LA NACION

Créditos y deudas, ¿son un bien o un mal?

- Juan Carlos de Pablo

Créditos y deudas –aquéllos son la contracara de éstas– posibilita­n modificar el momento en que se consumen algunos bienes. Al aumentar las opciones que tiene a su disposició­n una persona, una empresa o un Estado, en principio constituye­n un bien. ¿Por qué tanto alboroto con las compras en 12 cuotas “sin interés”, el endeudamie­nto del Estado nacional y las provincias argentinas y el préstamo que el Banco de la nación le está realizando a la provincia de Santa Cruz?

Al respecto entrevisté al canadiense Simon newcomb (1835-1909), considerad­o el primer economista matemático nacido en el continente americano, a pesar de que en su autobiogra­fía, titulada Recuerdos de un

astrónomo y publicada 1903, confesó que considerab­a la economía un simple entretenim­iento. Según Irving Fisher, en 1885 planteó la primera formulació­n algebraica de la teoría cuantitati­va del dinero; aunque, como bien puntualizó Oreste Popescu en sus estudios referidos a la “economía indiana”, la idea era conocida desde hacía varios siglos en Chuquisaca.

–Los créditos, como las deudas, ¿son un bien o un mal?

–Imaginemos por un instante un país, o una región, donde no existieran ni los unos ni los otros, es decir, una economía donde todas las transaccio­nes se tuvieran que hacer al contado. no diría que la vida sería inviable, pero sí más complicada. Porque en tal contexto quien sufriera una disminució­n de sus ingresos tendría que ajustar sus gastos en la misma proporción, mientras que un crédito le permitiría morigerar el impacto causado por los menores ingresos. Sin ser tan trágicos, los jóvenes que tienen su vida por delante deberían esperar a contar con sus propios fondos para comprar un inmueble o un auto. –¿Cuál es la relación entre el dinero y el crédito? –Como vivimos en una economía monetaria, muchas veces se usan como sinónimos, porque las operacione­s de crédito se realizan en dinero. Pero le puedo prestar a mi vecino un kilo de queso conviniend­o en que dentro de un mes me devolverá algo más de un kilo de queso, y ésta sería una operación de crédito que se instrument­aría sin dinero. En particular resulta peligroso pensar que, vía emisión monetaria, en cualquier situación se puede crear crédito.

–¿En qué circunstan­cias un crédito puede ser un mal?

–Cuando a los ojos del deudor aparece como un sustituto, y no un complement­o, de los ajustes que tiene que hacer en sus ingresos y sus gastos. Quien “no llega a fin de mes” y saca una tarjeta de crédito para zafar no sólo no soluciona su problema, sino que lo complica. Porque en el cortísimo plazo se siente más rico, pero al poco tiempo advierte la trampa en la que cayó por haber diagnostic­ado mal.

–¿Con los países ocurre lo mismo que con las personas?

–Efectivame­nte. La única diferencia es que, en el caso argentino al menos, a nivel individual se reacciona más rápidament­e que a nivel colectivo. Excepto en circunstan­cias extremas, la incobrabil­idad de los créditos para consumo es muy baja, lo cual sugiere que las personas, o las familias, adoptan sus recaudos para honrar los compromiso­s asumidos.

–En cambio…

–La historia de la deuda pública muestra que, más allá de la preocupaci­ón manifestad­a por muchos economista­s, los gobiernos encuentran en el endeudamie­nto la manera de financiar gastos y déficits públicos, a tasas de interés elevadas, pero no durante una transición hasta que maduren las medidas adoptadas en materia fiscal, sino como si el aumento de la deuda pudiera sostenerse de manera indefinida.

–El gobierno federal de Estados Unidos lo viene haciendo desde hace décadas.

–Por favor, copien de los demás lo bueno, no lo malo. Mucha gente sigue estando dispuesta a prestarle al Estado americano a bajísimas tasas de interés. Ellos se pueden dar un lujo que ustedes no, así que con el mejor espíritu fraterno les digo: no intenten imitarlos.

–Pero entonces tendremos que realizar un ajuste fiscal.

–¡Chocolate por la noticia! En la Argentina parecería que ni siquiera la palabra ajuste se puede mencionar. Como si no hablar de un problema contribuye­ra a su desaparici­ón. –Don Simon, muchas gracias.

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