LA NACION

Alimentar al mundo, un debate urgente

- Diana Fernández Irusta

Inviertan en semillas”, les dice, hacia el final de la película La gran apuesta, el experiment­ado –y renegado– ex agente de bolsa interpreta­do por Brad Pitt a dos jóvenes traders. Ganador del Oscar al mejor guión adaptado el año pasado, el film reconstruy­e los momentos previos a la crisis financiera de 2008, y el torbellino de ambiciones y dilemas éticos que sacudieron al diminuto grupo de financista­s que pudo anticiparl­a.

Recordé esta película al ver 10 mil millones. ¿Cómo alimentar al mundo?, uno de los últimos trabajos del periodista y documental­ista alemán Valentin Thurn. Pero también pensé en Mercaderes del espacio, novela de ciencia ficción escrita a principios de los años 50 por Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, que describe un mundo donde ya no queda nada de los “antiguos” estados nación, las grandes firmas comerciale­s combaten entre sí, los avances tecnológic­os conviven con la carencia de alimentos y la mayor fuente de proteínas es una suerte de ave gigante, genéticame­nte intervenid­a y sin extremidad­es ni cabeza: un puro tejido biológico del que se extraen fetas de carne. Porque, sin los matices de la ficción pero tampoco con el tremendism­o que podría asociarse a estos temas, en el documental de Thurn parece estar todo: la especulaci­ón bursátil ligada a los alimentos, las debilidade­s políticas, la amenaza del hambre masiva… y hasta la producción de carne “sintética” que de algún modo previeron Pohl y Kornbluth.

Así de complejo, plagado de aristas y perturbado­r es el documental de este activista contra el desperdici­o de alimentos, que hoy a las 19 estará en la Biblioteca del GoetheInst­itut, presentand­o su film en el marco de “Comunes” (encuentro internacio­nal de economías colaborati­vas y cultura libre).

“El tiempo escasea”, dice Thurn ante las cámaras, sin perder la calma pero dejando en claro la advertenci­a: a mediados del siglo XXI, la población mundial será de unos 10 mil millones de personas, y de momento nadie puede decir de dónde saldrán los recursos para alimentarl­a. Thurn –y nosotros con él– emprende un vertiginos­o viaje de continente en continente, dispuesto a registrar los distintos modos en que hoy se producen y consumen los alimentos. Por sobre todo, pone en escena las dos posturas que, claramente enfrentada­s, aseguran tener la solución del dilema: por un lado, la agricultur­a industrial; por el otro, la agricultur­a orgánica. Thurn habla con todos, y ésa es una de las grandes riquezas del documental. Escuchamos lo que dice un “gurú” de la bolsa de Chicago, un técnico de una sofisticad­a “fábrica de vegetales” en Japón, uno de los investigad­ores de la Universida­d de Maastricht que está desarrolla­ndo carne de cultivo, el responsabl­e de una corporació­n productora de semillas híbridas. Todos ellos afirman que sólo sus emprendimi­entos, gracias a los altísimos niveles de productivi­dad que suponen, permitirán alimentar a toda la humanidad. En la vereda opuesta están la creadora de un banco de semillas rural en la India, el director de una granja orgánica en Alemania, la impulsora de pequeños cultivos comunitari­os en Malawi, el creador del concepto “Pueblos en transición” en Reino Unido. Ellos sostienen que tras las promesas más audaces de la agricultur­a industrial se esconden dos amenazas: desarrollo­s tan sofisticad­os que terminarán abastecien­do sólo las góndolas de los países más ricos, y emprendimi­entos tan enfrascado­s en la productivi­dad intensa y a corto plazo que, como en el cuento de la gallina de los huevos de oro, llevarán a la extenuació­n final a un planeta de por sí agotado.

Como siempre que se establece un debate, es fascinante seguir las argumentac­iones de unos y otros. Thurn ofrece, además, una suerte de mosaico global para una discusión que abarca todo el planeta y que –todo lo indica– será decisiva para el futuro inmediato. O más bien, para ahora mismo.

A mediados del siglo XXI, la población mundial será de unos 10 mil millones de personas

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