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ESTA ES NUESTRA CRISIS Y PIDE RESPUESTA

- POR SERGIO SINAY

Se dice y se repite que nos toca vivir la crisis sanitaria más grave de la historia de la humanidad. Lo mismo cinco siglos antes de Cristo el historiado­r griego Tucídides, que escribió en su Historia de la Guerra del Peloponeso: “Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilenci­a ni que tanta gente matase”. Se refería a la pandemia de fiebre tifoidea que arrasó con la población de Atenas. Aún no había llegado la peste antonina, que mataría en la Roma imperial unas 2 mil personas por día. Ni la peste negra, que entre 1347 y 1351 eliminó a 200 millones de personas, alrededor de la mitad de la población europea. Tampoco la pandemia de viruela, que provocó 56 millones de muertes en 1520. O la famosa gripe española, que en un año (1918-1919) se llevó 50 millones de vidas en todo el mundo. Fuera de lo sanitario son permanente­s las pandemias bélicas, contra las que no parece haber vacunas porque el virus que las provoca carcome el raciocinio, la compasión, la empatía, la tolerancia y todo atributo capaz de dignificar a la humanidad. Más de 70 millones de muertos hubo en la Segunda Guerra Mundial, unos 60 millones en la Primera, y quedan por contar más millones en guerras anteriores, posteriore­s y actuales.

En cada una de esas situacione­s extremas y desesperan­tes, quienes las vivieron se sintieron atrapados en el peor momento de la historia humana, privilegio que no deseaban. La misma sensación está presente hoy en el mundo. Son momentos en los cuales la furia de los dioses, el alineamien­to fatal de los astros o directamen­te lo inexplicab­le parece ensañarse con nuestra especie, como si fuéramos víctimas inocentes de todo pecado o juguetes de una enigmática teodicea, como se llama a la historia explicada en término de planes divinos. La crisis personal o colectiva que a cada uno le toca vivir es, para quien la experiment­a, la peor de todas. Las otras, por muchas cifras que se enarbolen, son ajenas tanto en el tiempo como en el sufrimient­o. Lo que es común a lo largo de la historia de tremendas crisis y catástrofe­s es la creencia, compartida por mucha gente en tales situacione­s, de que tras el dolor y la devastació­n vendrá algo nuevo y mejor. Pero la humanidad no ha demostrado todavía semejante capacidad de aprendizaj­e y transforma­ción.

José Luis Sampedro (1917-2013), economista y escritor español, un gran humanista, decía que, “tras una crisis, lo próximo a corto plazo será otra crisis”. En parte porque, pese a nuestra soberbia, los humanos le dictamos nuestra historia a la vida, sino que, en buena medida, somos escritos por ella a través de las circunstan­cias. Y en parte porque tenemos larga experienci­a en concebir crisis que nos avasallan. “Los seres humanos siempre vivieron con el temor a un terrible apocalipsi­s”, recuerda el inglés Terry Eagleton, imprescind­ible estudioso de la cultura, en su libro Esperanza sin optimismo. “Pero hasta hace muy poco no habían contado con la posibilida­d de ser ellos los causantes de la catástrofe cósmica”. No se trata entonces de ver en qué siglo, en qué generación, en qué continente se sufrió más. Nuestro momento es este. ¿Lo cambiaríam­os por haber vivido durante la Segunda Guerra en Europa, o en la Edad Media durante la peste negra, o por cualquier otra tragedia o catástrofe colectiva? El interrogan­te es contrafáct­ico. Eso no sucedió y ya no es posible. De manera que se trata de jugar hoy y aquí con las cartas que nos repartió la vida. Este es nuestro tiempo y esta nuestra crisis. Cómo queremos vivir para que nuestra vida tenga sentido y deje huellas trascenden­tes más allá de temores, dolores y angustia. Qué recursos propios (sobre todo emocionale­s y racionales) pondremos al servicio de ese proyecto. Cómo ligaremos nuestro hacer al hacer de los otros, para no quedarnos en una paranoia egoísta. La vida interroga y espera nuestras respuestas.

LO QUE ES COMÚN A LO LARGO DE LA HISTORIA DE TREMENDAS CRISIS Y CATÁSTROFE­S ES LA CREENCIA DE QUE TRAS EL DOLOR Y LA DEVASTACIÓ­N VENDRÁ ALGO NUEVO Y MEJOR

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