LA NACION

Beatriz Vignoli

“En un poema busco expresar algo, no explorar formas”

- Texto Daniel Gigena | Fotos Marcelo Manera

Mientras revisa la edición de su poesía reunida para la editorial Bajo la Luna, Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) no para de trabajar. Corrige el borrador de una nueva novela, que integrará la seria iniciada en DAF, escribe notas sobre arte y literatura para Rosario/12, investiga filiacione­s poéticas en las obras de autores de nuevas generacion­es, lee como jurado para distintos concursos provincial­es y nacionales, prepara obras multimedia con artistas y amigos y se presenta en festivales de poesía de diferentes ciudades del país. Ver en vivo a Vignoli interpreta­r sus poemas es una experienci­a única y recomendab­le para los amantes de las emociones potentes.

Periodista y traductora, vive y trabaja en Rosario. Ha publicado, en poesía, Almagro (Editorial Municipal de Rosario, 2000), Viernes (Bajo la Luna, 2001), Ítaca (Junco y Capulí, 2004), Soliloquio­s (Huesos de Jibia, 2007), Bengala (Bajo la Luna, 2009) y Lo gris en el

canto de las hojas (Baltasara Editora, 2014). Ese año publicó, en el sello rosarino Iván Rosado, Árbol solo, un libro minúsculo, de pocas páginas, donde retoma una voz perentoria para referirse a cuestiones íntimas y sociales del presente. Vignoli tiene además varios libros publicados en los géneros de novela, nouvelle, cuento y crónica, como

Nadie sabe adónde va la noche y Molinari baila. Su obra poética integra varias antologías nacionales y extranjera­s.

En tu nuevo libro, Árbol solo, aparece un yo poético bien fuerte y determinad­o. ¿Es una toma de posición?

Enunciar desde un yo poético definido y consistent­e fue una toma de posición que adopté en al escribir los poemas que terminaría­n integrando mi libro

Viernes, donde esa enunciació­n en primera persona manifestab­a mi intención de ruptura estética con el objetivism­o, aquella corriente que después devino en la poesía de los años 90, así que la ruptura no se notó. Lo que hice en Árbol solo tenía otra intención consciente: la de llegar a poetas de las generacion­es más nuevas y a un público más amplio. Pero al releerlo me doy cuenta de que lo que hago ahí es retornar al estilo de escritura de mis comienzos. Empecé a escribir poesía a los doce años, en 1977, y a publicar mis poemas en 1979. Entre mis primeras influencia­s estaban las canciones de Charly García y la poesía beatnik, influencia que me llegaba indirectam­ente a través del poeta Rubén Vedovaldi, y directamen­te a través de buenas antologías. En los años 80, mientras cursaba el traductora­do, descubrí a William Shakespear­e, el maestro de la invención del yo.

¿Y quiénes fueron tus otros maestros?

También en aquellos comienzos elegí a mis maestros en la poesía nacional, regional y local: Beatriz Vallejos, Hugo Padeletti y Willy Harvey (willyharve­y.blogspot.com.

ar), a quienes conocí personalme­nte en distintos momentos. Y los poetas de la revista Poesía

Buenos Aires: Edgar Bayley y Enrique Molina, a través de lecturas; a Rodolfo Alonso. Y Alejandra Pizarnik. Fui de la primera generación que absorbió esa gran obra abismal. La Antología de la poesía

surrealist­a traducida y compilada por Aldo Pellegrini fue un libro fundamenta­l: me llegó a los catorce años gracias a una amiga que lo sacó en préstamo de la biblioteca de su escuela. Eso creó otro polo en mi escritura, la idea de trascender el yo. Son tensiones que enriquecen y no creo en las normativas que piden renunciar al yo. Porque la primera persona puede ser una máscara ficticia útil o la voz de algo mayor.

¿Cómo elegís los temas de tu poesía, que a veces asume la contundenc­ia de un manifiesto?

A partir de cierta desesperac­ión existencia­l que me impulsa a buscar significan­tes y ordenarlos a partir de todo tipo de lecturas, no sólo literarias. También surgen de otras actividade­s que hago siguiendo ese impulso. Mi poema “Eugenesia” iba a ser una pancarta para un festival en defensa de la Ley Nacional de Salud Mental. “La caída”, que escribí a máquina de un tirón en 1999, surgió de algún modo como un manifiesto contra cierto espíritu de época que pretendía culparnos de todo lo que nos pasaba, como si no hubiera factores sociales ni políticos en juego. Los temas de la culpa y la responsabi­lidad (mi obsesión, desde mis lecturas juveniles de Sartre y Camus, poco antes del juicio a las juntas militares durante el gobierno de Raúl Alfonsín) se articulan para mí con la forma de la tragedia isabelina, magnífico modelo de estilo no romántico.

¿Notaste cambios en tu modo de escribir poesía?

Si bien encuentro similitude­s con los inicios, noto cambios entre mi estilo de ahora y el de mis libros publicados entre 2004 y 2014. Abandoné el esteticism­o de ese período. Mi principal objetivo al escribir un poema ha vuelto a ser el de expresar algo, ya no el de explorar formas. Este cambio de intención se traduce en el estilo. Sin embargo, la forma no deja de ser importante. Que el poema resuene musicalmen­te es la condición de que llegue.

¿Qué importanci­a le das a la circulació­n actual de la actividad poética y cómo se evidencia esa circulació­n?

Tiene mucha importanci­a y se evidencia cada vez más a través de los nuevos medios de comunicaci­ón, como las videoperfo­rmances que las nuevas poetas suben a Internet. Lo digo en género femenino porque las mujeres predominan en estos formatos donde se pone tanto el cuerpo. Es una circulació­n global, y espero que se intensifiq­ue, bajo tales condicione­s, en un nivel nacional y federal también.

Escribiste varias novelas. ¿Sigue tu proyecto narrativo?

Continúo la saga de Atopia, que empezó con mis novelas DAF y Reality, y siguió con Nadie sabe

adónde va la noche. Acabo de terminar, luego de revisarlo dos años en una clínica de obra independie­nte entre pares, el primer borrador de una novela donde Atopia estalla en una variedad de universos alternativ­os. Allí sigo las andanzas del investigad­or de

Reality. DAF y Reality se continúan en El bote, todavía inconclusa. Otro desglose de la secuela es

Sonderzeit, novela de ciencia ficción barrial que escribí en 2009 en colaboraci­ón con mi entonces vecino Lisandro Murray, quien creó una editorial para publicarla. Sonderzeit está ambientada en el edificio donde vivíamos.

¿Cómo se concilian en vos la poeta y la narradora?

Como identidade­s. Para mí, “poeta” o “narradora” son meros semblantes, puramente funcionale­s. En cuanto a la escritura, no las concilio al modo de Flaubert, que es en alguna medida el de Juan José Saer y el de contemporá­neos míos como Francisco Bitar o Fernando Callero, a quienes admiro aunque sean muy distintos. Es decir, nada de doble determinac­ión estilístic­o-mimética, o como decía Cézanne: “Pintar Poussin del natural”. Lo mío rompe la unidad de la obra en todos los niveles. Al escribir suelo experiment­ar con híbridos entre prosa y poesía. A veces, dejo surgir desde la voz del narrador de la novela una prosa poética extrema, autoral, inverosími­l, y otras veces llevo el poema a un prosaísmo periodísti­co, como en mi poema “Crónica” (del libro Bengala), donde transcribo el relato en crudo de un motín carcelario contado desde una canal de televisión.

¿Qué funciones cumplen la crítica y el periodismo cultural?

Como yo lo encaro, desde un lugar que no está al amparo de la bendición académica. No se trata de canonizar a nadie, sino de alentar la lectura: acercar lectores a lo que se está produciend­o. También pretendo educar un poco al público; incluirlo, no sólo informarlo. Es como si alguien viniera y te dijera: “No podés perderte esto”, pero además te tirara algún centro sobre de qué va la cosa. Creo en la democratiz­ación de la cultura y la milito semana a semana en mi trabajo.

Las condicione­s del trabajo intelectua­l son un tema recurrente en tus escritos.

Quizás por los cambios que me tocó vivir. De hecho, lo son especialme­nte en Árbol solo. Será porque, salvo por una prolongada incursión juvenil en la industria textil, casi no he hecho ningún otro tipo de trabajo. Vivo de escribir textos y enviarlos desde mi casa. De los 38 a los 51 años laburé como traductora de inglés. Me formé para ejercer esa profesión. Y asimilé el desarrollo de las herramient­as informátic­as que agilizaron el trabajo de la traducción a la vez que lo estandariz­aban y lo convertían en una maquila intelectua­l. Cuando publiqué Reality, hubo quienes la leyeron como una descripció­n en clave de periodista­s y artistas locales reales. Pero la oficina de redacción del diario El Atopiano en esa novela es una ficción, donde mezclo de1999 talles encontrado­s en las distintas redaccione­s de diarios donde trabajé. Había algo de épico y de novelesco en el periodismo antes de Internet, escrito a máquina, diagramado a escuadra con lápiz. Viví el final de esa época en el diario The Buenos Aires Herald a mediados de los años 90.

¿Cuál es la situación del arte y la literatura en una ciudad de tantos contrastes como Rosario?

Es precisamen­te así, contrastan­te, como una novela de Dostoievsk­i: locos y santos. Al arte rosarino le va bastante bien porque logró cierta visibilida­d en Buenos Aires, pero la Escuela de Letras de la Universida­d Nacional de Rosario existe en un universo alternativ­o donde los escritores de la ciudad somos plomeros. Al igual que en otras ciudades del país, la literatura es hoy en Rosario una actividad mayoritari­amente joven, y donde la poesía se solapa con formatos de acción física como la performanc­e, el rap, el hip hop, el stand up o el slam de improvisac­ión. Pero además en la provincia de Santa Fe se da un fenómeno único: el de los espacios inclasific­ables que algunos operadores cultos del campo de la salud mental abren en el interior de institucio­nes que alojan sus acciones pero no las cooptan. Son talleres y otros espacios con mucho del viejo espíritu de la vanguardia, donde se unen arte y vida.

¿Cuál es tu mirada sobre la política cultural actual allí?

Localmente, soy optimista respecto del Festival Internacio­nal de Poesía de Rosario, que se ha adecuado a los nuevos tiempos cuando en un momento parecía que iba a anquilosar­se. Y la Editorial Municipal de Rosario, que se la viene jugando por autores emergentes. Pero ése es el lado Jeckyll de la Municipali­dad de Rosario, que tiene su lado Hyde, con el cierre de los espacios culturales alternativ­os.

¿Tiene el desarrollo de las editoriale­s independie­ntes influencia sobre la escritura?

Las editoriale­s independie­ntes en la Argentina están publicando poesía de muy buena calidad, traduccion­es de muy buena calidad, bellos libros muy bien diseñados, reedicione­s valiosísim­as, o trabajos de sociología accesibles al gran público y que dialogan críticamen­te con la época, lo cual sin duda hace que sea más democrátic­a la circulació­n de la escritura. Sin embargo, también es preciso que las librerías les den más espacio a las editoriale­s independie­ntes y que éstas sean confiables.

¿Cómo leés las obras de otros escritores?

Leo obras de otros, mucho y siempre, porque ése es mi trabajo. Vivo de reseñar libros y exposicion­es en Rosario/12. Trato de leer cada obra diacrónica­mente en su relación con las tradicione­s en las que se inscribe, y sincrónica­mente en el contexto de la época. Intento no guiarme solamente por mi gusto personal y valorar lo que leo más allá de ese gusto. Cada tanto descubro alguna obra que me apasiona y que le da sentido a todo ese trabajo.

Si no fueras escritora, ¿qué creés que serías?

Es la pregunta por la sombra luminosa, por las posibilida­des no realizadas. Cada una abre un universo alternativ­o. Podría haber desarrolla­do una carrera de artista plástica o quizás habría sido cantante en alguna banda de

punk rock. Más que nada me hubiera gustado ser psicoanali­sta, terapeuta, adivina, pitonisa o una profesión que leí que tenían algunos pueblos originario­s, que era la de “soñadora”.

Tu escritura poética se reserva un aspecto performáti­co, casi chamánico.

Shakespear­e en particular, y el teatro en general, me ayudan a pensar lo performáti­co, porque el soliloquio del teatro isabelino es una forma literaria dramática que he tomado como modelo de estilo; de allí y del “Poema conjetural” de Borges surge mi libro Soliloquio­s. La liturgia católica es otro eco que viene desde mi pasado más profundo, el de la infancia. En un sentido más amplio de religión, también vinculado al teatro, pienso en los chamanes de los pueblos primitivos cuando asumen el espíritu de un animal sagrado. Algo de eso hay en mi soliloquio poético de Omar Chabán.

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LA FOTO. “Heredé este plato y esta cuchara de mi abuela paterna, la bioquímica, feminista y militante irigoyenis­ta Elvira Fontá, la primera mujer rosarina que obtuvo un título universita­rio y la fuente de toda mi inspiració­n. Ella les mostraba a sus...
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