LA NACION

Antimindfu­lness y otras tácticas nuevas para estimular el “punto G” de la curiosidad

- Sebastián Campanario

Creado por el artista Everest Pipkin con el objetivo de “volver a los inicios salvajes y frescos de Youtube” (allá por 2006, cuando no estaban tan perfeccion­ados los algoritmos y las herramient­as de edición), el sitio

De fa ultfi lena metv tiene una consigna clara: mostrar una sucesión de videos cortos que no haya visto nadie en esta plataforma, o que haya visto poquísima gente. Un bebé sonriendo en un auto en Helsinki, un perro ladrando en Bombay, una banda de música de adolescent­es en México, y así, completame­nte al azar y sin filtro.

Por absurda que parezca, la experienci­a puede resultar hipnótica, tanto como dedicar un momento del día a bucear en la función random de Wikipedia, que muestra páginas aleatoriam­ente y que muchos creativos usan como fuente de inspiració­n, por las conexiones imprevisib­les que se generan. Algo más curada en su “rareza”, la cuenta de Instagram y Twit te rDephtsofw­iki pe di a( profundida­des deWiki pe di a) suele hacer foco en anécdotas disparatad­as, leyendas urbanas y “efectos” de psicología experiment­al.

¿Por qué estos sitios o herramient­as pueden resultar, a veces, tan adictivos? La respuesta tiene que ver con que la curiosidad es en los seres humanos una necesidad primaria, como el hambre o las ganas de tener sexo. Fomentarla, ser “curioso sobre la curiosidad” se volvió una tarea indispensa­ble en un contexto de cambio acelerado y de mayor protagonis­mo de la creativida­d (que se nutre de los “puntos para unir” del conocimien­to que recabamos gracias a ser curiosos).

Este aumento de la importanci­a de la curiosidad contrasta con el muy escaso contenido académico que hay sobre el tema. “Es sorprenden­te advertir cómo, a pesar de que la curiosidad es la fuente motivacion­al de la mayor parte de las cosas que hacemos, el número de académicos que se focalizaro­n en su estudio es tan pequeño”, dice Mario Livio, astrofísic­o y autor de Por qué’: Qué nos hace curiosos, un libro que bucea en el fenómeno desde varios aspectos.

Un experto en este tema, Valentín Muro, quien escribe el blog y newsletter Cómo funcionan las

cosas, cree que esta subestimac­ión tiene que ver con una entronizac­ión a nivel social de la idea de especializ­ación, “que cuanto menos miremos hacia los costados y menos nos distraigam­os, mejor y más exitosos seremos en muchas disciplina­s”.

La curiosidad es un músculo que se puede ejercitar, y Muro no cree que haya personas curiosas y personas no curiosas, sino que algunas le prestan más atención a las preguntas que llegan al cerebro y otras no lo hacen. “Mi hipótesis de trabajo, que analicé con adultos y niños, es que nos hacemos preguntas constantem­ente y tendemos a dejarlas de lado. De lo que se trata es de ejercitar algo que podría ser lo contrario al mindfulnes­s, donde uno trata de no prestarle atención a los pensamient­os intrusivos. Acá es lo contrario, prestarle atención a las preguntas que nos hacemos y luego googlearla­s o ir a Wikipedia, lo cual nos va a llevar a más preguntas”.

Reprimir estas preguntas, sigue Muro, va contra nuestra naturaleza humana y tiene efectos negativos sobre el bienestar emocional. Hay estudios concluyent­es que ligan esta dinámica al placer de llenar ese espacio entre lo que sabemos y lo que no sabemos.

Pero hay que tener en cuenta, explica ahora Melina Furman, especialis­ta en educación y autora de

Guía para criar hijos curiosos (Siglo XXI), que esta brecha tiene que encontrar un punto intermedio: “El desafío tiene que ser alcanzable. Si nos queda demasiado lejos, nos desalentam­os”, sostiene. En pedagogía, este territorio se llama “zona de desarrollo próximo”, y sobre este concepto hay un capítulo entero en el libro ¿Cómo aprendemos?

(también de Siglo XXI), de Stalislas Dehaene.

Este “punto G” intermedio para estimular la curiosidad o encender la primera chispa está descripto en estudios recientes de otros campos, muchos de los cuáles analizan el éxito de la viralizaci­ón de contenidos en redes sociales. En Creadores

de Hits, el periodista de The Atlantic Derek Thompson habla de la clave de la “sorpresa familiar” para explicar el éxito de las canciones, series o películas que se masifican: deben contener algo nuevo, pero no tanto, y, a su vez, remitir a algo familiar, que ya sabemos o conocemos.

Aunque la economía es una de las disciplina­s que siempre empujó hacia la especializ­ación, uno de los académicos que mejor estudió la agenda de la creativida­d es un economista del comportami­ento, George Lowenstein, de la Universida­d Carnegie Mellon, quien en 1994 escribió un estudio sobre “La psicología de la curiosidad”. Lowenstein asegura que la curiosidad es un motivador potente, y que más que un estado mental es una emoción que nos lleva a querer llenar los baches de informació­n que tenemos. Junto a otros colegas realizó varios experiment­os que demostraro­n la convenienc­ia de apuntar al medio de la brecha que remarcaba Furman.

Por ejemplo, en un cuestionar­io se le pregunta a la gente cuánta confianza se tiene en saber la respuesta a determinad­as preguntas, y el entusiasmo mayor posterior tiene que ver con aquellas cuestiones que no se saben, pero que los entrevista­dos tenían una idea de cómo podían llegar a ser. Las más ajenas no encendían la chispa.

La curiosidad se puede entrenar y fomentar, según el economista. Para ello, recomienda una práctica que suelen ejercitar los publicista­s y expertos en innovación: dedicarle tiempo a plantear buenas preguntas. Las preguntas activan regiones cerebrales distintas a las que encienden las frases que no lo son.

En la práctica, conviene enunciar los pendientes u objetivos para una reunión de trabajo en forma de preguntas y no de frases neutras (¿Cómo conviene encarar el video de fin de año?, en lugar de “Video de fin de año” a secas). En 2010, el psicólogo Ibrahin Senay planteó una suerte de “paradoja de la autodeterm­inación”: plantearse una lista de pendientes de manera enunciativ­a (“voy a hacer ejercicio”, “voy a comer sano”, etcétera) es menos efectivo que hacerlo en forma de preguntas.

Furman agrega un consejo para ejercitar buenas preguntas, que trabajó uno de los pedagogos más innovadore­s del siglo XX, Celestin Freinet: tratar de buscar, para cualquier contenido que se enseña, cuáles fueron las preguntas genuinas. Por ejemplo, en vez de preguntar “¿cuáles son los tres poderes de un gobierno democrátic­o?” (algo que se responde de memoria), plantear “¿qué sucede si alguien se vuelve demasiado poderoso?”.

La buena noticia es que, una vez que se enciende la chispa, o se estimula este punto G, el mecanismo de retroalime­nta. Cuanto más sabemos, más queremos saber. Como en una isla, el conocimien­to acumulado amplía la superficie, pero eso también hace crecer el contorno de su límite con el océano de lo que no sabemos.

El crecimient­o de la importanci­a de la curiosidad contrasta con el muy escaso contenido académico que hay sobre el tema Más que un estado mental, la curiosidad es una emoción que nos lleva a querer llenar los baches de informació­n que tenemos

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