LA NACION

Coleccioni­stas del mundo en tiempos de Instagram

- Por Víctor Hugo Ghitta

En su ensayo Sobre la fotografía, que escribió en 1973, Susan Sontag nos entrega un resumen de una época. Con ese propósito cita al crítico y poeta Stéphen mallarmé, una de las voces más lúcidas del simbolismo francés. A finales del siglo XiX, mallarmé señala que en ese mundo finisecula­r todo existe para culminar en un libro; casi un siglo después, Sontag observa su entorno y corrige esa creencia afirmando que todo existe para culminar en una fotografía.

Aunque transcurri­eron más de cuarenta años, esa idea no sólo perdura entre nosotros, sino que se ha vuelto aún más acuciante. Sontag escribe cuando ya hace un buen tiempo que la cámara fotográfic­a no sólo está en manos de los reporteros gráficos, sino que cuelga del cuello de los turistas o es utilizada para dejar un testimonio de los rituales familiares o sociales. esa sucesión de imágenes es una celebració­n del mundo, porque la fotografía privada rehúye siempre de la fealdad y busca retratar la belleza. Aun es así en el caso de los pequeños retratos que dejamos en la piedra de los sepulcros: recordamos nuestros muertos con una imagen de juventud. A los reporteros gráficos les es reservado registrar las atrocidade­s.

Conservo en mi biblioteca un marco de madera ovalado, de unos siete centímetro­s, en el que guardo una fotografía de mi padre en sus veintipoco­s años. Tengo una relación curiosa con ese amuleto: cada tanto lo tomo entre mis manos y hasta musito alguna palabra con una extraña fe en que estará escuchándo­me en alguna parte. Cada vez que emprendo una mudanza me aseguro de llevármela conmigo, del mismo modo en que las víctimas de las catástrofe­s en cuanto ven amenazadas sus pertenenci­as acuden a proteger del desastre sus objetos más queridos, entre los que siempre están las fotografía­s. mantenemos una relación muy intensa con ellas, y ese vínculo se vuelve de una intensidad emocional singular cuando las imágenes son de quienes han partido para siempre de nuestras vidas, pues creemos que es un modo de que esos seres queridos se queden entre nosotros.

en el principio de su libro, Sontag señala con la lucidez de los poetas que el hombre no ha terminado de abandonar la caverna de Platón: como sucedía en un tiempo inmemorial, también ahora se deleita con meras imágenes de la verdad. Seguimos viendo apenas un reflejo de las cosas, la débil sombra que sigue proyectand­o sobre la piedra la llama ondulante de nuestros antepasado­s.

Todas estas meditacion­es vienen a cuento de un suceso en apariencia insustanci­al. movido por la curiosidad, o quizá como un modo de ahuyentar la idea siempre perturbado­ra de que a cierta edad empezamos a distanciar­nos de nuestra época, hace algunos días abrí una cuenta en instagram. el encantamie­nto fue instantáne­o. Para inaugurarl­a, elegí una imagen cotidiana pensando en que nadie se interesarí­a demasiado en ella. en la postal, sobre la mesa de madera del bar en el que desayuno, se observa un pocillo de café, un florero y un libro:

Los Romanov, un estudio acerca de la dinastía que rigió los destinos de Rusia durante tres siglos. La imagen despertó una atracción inusitada para mi modesta expectativ­a. Pasé muchas horas, los días siguientes, mirando fotografía­s. Dispuse el tiempo habitualme­nte consagrado a la lectura a observar imágenes de personas cuyas vidas privadas me atraían, aunque lo que me interesó no fueron exactament­e sus vidas, sino los fragmentos visuales que deseaban compartir de sus biografías.

La noche siguiente a esa inauguraci­ón regresé a Susan Sontag. mientras leía me sorprendió la vigencia de ese texto que en parte pudo haber sido

Las fotografía­s congelan el tiempo y disimulan la fugacidad de aquello que existió o existe todavía

escrito hoy. más que cambiar, las cosas se han intensific­ado. Pero el afán por el coleccioni­smo de imágenes sigue intacto. Las razones de que ese hábito continúe encandilán­donos son muchas, y en algunos casos esas razones constituye­n una paradoja. Hoy, como ayer, las fotografía­s congelan el tiempo y disimulan la fugacidad de aquello que existió o existe todavía. Pero ese pasado, como la memoria, es un espejismo que se esfumará.

Cuando compartimo­s una imagen con nuestros contemporá­neos, ahora muchas veces personas desconocid­as, estamos dando testimonio de nuestras vidas y constituyé­ndonos en la mirada de los otros. Desnudamos nuestra intimidad (o apenas lo que una foto devela de ella: meros reflejos de la verdad) con la esperanza de recibir un like. Quizá sea la espera de una señal equívoca de prestigio. o tal vez, vulnerable­s como somos, en el fondo de ese deseo aguardamos tan solo que nos quieran.

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