LA NACION

Un ministro con coraje intelectua­l y físico

- José Luis Machinea

Si tuviera que usar un calificati­vo para sintetizar la personalid­ad de Juan Sourrouill­e, mi palabra es coraje, un coraje sin alardes. Había que tener coraje –intelectua­l y también físico– para acompañar a Raúl Alfonsín desde el primer día de su presidenci­a, como lo hicieron tantos, en ese desembarco de Dunkerque que fue el nacimiento de la democracia. Había que tener coraje para, a los dos meses de llegar al Ministerio de Economía, presentarl­e al presidente un programa diseñado para abatir de un tajo el régimen de alta inflación que en una década nunca había sido menor al 100% anual, que al momento de asumir Alfonsín ya era superior al 600% anual, y que en el momento de ponerse en marcha superaba el 1000% anual.

No había antecedent­es de un experiment­o igual en la Argentina. Pudo parecer un salto al vacío, pero el Plan Austral, que de eso se trataba, tuvo un asombroso éxito inicial y un gran acompañami­ento social e internacio­nal. Visto a la distancia, que al cabo de un año ese éxito se fuera diluyendo, acosado por la crisis de la deuda, por la amenaza golpista, las huelgas generales, un empresaria­do miope y por los errores propios, no debería sorprender. Hubiera sido un milagro que bajo esas condicione­s ese fuera el final definitivo de la inflación en nuestra “sociedad conflictiv­a” (usando palabras escritas por Juan Sourrouill­e).

él no cejó nunca en su empeño por mantener el barco de la economía a flote. Tuvo que tener coraje para navegar en la tormenta desde mediados de 1986 hasta marzo de 1989, cada día un sobresalto, echando mano a todas las herramient­as a su alcance: ortodoxia, heterodoxi­a, fisco, moneda, política de ingresos y “macumba”, como un día dijo Adolfo Canitrot. En ese empeño, Sourrouill­e dejó en segundo plano su prestigio académico cuando fue preciso, nunca asomó en él la soberbia, porque siempre, acertado o equivocado, fue su prioridad ser útil como herramient­a de una transición democrátic­a que avanzaba en medio de la incertidum­bre. En ese sentido no fue un ministro bueno, sino excepciona­l, en sentido estricto. Un ministro con coraje y sin cálculo personal.

Ahora que se ha ido repienso su trayectori­a con un dolor que va más allá del vacío que deja. A cada persona le toca un tiempo y un destino. Pero casi nunca el destino se elige. A él le tocó un tiempo y un destino difícil que enfrentó con templanza y determinac­ión, pero sospecho que a Juan Sourrouill­e le hubiera gustado menos vértigo, menos ruletas rusas macroeconó­micas. Le hubiera gustado –arriesgo– ser el ministro del desarrollo en un país en que –vuelvo a usar sus palabras– “la gente gane plata produciend­o y todos tengan la oportunida­d de producir”. Cultivar las plantas y cuidar del jardín con perseveran­cia como hacía él todos los veranos a orillas del mar.

El autor fue ministro de Economía y presidente del Banco Central

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