Vol­ver a son­reír. De­jó las dro­gas y la cár­cel, y da ta­lle­res de ofi­cios a chi­cos en­tre los 15 y los 19 años, el ma­yor ries­go

Hu­go Ga­liano se crio en el ba­rrio La La­ta, de Ro­sa­rio; des­pués de to­car fon­do, se re­cu­pe­ró para es­tar con su fa­mi­lia y ayu­dar a los jó­ve­nes

La Nacion - - Sociedad - Mi­cae­la Ur­di­nez EN­VIA­DA ES­PE­CIAL

RO­SA­RIO.– La pri­me­ra vez que Hu­go Ga­liano tu­vo un ar­ma en sus ma­nos fue a los 16 años. En ese mo­men­to, sin­tió que no ha­bía vuel­ta atrás. “Tu­ve la sen­sa­ción de sa­ber que es­ta­ba en ries­go mi vi­da”, di­ce hoy, con 30 años, en su ca­sa en el Ba­rrio La La­ta, de Ro­sa­rio.

Des­pués vi­nie­ron las dro­gas, las ma­las de­ci­sio­nes, los ro­bos y la cár­cel. Hoy, des­pués de mu­chas caí­das y mu­cho es­fuer­zo, Hu­gui­to pu­do ale­jar­se de ese mundo, de­di­car­se a su fa­mi­lia y ayu­dar a otros jó­ve­nes a que se ale­jen de la ca­lle.

“Mi in­fan­cia fue com­pli­ca­da. An­tes no­so­tros vi­vía­mos en la ca­lle. A los 6 años co­no­cí lo que era ir a man­guear. A los 10 años, em­pe­cé a tra­ba­jar en una ver­du­le­ría. Yo sé lo que es pa­sar ham­bre, pa­sar frío, no te­ner na­die que te acom­pa­ñe. Al­gu­nos días íba­mos con un ami­go al Hos­pi­tal de Ni­ños a pe­dir co­mi­da y nos da­ban las al­bón­di­gas que so­bra­ban. Con eso pa­sá­ba­mos sin ham­bre to­da la tar­de”, di­ce Hu­go.

Es­tá sen­ta­do en la cocina de la ca­sa que se es­tá cons­tru­yen­do para po­der vi­vir con su mu­jer y una de sus dos hi­jas. Mien­tras tan­to vi­ve con su ma­má y su her­mano Jo­sé Ga­briel. “La cons­trui­mos con mu­cho es­fuer­zo y con­sis­te en una cocina, una pie­za y el co­me­dor. No es muy gran­de, pe­ro lo que im­por­ta es que sea aco­ge­do­ra. Y te­ner nues­tro rin­con­ci­to y cer­ca de mi fa­mi­lia”, ex­pli­ca.

El ba­rrio La La­ta es uno de los que se ur­ba­ni­za­ron, y las fa­mi­lias al me­nos tie­nen ca­lles pa­vi­men­ta­das y ac­ce­so a ser­vi­cios bá­si­cos, co­mo luz y agua. Pe­ro tam­bién exis­ten pa­si­llos en los que so­lo se pue­de en­trar ca­mi­nan­do. Hu­go vi­ve en uno de esos.

“Es­te no es un ba­rrio con un ni­vel de vio­len­cia al­to co­mo hay en otros sec­to­res, pe­ro hay fal­ta de tra­ba­jo. Es­tá in­ter­ve­ni­do por el Pro­gra­ma Há­bi­tat, se abrie­ron ca­lles y de­jó de ser una vi­lla para ser un con­so­li­da­do ur­bano. Eso les per­mi­te te­ner una ca­li­dad de vi­da di­fe­ren­te. Es­tán for­ma­li­za­dos los tí­tu­los de pro­pie­dad y mu­chos tie­nen es­cri­tu­ra”, des­cri­be Ariel To­rres, vo­cal de la or­ga­ni­za­ción Mi­ra­das.

Hu­go te­nía el fu­tu­ro mar­ca­do. Su pa­dre mu­rió an­tes de po­der co­no­cer­lo y su madre cui­da­ba a sus cua­tro hi­jos co­mo po­día. A los 6 años, per­dió a un her­mano por­que es­ta­ba en la de­lin­cuen­cia. Otro es­tu­vo me­ti­do en el te­ma de las dro­gas y ca­yó pre­so. Él si­guió ese mis­mo ca­mino.

Lle­ga­ron las dro­gas y la de­lin­cuen­cia. “Yo tu­ve que sa­lir so­lo a ver có­mo po­día so­bre­vi­vir. Em­pe­cé a dro­gar­me a los 12 años y no era fá­cil sa­lir. Lle­ga­ba a mi ca­sa, mis her­ma­nos no es­ta­ban, mi ma­má es­ta­ba preo­cu­pa­da por­que ha­bía per­di­do un hi­jo. Y la dro­ga me iba atra­pan­do ca­da día más y me lle­vó a co­no­cer a más gen­te que es­ta­ba en la mis­ma”, di­ce con lá­gri­mas en los ojos, de tan­tos re­cuer­dos di­fí­ci­les que se le vie­nen a la men­te.

Y así tam­bién se hi­cie­ron ca­da vez más pre­sen­tes los ries­gos a su pro­pia vi­da y la de los de­más.

Hu­go es­tá con­ven­ci­do de que el apo­yo fa­mi­liar es fun­da­men­tal para que los chi­cos no ter­mi­nen en la es­qui­na. “Y la es­qui­na nun­ca es la so­lu­ción. Mu­chos de los chi­cos hoy por hoy es­tán atra­pa­dos. Es que la ca­lle es muy di­fí­cil. Hay que pre­gun­tar­les a es­tos chi­cos qué les pa­sa, qué ne­ce­si­tan y acom­pa­ñar­los a que lle­guen a ser al­guien”.

El pro­ble­ma es que la dro­ga se con­si­gue fá­cil, en to­dos la­dos. Y que mu­chos de es­tos chi­cos tie­nen ar­mas. “Eso cuan­do yo era chi­co no pa­sa­ba. Aho­ra tie­nen 15 años y tie­nen un revólver. Hay mu­cha vio­len­cia”, di­ce Hu­go. Sa­lir a flo­te

La cár­cel fue lo que lo hi­zo to­car fon­do. Y re­cién ahí po­der em­pe­zar a sa­lir a flo­te. “Fue muy di­fí­cil de un día para el otro no dro­gar­me más, no ro­bar más. Yo te­nien­do un buen tra­ba­jo igual iba a ro­bar, por­que la dro­ga te ha­ce eso. Y se me pa­só la vi­da. Te­nía 15 años, abrí los ojos y te­nía 27 y es­ta­ba en ca­na”, re­cuer­da es­te jo­ven que es­tá in­ten­tan­do ter­mi­nar el se­cun­da­rio.

El año y me­dio que es­tu­vo pre­so fue co­no­cer el in­fierno. Y ca­yó en la cuen­ta de que no que­ría se­guir por ese ca­mino. “Tu­ve va­rias cau­sas por el te­ma de la dro­ga. Las co­sas que uno ve aden­tro no se las de­seo a na­die. Yo por suer­te co­no­cía gen­te y eso me ayu­dó. Es­tu­ve en un mon­tón de mo­ti­nes, huel­gas de ham­bre de un mes. Eso te des­tru­ye y te das cuen­ta de que esa no es la vi­da que uno quie­re”, di­ce con con­vic­ción.

Pe­ro el clic de­fi­ni­ti­vo fue per­der a su abue­lo es­tan­do aden­tro. “Caí en ca­na y a los dos días mu­rió él. Y ahí di­je, nun­ca más. Me to­ca ser adul­to, cam­biar y ha­cer­me car­go de mis res­pon­sa­bi­li­da­des”, agre­ga Hu­go.

Y así fue. Su prin­ci­pal mo­ti­va­ción era po­der es­tar con sus hi­jas Fran­ches­ca (3 años) y Bian­ca (11 Hu­go­ga­lia­no­tie­ne­ta­tua­do­sen­sus bra­zos­los­nom­bres­de­tres­per­so­nas que­cam­bia­ron­su­vi­da:su­ma­má,su abue­lo y su her­mano ma­yor. “Juan es el me­jor her­mano que pu­de ha­ber te­ni­do. Te­nía 17 años cuan­do fa­lle­ció y yo, 6. Es­ta­ba en de­lin­quir, en­tróe­nu­na­ca­say­la­po­li­cía­lo­ma­tó a san­gre fría”, ex­pli­ca el jo­ven en su ca­sa ubi­ca­da en el asen­ta­mien­to Cu­llen, en Ro­sa­rio.

El trá­gi­co fi­nal de Juan da cuen­ta de que el prin­ci­pal ries­go para los chi­cos que pa­san sus in­fan­cias en es­tos con­tex­tos tie­ne que ver con su pro­pia se­gu­ri­dad. Lio­ne­lla Cat­ta­li­ni, coor­di­na­do­ra ge­ne­ral del Plan Abre, ex­pli­ca que las prin­ci­pa­les víc­ti­mas de los ho­mi­ci­dios do­lo­sos y de las he­ri­das de ar­mas de fue­go son jó­ve­nes, va­ro­nes, de cla­se ba­ja, que tie­nen en pro­me­dio en­tre 15 y 19 años. “Es­tos chi­cos se cor­tan por­que tie­nen he­ri­da el al­ma y el co­ra­zón. Son per­so­nas muy re­cha­za­das por sus fa­mi­lias, que pier­den a mu­chas per­so­nas sig­ni­fi­ca­ti­vas. Y por no que­rer ha­cer otro daño se ha­cen daño a ellos mis­mos”, cuen­ta Fer­nan­do Al­fon­so, ve­cino del ba­rrio com­pro­me­ti­do con Ni­dos. Sa­be de lo que ha­bla: Al­fon­so es­tu­vo me­ti­do en el agu­je­ro de la dro­ga y la de­lin­cuen­cia, y cuan­do sa­lió en libertad de la cár­cel de Co­ron­da, sin­tió que te­nía que ha­cer al­go para ayu­dar­los.

“Yo an­tes es­ta­ba en la mis­ma que ellos. Y em­pe­cé a te­ner afec­to por las per­so­nas que se sen­tían re­cha­za­das y no se po­dían de­fen­der por sen­tir­se dis­cri­mi­na­das. Una vez es­tu­ve al la­do de un ti­po que se es­ta­ba cor­tan­do to­dos los bra­zos y lo in­vi­té a la igle­sia. Es­pe­ré a que ter­mi­na­ra y fui­mos jun­tos”, agre­ga Al­fon­so. me­ses) y dar­les un fu­tu­ro me­jor. Para po­der lo­grar­lo, mo­di­fi­có to­da su vi­da, su ru­ti­na y sus gru­pos de per­te­nen­cia.

“Tu­ve que en­ce­rrar­me en mi ca­sa, aguan­tar­me la abs­ti­nen­cia sin ir a un cen­tro de reha­bi­li­ta­ción. Era pa­sar por mo­men­tos de ale­gría y tris­te­za, to­do jun­to.y te abre la men­te dar­te cuen­ta de to­do lo que po­dés dis­fru­tar a tu fa­mi­lia, ir al par­que, to­mar un ma­te. Mis hi­jas son mis dos ale­grías y hoy quie­ro ser un pa­dra­zo”, di­ce. Pro­mo­tor del ba­rrio

Cuan­do era chi­co, a sus 8 años, co­no­ció a la or­ga­ni­za­ción Mi­ra­das, que ofre­cía di­fe­ren­tes ta­lle­res cul­tu­ra­les a los chi­cos de la zo­na. Ya en ese en­ton­ces Hu­go se au­to­de­fi­ne co­mo un chi­co pro­ble­má­ti­co y que se pe­lea­ba con to­do el mundo.

“Ellos nos en­se­ña­ron a leer, a es­cri­bir y a ju­gar para no es­tar en la ca­lle. Nos íba­mos de cam­pa­men­to des­pués de es­tar re­vol­vien­do la ba­su­ra en bus­ca de co­mi­da. Eso fue lo más lin­do de nues­tra in­fan­cia”, di­ce Hu­go, que aho­ra de gran­de se vol­vió a po­ner en con­tac­to con ellos y se con­vir­tió en uno de sus prin­ci­pa­les pro­mo­to­res en el ba­rrio.

Hu­go tie­ne mu­chos pro­yec­tos. El más im­por­tan­te, y en el que ya es­tá po­nien­do to­das sus ener­gías, es ter­mi­nar el se­cun­da­rio. Tam­bién, jun­to a Mi­ra­das y con la ayu­da de otros ami­gos de la in­fan­cia, es­tá or­ga­ni­zan­do un cen­tro cul­tu­ral para que los chi­cos pue­dan par­ti­ci­par de ac­ti­vi­da­des re­crea­ti­vas y ta­lle­res de ofi­cios.

“Me pa­re­ce im­por­tan­te de­vol­ver un po­co de lo que yo re­ci­bí en mi ni­ñez y dar­les eso a los chi­cos. Mos­trar­les que hay opor­tu­ni­da­des y que se pue­de sa­lir ade­lan­te y no es­tar pre­so”, afir­ma.

Tra­ba­jan con el Pro­gra­ma Nue­va Opor­tu­ni­dad, una es­tra­te­gia te­rri­to­rial de la pro­vin­cia de San­ta Fe, que se en­car­ga de brin­dar ca­pa­ci­ta­ción de ofi­cios a jó­ve­nes para ayu­dar­los a po­der di­lu­ci­dar su des­tino.

“Mu­chos de es­tos chi­cos han con­su­mi­do o es­tán en un pro­ce­so de­lic­ti­vo o ju­di­cial, y tra­ta­mos de ir asis­tien­do y acom­pa­ñan­do. La idea con el cen­tro cul­tu­ral es que los pro­ta­go­nis­tas y los que de­ci­dan qué ha­cer sean los pro­pios chi­cos”, ex­pli­ca To­rres.

Hoy, Hu­go no tie­ne un tra­ba­jo fi­jo, pe­ro se las re­bus­ca co­mo pue­de para lle­var el pan a la me­sa. Ha­ce chan­gas, ins­ta­la­cio­nes de ai­res acon­di­cio­na­dos, tie­ne un la­va­de­ro de au­tos im­pro­vi­sa­do y es­tá ha­cien­do un cur­so de car­pin­te­ría para en­se­ñar­les des­pués a otros chi­cos. Su mu­jer tra­ba­ja, en blan­co, en una pa­na­de­ría, y por eso no co­bra la AUH.

Cuan­do quie­re ex­pli­car lo que sig­ni­fi­có ser pa­dre en su vi­da, no ter­mi­na de en­con­trar las pa­la­bras: “Son el amor de mi vi­da. Me ayu­da­ron a ser más res­pon­sa­ble, es un amor que no ha­bía sen­ti­do nun­ca. Es lo más lin­do que me pa­só, lo que siem­pre qui­se”.

¿Su pró­xi­mo sue­ño? Ca­sar­se con su mu­jer. Pri­me­ro, quie­ren ter­mi­nar la ca­sa y aco­mo­dar­se un po­co. “Ella es mi fa­mi­lia. Me man­dé mu­chas ma­ca­nas, pe­ro cam­bié por mí y ellas. Me sien­to or­gu­llo­so”, cuen­ta en­tu­sias­ma­do.

Hu­go Ga­liano ve­cino DEL ba­rrio LA LA­TA “Yo te­nien­do un buen tra­ba­jo igual iba a ro­bar, por­que la dro­ga te ha­ce eso. Y se me pa­só la vi­da. Te­nía 15 años, abrí los ojos y te­nía 27 y es­ta­ba en ca­na” “Me pa­re­ce im­por­tan­te mos­trar­les a los chi­cos que se pue­de sa­lir ade­lan­te con sus fa­mi­lias y sus ami­gos y no es­tar pre­sos. De­cir­les que hay otra vi­da” Lio­ne­lla Cat­ta­lino Coor­di­na­do­ra GE­NE­RAL DEL PLAN ABRE “Lo que sa­be­mos es que las prin­ci­pa­les víc­ti­mas de los ho­mi­ci­dios do­lo­sos y de las he­ri­das de ar­mas de fue­go son jó­ve­nes, va­ro­nes, de cla­se ba­ja, que tie­nen en pro­me­dio en­tre 15 y 19 años” Ariel To­rres VO­CAL de MI­RA­DAS “Hu­go es uno de los que más es­tá pre­sen­te en el ar­ma­do del cen­tro cul­tu­ral. Lo que que­re­mos es que los lí­de­res del lu­gar sean los que les en­se­ñen a los más chi­cos”

Mi­cae­la ur­di­nez

Hu­go tie­ne dos hi­jas: Bian­ca (foto) y Fran­ches­ca, de 3 años; su prin­ci­pal tra­ba­jo hoy es po­der ser un “pa­dra­zo” para ellas

Es­tá ter­mi­nan­do de cons­truir su ca­sa y su sue­ño es ca­sar­se

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