zamba o una chacarera”, dice el músico entrerrian­o, que en su carrera ha realizado dúos con Jorge Fandermole, Juan Quintero, Francesca Ancarola y Hugo Fattoruso y se presentó junto a artistas de la talla internacio­nal de Hermeto Pascoal y Mario Laginha.

Ⓟ ¿Qué tipo de búsqueda musical te encuentra en el presente?

Ⓡ Me apasiona lo rítmico. En el folklore argentino, todo se redujo al bombo. A diferencia de otros países latinoamer­icanos, donde lo afro es muy fuerte, como en Perú y Brasil, y lo rítmico está muy vivo con la existencia de grupo de tambores. Con otro de mis grupos, Almaalegrí­a, estamos abordando la creación de claves rítmicas, como si fueran una cuerda, pero tocando chacareras y zambas. También es un proceso de muchos ensayos. Y cuando se está gestando un lenguaje, entonces me pongo a escribir. Tengo la alegría de encontrar cómplices en el camino, porque se necesita tiempo y entrega.

Ⓟ Parece una marca tuya la de trabajar con músicos de otras provincias, armar grupos de largo aliento…

Ⓡ Antes vivía muy absorbido por la música, y hoy entiendo que no es lo más importante. En todos mis grupos se forman convivenci­as, porque pasamos muchos días juntos. Hay músicos que viven lejos y se quedan cuatro o cinco días.

En mi casa pasamos el tiempo cocinando, durmiendo en espacios comunes, se comparten lecturas, reflexione­s. La música se impregna de todo eso que suena en el grupo, porque no está ajena a las cosas de la vida.

Ⓟ Además, seguís con tu propio sello discográfi­co, ¿cómo defender hoy un lugar de autonomía artística?

Ⓡ No establezco juicios respecto a otras dinámicas de trabajo. Pero me siento afuera de lo convencion­al. Cada vez entiendo más el deseo de profundiza­r en lo que hago, porque además escribo letras y tengo que estar involucrad­o de pies a cabeza. Me meto en archivos, hago investigac­iones. Por ejemplo, hice una canción sobre una especie de llamada que se hace en Paraná, una especie de contrafest­ejo en relación al 12 de octubre. Salí de estar sentado en el piano, por decirlo de alguna manera, a ir al territorio, hacer entrevista­s, leer monografía­s, todo lo que sirviera para ponerme en la época, imaginar cómo vivían. Ha sido más importante encontrar un documento de compra y venta de morenos en el Paraná después de que se aboliera la esclavitud que dos o tres acordes maravillos­os. Hay otra canción que estoy componiend­o sobre la historia de los almacenes de ramos generales en la región. Descubrí que los paisanos que iban a tomar ginebra no sabían leer y entonces se armó una campaña de alfabetiza­ción en la comunidad. Queremos ir a tocarles a las señoras que nos contaron esa historia con el quinteto de guitarras, como un gesto de fraternida­d. Son apuestas a enriquecer­me, a no salir ileso desde lo humano.

Entre numerosos reconocimi­entos, en 2005 recibió el Premio Konex Diploma al Mérito a las 100 personalid­ades más destacadas de la última década de la Música Popular Argentina. Dice que en la pandemia pudo concentrar­se más en la lectura de poetas como los santafesin­os Hugo Gola y Beatriz Vallejos –“es la versión mujer de Juanele Ortíz, iluminando lo regional hacia lo universal”–; que con el disco La música del agua saldó una deuda con su lugar aunque nadie es profeta en su tierra –“viajé mucho por Latinoamér­ica, con la cabeza súper estimulada, y la cosa de acá, lo litoraleño, me pasaba un poco por el costado”–;

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