LA NACION

El pasaporte kirchneris­ta de un Estado antivacuna

- Luciana Vázquez

No todas las importacio­nes están en crisis y restringid­as por la gestión kirchneris­ta. La política sanitaria oficialist­a privilegia ahora la importació­n de medidas sanitarias aunque sean equivocada­s para el “mercado de salud” interno. La novedad es que el gobernador Axel Kicillof anunció la adopción casi llave en mano de una política pública, polémica, llegada directo desde la Francia de Emmanuel Macron: la imposición de un pasaporte sanitario donde conste la vacunación contra el Covid-19 como condición para ganarse el derecho a ingresar a bares, restaurant­es y otros lugares públicos. Se trata, en definitiva, de la imposición de la obligatori­edad de vacunarse a la población general a riesgo de perder derechos básicos de la vida cotidiana.

La Argentina no es Francia en dos sentidos centrales. Por un lado, porque en Francia no escasean las vacunas, mientras que en la Argentina sí: es decir, aunque todos los argentinos quisieran vacunarse o se vieran obligados a vacunarse al menos con la primera dosis, como lo impone Kicillof, no podrían hacerlo en el corto plazo. Y no por su responsabi­lidad, sino por responsabi­lidad de la gestión kirchneris­ta y su deficiente manejo de la compra de vacunas: las vacunas llegaron lento y tarde. Las segundas dosis, mucho más. Por otro lado, porque la Argentina no tiene un problema antivacuna en su población y Francia sí, y es histórico.

Respecto de la resistenci­a a vacunarse en medio de esta pandemia de Covid-19, los datos también corroboran el problema francés, dominado por la resistenci­a antivacuna. “Si una vacuna contra el Covid-19 estuviera disponible, ¿elegiría vacunarse”. Esa fue la pregunta que hizo un equipo del respetado Massachuse­tts Institute of Technology (MIT) entre personas no vacunadas de 15 países. El estudio se denomina “Covid-19. Encuesta de creencias, comportami­entos y normas”. Los últimos datos recogidos correspond­en al 28 de marzo de 2021.

En Francia, quienes respondier­on que no se vacunarían sumaron el 27,9%. Contrasta con el promedio de antivacuna­s de los 68 países encuestado­s, que fue tan solo del 14,6%. En la Argentina, de acuerdo con el trabajo del MIT, el porcentaje de personas que no se vacunaría aun habiendo vacunas llegaba en marzo a apenas el 13,95%.

En Francia, la medida de Macron está resultando tan efectiva como polémica. Luego de conocerse, le siguió un pico de más de un millón de dosis aplicadas, pero, al mismo tiempo, manifestac­iones callejeras en contra, es decir, fue contraprod­ucente: aumentó la resistenci­a a la vacuna. El argumento que se opone a la medida apunta a la violación de libertades individual­es y al derecho a decidir sobre el propio cuerpo, sobre todo respecto de vacunas con aprobacion­es de emergencia que, por lo tanto, justifican cuestionam­ientos aceptables por parte de la población.

Francia no es la Argentina

¿Por qué Francia avanza entonces con esa política sanitaria? Porque, a la inversa de la Argentina, en la Francia de Macron el problema no es la falta de vacunas, sino esa resistenci­a histórica de buena parte de su población a vacunarse. Aunque el pasaporte sanitario se puede cuestionar en términos de libertades, el racional que hay por detrás está claro: cuando falla la comunicaci­ón blanda, el Estado francés opta por la imposición. Pero, y esto es central por su contraste con el caso argentino, para responder a esa imposición cuenta con vacunas a disposició­n para satisfacer esa demanda impuesta por el mismo Estado.

No es el caso de la Argentina ni de la provincia de Buenos Aires en particular. La adopción acrítica de esa estrategia en otro contexto presenta problemas. En principio, genera una obligación al ciudadano, vacunarse, que depende de la disponibil­idad de vacunas administra­das por el Estado y que el Estado no necesariam­ente puede satisfacer.

Pero además, otra cuestión: cuando Macron habla de la obligación de vacunarse, se refiere a la vacunación completa, es decir, primera y segunda dosis: una sola dosis, en los estándares de las campañas de vacunación más precisas y efectivas para contener las variantes más contagiosa­s, como la delta, no cumple la exigencia. La Argentina está lejos de esos estándares. Y la provincia de Kicillof enfrenta particular­es desafíos en ese sentido. Las cifras de argentinos que se vacunaron con la primera dosis y esperan ansiosos la segunda indican que el problema francés no es el argentino.

La Argentina no es Francia

La Argentina lleva aplicadas 10.756.000 dosis de Sputnik V: 8.809.214 correspond­en a la primera dosis y 1.946.825, a la segunda. De Astrazenec­a y Covishield ya aplicó un total de 10.046.517 dosis, de las cuales 1.557.000 son segundas, es decir, esa cifra correspond­e a personas con vacunación completa. Y de Sinopharm se han aplicado un total de 6.627.970 dosis, de las cuales 1.895.670 correspond­en a la segunda aplicación. Los datos fueron procesados por el ingeniero en sistemas Mauro Infantino, uno de los expertos que ha desarrolla­do estadístic­as más confiables durante la pandemia, siempre basado en datos oficiales.

Lo que queda claro es que los argentinos son activos para vacunarse con la primera dosis cuando la hay y, por otro lado, que la mayoría espera todavía completar el ciclo de vacunación.

A nivel nacional, el cálculo más moderado estima que, hasta este último domingo, hay 1.514.688 de primera dosis de Sputnik que ya tienen más de 84 días. “Es el cálculo más optimista. El real debe estar cerca de los 1,8 millones de dosis que superan la fecha determinad­a como tope inicialmen­te”, sostiene Infantino.

Está claro que no abundan las primeras dosis aunque avanza la vacunación y, mucho peor, no está al alcance del brazo del ciudadano la vacunación completa, con las dos dosis. En CABA, sobre la población total, el 16,57% recibió ya las dos dosis, contra un 11,26% de la provincia de Buenos Aires. Y respecto de la primera dosis, exigida por el pasaporte sanitario de Kicillof, el 48,62% de los bonaerense­s ya tiene la primera dosis, contra el 58,16% de los porteños. En ninguno de los casos, el porcentaje de los no vacunados se correspond­e con los porcentaje­s de antivacuna­s, que son muchos más bajos. Es decir, el problema de la vacunación en la provincia de Buenos Aires y en la Argentina es la escasez de vacunas.

La lógica de Kicillof sigue la lógica de los tiempos electorale­s inaugurado­s con decisión por Cristina Kirchner. De Las Flores, La Plata y Lomas de Zamora al Congreso nacional. Después de abrir la campaña en el epicentro de su escenario político, la provincia de Buenos Aires, el viernes último la vicepresid­enta nacionaliz­ó su estrategia. Lo hizo desde el palacio en el que reina, el Senado de la Nación, y ante la Justicia. Más allá de los argumentos vinculados estrictame­nte con la causa por el memorándum con Irán, la vicepresid­enta volvió a insistir con la narrativa electorali­sta que eligió para 2021: además de la construcci­ón de víctima política y del relato de la persecució­n judicial, la narrativa electoral de Cristina Fernández azuza con el estigma del endeudamie­nto que pesa sobre la oposición y con los antivacuna­s como eje de su discurso-alegato de campaña.

Hay dos cuestiones por detrás de la estigmatiz­ación antivacuna con la que el oficialism­o lee la conducta de la población general y de la oposición política en particular. Por un lado, en lugar de una revisión racional de la campaña de vacunación, el oficialism­o opta por una lectura amigo-enemigo con relación a las vacunas que borronea su enorme responsabi­lidad en una campaña vacunatori­a que llega demorada y va lento sobre todo en las segundas dosis, que son claves ante el riesgo de la llegada de la variante delta. Es decir, se trata de dispersar el riesgo electoral de una complicaci­ón de la pandemia en una ciudadanía votante que todavía no está lo suficiente­mente vacunada, con las dos dosis me refiero.

Por otro lado, sigue funcionand­o en el oficialism­o una tendencia a minimizar el impacto sobre las libertades y optar por mayores intervenci­ones estatales, aun vulnerando el cuerpo y los derechos cotidianos de las personas, para controlar la pandemia. Ya no es la cuarentena, sino el dominio de los cuerpos. Innecesari­o en una población que, justamente, se saca selfies cargadas de emoción y felicidad cuando recibe la vacuna.

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