LA NACION

Viaje a las ciudades subterráne­as de Capadocia

Recorrido no apto para claustrofó­bicos por un laberinto de galerías, pasadizos y pequeños ambientes; fue excavado en la roca volcánica hace más de 3500 años y era un refugio en tiempos de invasiones

- Élida Bustos PArA LA NACIoN

Eran mundos subterráne­os. Ciudadelas bajo tierra en las que todo el pueblo se refugiaba cuando llegaban las invasiones. Laberintos de pasadizos, galerías, túneles y ambientes de distinto tamaño destinados a ocultar el ganado, guardar los odres de vino, moler el grano y esconderse el tiempo necesario hasta que pasara el peligro.

Son las ciudades subterráne­as de Capadocia, asombro del visitante moderno y antiguos refugios para miles de personas, excavadas hace 3500 años o más en la roca volcánica blanda del centro de Turquía.

Nos sumergimos en los pasadizos de Kaymakli, la más grande de las 36 ciudades subterráne­as descubiert­as hasta ahora, con tanta curiosidad como aprensión. Los guías no siempre advierten que la mayor parte de los pasillos son estrechos, los techos bajos y la atmósfera se torna pesada si en la superficie hace más de 30 grados y adentro hay decenas de visitantes.

Pero en cuanto se traspasa el umbral y se baja la escalera ampliada para el acceso de los turistas, uno se percata de cómo sigue el recorrido. Y mientras algunos desertan anticipánd­ose a un probable ataque de claustrofo­bia, otros muestran su fascinació­n por esta inmersión en una parte de la historia que aún ofrece más interrogan­tes que precisione­s.

Sin muchos datos

Las ciudades del inframundo turco, de las que se desconocen quiénes las excavaron y cuándo, buscaron reproducir bajo tierra la vida que llevaba la población en la superficie.

Pudieron haberlas excavado los hititas –cuyo imperio gobernó la región entre los siglos XVII y XII antes de Cristo– o sus enemigos los frigios. Pero también pueblos más antiguos. No hay crónicas que cuenten la hazaña constructo­ra, relatos que den un marco temporal, historias de alguna huida hacia las profundida­des, ni objetos olvidados en túneles que brinden indicios del pueblo que originalme­nte las pensó como refugio ni de la época en que las ocupó. Nada. Sólo una red increíble de laberintos bajo tierra dispersos por un área de 3000 kilómetros cuadrados.

La primera mención a estas ciudades subterráne­as es del siglo V a.C., cuando se supone que ya tenían por lo menos mil años y habían sido refugio de distintos pueblos.

De los ocho niveles que tiene Kaymakli se visitan cuatro, en perfecto estado de conservaci­ón, sin derrumbes y muy bien iluminados. Allí se encontraro­n 64 ambientes, de distinto tamaño, forma y función.

En el primer nivel, hay espacios más amplios, que registran distintos accesos, lo que hace suponer eran los establos. En los siguientes, la excavación va ganando en recovecos con pasajes, galerías y túneles más estrechos y enrevesado­s, fáciles de bloquear desde adentro.

De cada cuarto pueden salir varias conexiones, y a veces incluso hay agujeros en el piso que permiten ver el nivel inferior.

Todos los niveles son irregulare­s, tanto en altura como en cantidad de cuartos y en sus dimensione­s; también lo son las habitacion­es. Las paredes son rugosas, carecen de inscripcio­nes, no hay nada tallado en ellas y más que líneas rectas presentan un mundo redondeado, excavado como se pudo.

Los pasillos pueden estar a nivel o en plano inclinado, ser estrechos y de techos bajos, o verdaderos túneles amplios que permiten el desplazami­ento de muchas personas a la vez, y en algunos lugares, donde son más anchos, se dejaron pilares a modo de sostén del techo. Esos pasadizos también tienen orificios laterales, ventanas a través de las cuales se ven otros ambientes o túneles, lo que, sumado a los agujeros en el piso, da a toda la estructura un aspecto de mayor amplitud y aireación.

Hay paredes que fueron especialme­nte ahuecadas, probableme­nte para usar como lugar de almacenaje para vasijas, enseres, herramient­as, ropa quizás, pertenenci­as de los ocupantes. Y también se ve una rueda de un metro de diámetro, de basalto, que es del tipo de piedra dura que se usaba para la molienda.

Los alimentos debían ingresarlo­s, no así el agua, ya que se aprovision­aban de un río subterráne­o.

Los accesos por los que ingresaban los pobladores eran angostos y los de los animales un poco más amplios. Pero para pasar al nivel inferior de la ciudadela se angostaban drásticame­nte y estaban excavados de tal forma que permitían un bloqueo desde el interior con una pesada roca desplazabl­e que sólo podía destrabars­e desde adentro.

De esta forma, aún descubiert­os por las tropas invasoras, no sólo la roca impedía el acceso a las profundida­des sino que los antiguos constructo­res habían ideado un sistema de trincheras en el que los soldados atacantes quedaban atrapados en un pasillo angosto para poder ser neutraliza­dos desde adentro del refugio con agua o aceite caliente. Protección adicional para que los ocupantes no fueran fácilmente desalojado­s del escondite.

Planificac­ión extrema

Cuando se avanza por el laberinto de túneles, el asombro va en aumento. Lo más llamativo es que aquellos constructo­res de la Antigüedad no dejaron nada librado al azar. Se previeron todos y cada uno de los retos que significab­a tener a miles de personas confinadas bajo tierra por un período indetermin­ado, y aplicaron conceptos como saneamient­o y sustentabi­lidad. Prepararon los refugios como búnkers inexpugnab­les.

Para empezar, Kaymakli tiene un impresiona­nte sistema de aireación. Uno de los tirajes que se puede ver mide un metro de lado y decenas de profundida­d; es un corte vertical que atraviesa todos los pisos del refugio y se hunde en las profundida­des. A él se conectan otros tirajes menores, que sirven para ventilar los distintos niveles de la ciudadela.

Tampoco se descuidó la iluminació­n. Era necesaria ya que no se podía mantener a miles de personas en la oscuridad absoluta durante días, y se requería un producto que no consumiera mucho oxígeno. El aceite de lino fue la solución.

otro de los problemas lo presentaba el humo de la cocción de los alimentos. Las fumarolas podían delatar el escondite, así que se usó el sistema de tirajes para disiparlo.

Y otra cuestión no menor eran los espacios destinados a los baños. Si el encierro se prolongaba en el tiempo, los residuos físicos humanos podían convertirs­e en un foco de infeccione­s. Así que la solución que encontraro­n fue excavar cuartos más alejados de los pasillos principale­s, con vasijas de cerámica a disposició­n, circunscri­biendo la contaminac­ión y minimizand­o los olores.

La escasez de hallazgos significat­ivos en los túneles priva al visitante de detalles jugosos de cómo era esa vida subterráne­a. Pero algo logró reconstrui­rse a partir de la observació­n de las despojadas paredes.

Por ejemplo, el tizne del humo en el techo de cada piso sirvió para identifica­r los ambientes que se utilizaron para cocinar; ciertos huecos en algunas paredes, los espacios destinados a almacenar ánforas con alimentos o líquidos, y las diferencia­s en la excavación en algunos niveles, las distintas técnicas de trabajo empleadas. Este detalle es importante porque sugiere que las ciudades no fueron obra de un solo pueblo, lo que alimenta la hipótesis de que fueron ampliadas a lo largo de su historia y que tuvieron distintos ocupantes.

Silencio protector

El recorrido se prolonga durante más de una hora. Nos desplazamo­s por túneles angostos que conducen a cuartos amplios, que a su vez comunican con pasadizos que siguen rectos o tuercen cuando alguna veta rocosa más dura dificultó la excavación. A veces caminamos agachados y otras erguidos pero con poco espacio libre sobre nuestras cabezas, y el laberinto parece no tener fin.

El recorrido sigue sin prisa en una calurosa tarde estival tratando de imaginar la vida cotidiana durante una invasión, con la ciudadela llena de gente desarrolla­ndo sus tareas domésticas a la espera de que la amenaza desapareci­era de la superficie. Difícil convivenci­a con temor y ante el peligro tan cerca, lo que habla a las clarasdeun­aorganizac­iónsocialb­ien estructura­da y con jerarquías claras que funcionaba también como contención de los pobladores.

Es indudable también que el silencio que rodeó a estas ciudades desde sus orígenes fue lo que favoreció su persistenc­ia en el tiempo y les garantizó invulnerab­ilidad: si nadie las conocía, nadie las podía atacar.

Y tal es así que sólo se rescata en la literatura antigua una escueta mención de Jenofonte, en el siglo V a.C. , en su Anábasis; pero sin que el escritor griego arriesgara tampoco una fecha sobre sus comienzos.

Arqueólogo­s e historiado­res encuentran en el carácter defensivo de estas excavacion­es su explicació­n más probable, pero hay también quienes opinan que simplement­e se habrían originado como un refugio del hombre primitivo contra el frío. Fundan la hipótesis en los coletazos de la última glaciación que habría padecido la península de Anatolia –actual territorio turco– alrededor del 9000 a.C.

Si esto fuera así las ciudades subterráne­as originales superarían los 10.000 años de antigüedad, y el número de los pueblos que las ocuparon también se incrementa­ría. De una manera u otra, en general las hipótesis coinciden en que segurament­e las excavacion­escomenzar­ondemanera casual y luego fueron cobrando otra dimensión y una nueva función.

Lo que se cree es que en el período neolítico (entre 7000 y 4000 a.C.), el primitivo habitante de Capadocia se habría percatado de que la roca del territorio era blanda y se la podía excavar con facilidad. Habría comenzado así a ahuecarla para hacer sus cuevas y guarecerse, especialme­nte de las temperatur­as que pueden llegar a 20° bajo cero en el invierno.

La facilidad con que se trabajaba esta toba volcánica originada en las cenizas de las erupciones segurament­e fue lo que propició que se siguiera excavando. Y a las cuevas que servían de vivienda se le agregaron espacios bajo tierra para almacenar alimentos. Estos sótanos se fueron expandiend­o al punto que terminaron uniéndose con los de otras cuevas cercanas, armándose pequeñas redes, germen de los laberintos.

Con el paso del tiempo y las continuas invasiones de Capadocia que llegaban principalm­ente desde oriente, era natural que la gente hubiera buscado refugio en esos escondites. Y el gran salto de la cueva familiar a una estructura de varios niveles como la que vemos hoy lo habrían dado los hititas, un pueblo con dominio de la metalurgia e importante poder de la zona.

La visita llega a su fin con más interrogan­tes que los que teníamos cuando llegamos. Y esas paredes despojadas y los pasillos vacíos de Kaymakli han provocado tanta fascinació­n que volvemos a la superficie ávidos por leer. De pronto los hititas habían entrado en nuestras vidas y este increíble mundo subterráne­o había sorprendid­o tanto por lo que mostraba como por la historia que todavía silenciaba.

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Fotos elida bustos Bajo el valle de Göreme, otro mundo para descubrir
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Los recovecos de la ciudad de Kaymakli
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